Capítulo 444
La pregunta resonó en su mente con amarga ironía. ¿Cómo podría una mujer sobrevivir sin apoyo? La respuesta se manifestaba ante sus ojos como una bofetada de realidad: Isabel no solo sobrevivía, prosperaba.
El rugido del motor del Audi negro rompió el silencio mientras Isabel observaba a Sebastián con hastío. Sus dedos, enjoyados con un discreto anillo de platino, se cerraron sobre la manija de la puerta antes de azotarla con determinación.
-¡Avance! -ordenó al conductor, su voz destilando autoridad.
Era inútil continuar aquella conversación sin sentido. Sus mundos corrían por caminos paralelos que jamás volverían a encontrarse, y cada palabra intercambiada solo ensanchaba ese abismo.
-Claro–respondió el conductor con profesionalismo.
-Señorita, el señor ha regresado anunció repentinamente el chofer.
Isabel alzó la mirada hacia el parabrisas. Apenas tuvo tiempo de distinguir la silueta del Mercedes de Esteban cuando un estruendo metálico sacudió el aire. El auto de Sebastián se tambaleó violentamente antes de ser empujado hacia un costado.
“Típico de mi hermano“, pensó Isabel, conteniendo una sonrisa. “Siempre tan directo.”
Sin dignarse a mirar a Sebastián, abandonó el vehículo y se dirigió con paso firme hacia donde Esteban descendía del auto. Su hermano emanaba un aura de poder y dominio mientras
clavaba su mirada en Sebastián.
-Es raro ver al señor Bernard por aquí, pero… -Esteban desvió su atención hacia el auto desplazado, sus palabras cargadas de advertencia-. Yo no tolero que invadan mi territorio. La próxima vez, fíjate bien por dónde vas y no te equivoques de camino.
La última frase resonó como un trueno distante, una amenaza apenas velada.
Sebastián temblaba, la rabia dibujada en cada línea de su rostro. Sus ojos se clavaron en Isabel, quien ya se había colocado junto a Esteban con naturalidad. Observó, impotente, cómo sus manos se entrelazaban en un gesto íntimo y familiar.
-Quedé para almorzar con Andrea, vámonos -murmuró Isabel, ansiosa por dejar atrás aquel encuentro desagradable.
Esteban respondió con un gesto de ternura, pellizcando suavemente la nariz de su hermana antes de subir juntos al auto.
Sebastián permaneció inmóvil, contemplando cómo el vehículo se perdía en la distancia. Las palabras burlonas de Isabel sobre el odio resonaban en su mente como una sentencia: ni siquiera lo consideraba digno de ese sentimiento. ¿Qué había significado entonces para ella durante aquellos dos años?
18:36
Capitulo 444
El interior del Mercedes se había convertido en su pequeño refugio. Isabel, se agitaba, sentada sobre el regazo de Esteban.
-Quiero sentarme sola -protestó suavemente.
Era una rutina familiar: cada momento a solas, él la envolvía en sus brazos, como lo había hecho desde que ella era pequeña. Sus manos grandes descansaban sobre su cintura con delicadeza, agradeciéndole silenciosamente a su complexión menuda que aquellos kilos extra apenas se notaran.
-¿Estás molesta?
-No fui yo quien lo buscó, fue él quien vino a buscarme–se defendió Isabel con un mohín. -¿Aún no has aprendido a lidiar con eso? -cuestionó Esteban.
La instrucción siempre había sido clara: las personas irrelevantes no merecían su tiempo ni atención. Si algo podía resolverse con poder, así debía ser.
-Yo estaba a punto de estrellarlo, pero tú llegaste arqueó una ceja-. ¿Eh? ¿No dijiste que volverías por la tarde?
Por toda respuesta, Esteban capturó sus labios en un beso.
“Este hombre, otra vez…“, pensó Isabel, sorprendida.
Lorenzo, atento al súbito silencio, elevó discretamente el panel divisor. Aquella pequeña interrupción había trastocado sus planes. Al enterarse de la presencia de Sebastián en Bahía del Oro, habían regresado de inmediato. El impacto que Esteban le propinó al auto seguramente había dejado más que una abolladura.
Al llegar a su destino, Isabel casi tropieza al descender, pero los reflejos de Esteban la mantuvieron segura entre sus brazos.
-¿Qué pasó? ¿Ni siquiera puedes caminar bien? -preguntó con una sonrisa traviesa.
-Es tu culpa -lo miró con fingido reproche-, me besaste tanto que me dejaste mareada.