Capítulo 518
El susto había sido tan grande que Paulina sintió cómo el mundo se le desordenaba, hasta el punto de mezclar los nombres de todos en su cabeza.
Eric soltó una carcajada estruendosa que retumbó en el pasillo.
-¿Qué tal si un día de estos el jefe te mata del puro miedo, eh? -dijo, con un brillo burlón en los ojos.
Si con algo tan pequeño ya estaba al borde del colapso, no quería ni imaginar lo que le esperaba al lado de Carlos. Lo que se vivía cerca de él era un torbellino mucho más intimidante que este incidente. ¿Y si, con el tiempo, su corazón simplemente no resistía tanta
tensión?
Paulina sintió cómo las lágrimas brotaban otra vez, pero esta vez no era el miedo lo que las impulsaba, sino una furia que le hervía en el fondo del pecho.
Julien, al escuchar las risas de Eric, se llevó una mano a la sien, como si el sonido le perforara
el cráneo.
-Ya cállate, hombre, que me tienes harto masculló con fastidio.
Eric, sin inmutarse, se colgó del hombro de Julien con una actitud desenfadada.
-Venga, vámonos de una vez. No sea que se nos muera del susto y luego nos toque cargar con la culpa, ¿no? -soltó entre risas.
Paulina se quedó petrificada, con los ojos abiertos de par en par.
Eric, en el fondo, sabía desde que Julien salió de la habitación que Carlos estaba fuera de peligro. Pero jamás esperó que Paulina se tomara sus palabras tan a pecho. Que se asustara con Carlos era una cosa, ¡pero que también temblara con ellos!
-Nos vemos luego, Julinderella -dijo con un tono cargado de sorna, mientras su voz se desvanecía por el corredor.
Paulina sintió un entumecimiento que le subía desde las manos hasta la cara. Soltó un suspiro profundo, casi agotado, y se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Luego, con una chispa de duda, giró la cabeza hacia la puerta. Quería asomarse, asegurarse de que Carlos
estuviera bien.
Pero en ese instante, Hugo salió acompañado del médico. Al verla con el rostro empapado y los ojos rojos, se detuvo, sorprendido.
-Señorita Torres, tranquila, el jefe está bien -dijo con voz serena, intentando calmarla.
Paulina lo miró, todavía con el brillo húmedo en las pupilas.
-¿De verdad está bien? -preguntó, casi suplicante.
Hugo asintió con seguridad.
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-Todo está controlado. ¿Por qué no le prepara algo ligero, como una avena…? -Hizo una pausa y corrigió de inmediato–..Mejor no, yo le pediré a alguien que lo haga.
Recordó con un escalofrío la última vez que Paulina intentó cocinar algo tan básico como fideos: el resultado fue una masa pegajosa e irreconocible. Encargarle algo en la cocina no parecía prudente.
Paulina bajó la mirada, avergonzada, sintiendo que el peso de su inutilidad se le venía encima como una losa. En ese momento tomó conciencia de lo poco que aportaba desde que estaba con Carlos. Era como si no sirviera para nada en absoluto.
Hugo se alejó con el médico, dejándola sola frente a la puerta. Ella dudó, dio un par de pasos vacilantes hacia un lado, luego hacia el otro, se detuvo y volvió a dudar. Pasaron más de diez minutos hasta que, finalmente, reunió el valor para tocar la madera con los nudillos.
-Entra -se oyó desde adentro, con esa voz grave que resonaba como un trueno lejano.
Paulina empujó la puerta con suavidad, las manos temblándole de puro nervio.
-Señor Esparza, de verdad… yo no lo hice a propósito -murmuró, apenas audible.
-Acércate–respondió él, con un tono frío que le erizó la piel.
Paulina tragó saliva y repitió, casi en un susurro:
-De verdad no fue mi intención…
-Acércate. No me hagas repetirlo -ordenó esta vez, con una autoridad que cortaba el aire como un látigo.
Ella no se atrevió a desafiarlo. Dio unos pasos tímidos, pero se detuvo a un metro, paralizada por la presencia abrumadora de Carlos. Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar, un brazo firme la atrajo con fuerza inesperada.
Paulina no alcanzó ni a soltar un grito. De pronto, se encontró atrapada en el abrazo de aquel hombre imponente.
-¿T–Tú…? -balbuceó, temblando ante la cercanía.
El calor que desprendía Carlos la envolvió como una manta ardiente, como si su cuerpo quemara más de lo normal. Su respiración, cálida y pausada, rozó su mejilla como una caricia
incandescente.
Carlos bajó la voz hasta convertirla en un murmullo íntimo.
-¿Te preocupaste por mí?
Paulina abrió la boca, pero solo logró articular un débil:
-Yo…
-¿Te asustaste? -insistió él, con una calma inquietante.
Ella tragó saliva con dificultad. Sí, se había asustado. Mucho. Asintió apenas, dejando escapar
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un tímido “mmh“.
Carlos esbozó una sonrisa leve, casi imperceptible.
-¿Y eso es todo lo que aguantas? -preguntó, mientras apretaba un poco más su abrazo.
El corazón de Paulina dio un vuelco, latiendo desbocado en su pecho. Sintió una presión firme en la cintura cuando la mano grande de Carlos la sujetó sin miramientos. Fue entonces cuando su mente despertó de golpe. ¡Estaba en los brazos de Carlos!
-Eh… Señor Esparza, u–usted… ¿me está abrazando? -tartamudeó, con los ojos abiertos como platos y las mejillas ardiendo de vergüenza.
Lo miró, atrapada entre el terror y la incredulidad. ¡Esto no podía estar pasando!
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