Capítulo 462
La sonrisa traviesa de Isabel iluminó la videollamada mientras sus ojos brillaban con diversión. -Mira, el asunto es así: aunque yo te mande personal, Carlos tiene que dar su visto bueno -explicó, jugueteando con un mechón de su cabello.
Paulina arqueó las cejas, incrédula. -¿Y si el que lo envía es tu hermano?
-Igual necesitaría su aprobación -respondió Isabel con un ligero encogimiento de hombros.
La sorpresa dibujó sus trazos en el rostro de Paulina. Sus labios se entreabrieron ligeramente mientras procesaba la información. ¿Incluso el poderoso señor Allende necesitaba la autorización de alguien más en París? La incredulidad dio paso a la preocupación, ensombreciendo sus facciones.
-Verás, Carlos es todo un experto en sistemas de seguridad -continuó Isabel, su tono volviéndose más serio-. Desde el momento en que pones un pie en la villa, hay trampas por todas partes. Si no eres de su confianza y no tienes su permiso explícito, podrías activar una con tan solo cinco pasos.
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Paulina. -¿Cinco pasos y caes? -murmuró, su voz
apenas un susurro.
-Si entras de pie, podrías terminar convertida en polvo bajo tierra -confirmó Isabel con solemnidad. Es una medida bastante extrema, especialmente considerando que podría afectar a inocentes.
“¿Convertirse en polvo? ¿Qué clase de lugar es este?“, Paulina sintió que su estómago se contraía ante la idea. Incluso con el permiso de Carlos, ¿quién se atrevería a entrar a su territorio? Era como caminar sobre arena movediza.
-¡Es demasiado cruel! -exclamó, sus ojos recorriendo nerviosamente cada rincón visible de la villa-. ¿Y dentro también hay trampas?
-Si no hay imprevistos, sí -respondió Isabel con una calma desconcertante.
Un profundo suspiro escapó de los labios de Paulina. Vivir aquí significaba estar constantemente al borde del peligro.
-Por eso mismo, ni se te ocurra ponerte a explorar o tocar cosas -advirtió Isabel-. Podrías activar algo sin querer.
La inquietud se asentó en el estómago de Paulina. Al menos no tenía la costumbre de hurgar en propiedades ajenas, o ya estaría varios metros bajo tierra.
-Entonces, ¿necesito su aprobación antes de que mandes a alguien? -preguntó, sintiendo que su situación se enredaba como una madeja de lana.
-Así es confirmó Isabel.
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El semblante de Paulina se ensombreció. Por lo poco que había observado, Carlos era minucioso hasta rayar en lo obsesivo. Había despedido a la cocinera después de un solo día. Complacerlo parecía una tarea titánica.
-¿Y ahora qué hago? -musitó, más para sí misma que para Isabel.
-Pues habla con él -sugirió Isabel con simplicidad.
-¿Tú crees que lo apruebe? -Paulina se mordió el labio inferior, dubitativa.
La soledad que reinaba en la villa era testimonio del carácter ermitaño de Carlos. Sin embargo, la había acogido a ella, un gesto que no pasaba desapercibido.
-Si dice que no, tendrás que buscar otra solución -añadió Isabel.
“Genial, ahora tengo que convencerlo“, pensó Paulina con resignación.
-Bueno, tengo que colgar -interrumpió Isabel abruptamente-. Hablamos después.
Un murmullo masculino se filtró por la línea antes de que la llamada terminara.
Paulina se quedó contemplando la pantalla de su teléfono, perdida en sus pensamientos. La idea de cuidar a Carlos ella sola la inquietaba. Quizás podría persuadirlo para que aceptara la ayuda que Isabel ofrecía.
A pesar de no ser particularmente tradicionalista respecto a las diferencias de género, la falta de familiaridad con Carlos la ponía nerviosa.
Sus pasos resonaron suavemente mientras subía las escaleras, cada uno más vacilante que el anterior. Al llegar frente a la habitación de Carlos, llamó con suavidad a la puerta.
El silencio fue su única respuesta. Volvió a intentarlo, esta vez con más urgencia.
Nada. La preocupación se apoderó de ella. ¿Y si la fiebre lo había dejado inconsciente?
Sin pensarlo dos veces, giró el pomo y abrió la puerta.
Carlos emergía del baño en ese preciso instante, una toalla blanca ceñida a su cintura.
El mundo pareció detenerse. Paulina sintió que el aire abandonaba sus pulmones mientras el calor invadía sus mejillas. Su mente quedó en blanco, incapaz de procesar la situación.
La mirada de Carlos se detuvo en ella, sus ojos abriéndose con sorpresa al notar el fino hilo de sangre que comenzaba a brotar de su nariz.
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