Capítulo 516
Un silencio denso inundó la habitación mientras el rostro de Sebastián se transformaba, sus facciones contrayéndose como si hubiera recibido un golpe invisible.
-¿Cómo lo sabes? -su voz surgió ronca, casi irreconocible.
La sonrisa de Angélica destilaba veneno puro.
-¿Cómo lo sé? Fui a ver a Isabel. ¿De verdad creíste que tus porquerías iban a quedar enterradas para siempre?
La mandíbula de Sebastián se tensó hasta hacer crujir sus dientes. Las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar en su mente con brutal claridad. Si Isabel le había contado todo a Angélica, significaba que estaba al tanto de su trato con Fitz.
“Con razón Isabel no ha mostrado ni un ápice de misericordia desde que Esteban llegó a Puerto San Rafael“, pensó mientras un sudor frío le recorría la espalda. “Lo sabe todo… incluso que Valerio y yo pusimos el dinero juntos.”
Su respiración se volvió errática, como la de un animal acorralado. El aire parecía espesarse a su alrededor, dificultándole cada inhalación.
Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Daniela.
-¿Cómo pudiste llegar tan lejos por esa maldita de Iris? -su voz temblaba de rabia y dolor.
De pronto, sus ojos se encendieron con un brillo febril.
-¡Voy a acabar con esa desgraciada! -rugió.
En su mente atormentada, Iris era la única culpable del desastre que ahora enfrentaba la familia Bernard. Sin ella en médio, Sebastián podría haberse casado con Isabel, asegurando así la influencia de los Blanchet. Pero ahora todo estaba perdido. La familia se desmoronaba, y hasta Louis de Brissac había sido expulsado por ofender a Isabel.
Sebastián apretó los párpados con fuerza, como si quisiera borrar todos sus errores.
-Ya terminé con ella. ¿Qué caso tiene ir a buscarla ahora? -su voz destilaba un desprecio tan profundo que cortaba como cristal roto.
-¡No la voy a dejar en paz! -bramó Daniela-. Quiero que sufra más que la muerte.
La idea de que alguien tan insignificante hubiera causado semejante daño a la familia Bernard le resultaba insoportable.
Sebastián fulminó a Angélica con la mirada, pero ella respondió con otra patada certera. Esta vez lo tomó desprevenido, arrancándole un gemido de dolor mientras se doblaba sujetándose el estómago.
“Maldita sea“, pensó. “Es igual que Isabel… si no les das la razón, van directo al estómago. Me van a dejar hecho pedazos.”
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14:53
Isabel se giró inquieta en su asiento del avión. En sus sueños, había regresado a París, donde Paulina la abrazaba entre sollozos desgarradores. Al abrir los ojos, la realidad disipó aquella imagen.
Esteban estaba sentado al borde de la cama, revisando documentos en su tableta. Al verla incorporarse bruscamente, dejó el dispositivo a un lado y la atrajo hacia su pecho con un movimiento fluido y protector.
-¿Pesadillas? -murmuró contra su cabello.
Isabel, aún envuelta en los restos brumosos del sueño, se acurrucó contra él buscando su calor.
-Soñé con Pauli -susurró.
-¿Qué pastel? -preguntó Esteban, confundiendo el diminutivo con algún antojo dulce. En el avión había pasteles que Lorenzo había traído especialmente.
-Pauli -repitió ella.
-¿Quieres comer?
-¡Paulina, pues! -exclamó Isabel, exasperada. ¿Acaso no la había mencionado antes? Así la llamaba ella.
Una sonrisa suave curvó los labios de Esteban.
-Ah, ¿qué le pasó?
-Me abrazaba llorando sin parar -murmuró-. Ni idea de qué tanto la hizo sufrir Carlos.
Isabel sentía una profunda impotencia ante el terror que Paulina le tenía a Carlos. Era cierto que él tenía una mirada algo intimidante, pero seguramente no sería capaz de lastimarla… ¿o sí?
“No, definitivamente no“, se dijo. Aunque la duda persistía en algún rincón de su mente.
Mientras tanto en París, Paulina vivía momentos de auténtico pánico. Había confundido los medicamentos: unas tabletas blancas de uso externo que debían triturarse para aplicar en la herida, con otras muy similares pero de uso interno.
El resultado fue desastroso: le dio a Carlos el medicamento externo para que lo tomara, mientras que el de uso interno acabó triturado sobre la herida.
Julien, Eric y Hugo llegaron de inmediato, acompañados por varios médicos. Mientras Julien, Hugo y los doctores atendían a Carlos, Eric se quedó vigilando a Paulina con mirada severa.
-Mira… -su voz cortó el aire como un látigo-, no me culpes por pensarlo, pero realmente sospecho que te mandaron para eliminar a Carlos.
Paulina comenzó a temblar incontrolablemente.
-No, no, yo no soy eso, de verdad -balbuceó.
“¿Una asesina? Si de verdad lo creen, ¡podrían querer deshacerse de mí!”
El rostro de Paulina perdió todo color ante ese pensamiento.
Eric dejó escapar un resoplido despectivo.
-¿Entonces qué eres? ¿De verdad eres tan incompetente que no puedes distinguir entre medicamentos de uso interno y externo? -cada palabra goteaba desprecio-. ¿No sabes leer? ¿0 acaso eres analfabeta?
Paulina no pudo contener más las lágrimas. Su mente, ya al borde del colapso, se fragmentaba en mil pedazos bajo el peso de la culpa y el miedo.