Capítulo 537
Isabel Allende desvió la mirada de las escaleras, donde los pasos de Paulina aún resonaban débilmente, y se acercó a Esteban con un brillo de curiosidad en los ojos. El aire en la sala parecía cargado de preguntas no dichas, mientras el rumor distante de la ciudad se colaba por las ventanas.
-¿Qué dijo Carlos? -preguntó, su voz teñida de una mezcla de esperanza y recelo.
Con Esteban viniendo en persona a recoger a Paulina, Isabel no podía imaginar que Carlos Esparza aún se aferrara a mantenerla allí. Sin embargo, justo cuando empezaba a saborear la idea de llevársela sin complicaciones, Esteban la miró con esos ojos oscuros que parecían guardar siempre un secreto.
-Le gusta mucho Paulina -dijo, su tono grave como el eco de un tambor lejano.
-¿Eh? -Isabel parpadeó, desconcertada.
¿Qué demonios significaba eso? ¿Era el tipo de “gustar” que ella sospechaba? No, un momento… ¿Carlos enamorado de Paulina? ¿Ese Carlos, el mismo que había visto desfilar a las mujeres más deslumbrantes del mundo sin pestañear?
Esteban le tomó la mano con suavidad, como si quisiera anclar sus pensamientos
desbocados.
-Así como lo oíste -insistió.
-Eso es imposible -replicó Isabel, sacudiendo la cabeza con incredulidad.
Había conocido a tantas mujeres en su vida: altas, de piel como porcelana, cuerpos esculpidos por los dioses. Bellezas que cortaban el aliento. ¿Y ahora Carlos, con todo lo que había visto, decía que Paulina le gustaba? No, no se lo tragaba. Entrecerró los ojos y fulminó a Esteban con
la mirada.
-¿Me estás tomando el pelo?
Antes él mismo había insinuado que sospechaban de Paulina por algo relacionado con Lago Negro, ¿y ahora soltaba esto? Aquí había gato encerrado. O Esteban la estaba engañando, o Carlos lo había enredado a él, o peor aún, ambos estaban confabulados para confundirla. Fuera como fuera, Isabel no iba a caer tan fácil.
Sin darle tiempo a responder, se adelantó con firmeza.
-No soy ninguna ingenua, te lo advierto. Hoy me llevo a Pauli, punto.
¿Parecía ella alguien a quien podían engañar con una historia tan absurda? Aunque, pensándolo bien, ¿y si Esteban había sido el engañado? No, improbable. Carlos no se atrevería a jugarle una mala pasada a Esteban. Entonces, ¿era una trampa de los dos?
-Isa -dijo Esteban, con un matiz de paciencia agotada en la voz.
-No me importa -lo cortó ella-. Me llevo a Pauli. Ya viste lo aterrada que estaba cuando
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hablamos por teléfono.
El recuerdo de la voz temblorosa de Paulina al otro lado de la línea le apretó el pecho. No podía dejarla allí, no con Carlos actuando como un carcelero. Estaba dispuesta a pelear con uñas y dientes por sacarla de ese lugar.
Esteban suspiró, pasándose una mano por el rostro, visiblemente frustrado.
En la habitación, el ambiente era denso, casi sofocante. Paulina se quedó paralizada, con los ojos abiertos de par en par tras escuchar las palabras de Carlos.
-Ya te lo dije, no tengo nada que ver con ese tal Lago Negro. No puedes usar eso como pretexto para retenerme aquí -espetó, su voz cargada de indignación.
Sí, estaba atrapada. El miedo le trepaba por la espalda como una corriente helada, pero no iba a dejar que él lo notara. Que Isabel quisiera llevársela y este hombre se atreviera a impedirlo era una afrenta que no podía soportar. Si Isa no lograba sacarla, ¿quién podría librarla de sus
garras?
Carlos frunció el ceño, apenas un leve pliegue en su rostro curtido.
—En resumen, hasta que esto no se aclare, no te apartas de mí ni un paso -sentenció, su
mirada clavada en ella como un clavo en madera.
-¡Te estoy diciendo que no soy yo! -protestó Paulina, alzando la voz.
Él la observó con una intensidad que mezclaba desconfianza y algo más, algo indescifrable.
-No somos personas que confíen el uno en el otro -replicó, seco.
Paulina se quedó muda por un instante. ¿Qué clase de lógica era esa? ¿Lo que él decía iba a misa y punto?
-Además, tu madre… -comenzó Carlos, dejando la frase colgando en el aire.
Al oír mencionar a su madre, Paulina se irguió como si un rayo la hubiera atravesado. Lo miró con ansiedad, el corazón latiéndole en los oídos, pero él se limitó a sostenerle la mirada sin añadir más.
-¿Qué pasa con mi mamá? -preguntó, la urgencia tiñendo cada sílaba.
Carlos no respondió de inmediato, lo que solo avivó los nervios de Paulina.
-¿De verdad tienes noticias de ella? -insistió, con los ojos brillando de esperanza y temor.
Debía haber algo, algún indicio. Por eso antes habían hecho que la llamaran al segundo piso. La certeza crecía en su pecho como una chispa.
-¡Dime qué pasa con mi madre! -exigió, casi suplicante.
Él seguía mirándola en silencio, y esa calma suya la estaba volviendo loca.
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-¿Dónde está? -preguntó, la voz quebrándosele por la desesperación.
Nadie podía entender lo que había vivido esos días: el pánico constante, la incertidumbre sobre Carlos, la angustia por su madre. Todo había estallado de golpe. Roberto la había arrastrado a París sin explicaciones, y desde entonces no había tenido contacto con ella. Algo terrible había pasado, lo presentía. Y ahora, por fin, una pista…
Paulina tomó aire, intentando calmarse.
-Señor Esparza -dijo, más firme.
Carlos apartó la mirada y, con una voz grave que resonó en la habitación, respondió:
-Primero, ve y despide a Isabel.
No había negociación en su tono. Paulina sintió que el suelo se tambaleaba bajo sus pies. Dio un par de pasos nerviosos, atrapada entre la furia y la necesidad. Al ver la determinación en los ojos de Carlos, supo que no había salida.
-Voy enseguida -murmuró, dirigiéndose a la puerta.
Nada importaba más que saber de su madre. Si tenía que tragarse el miedo y enfrentar lo que fuera, lo haría. Solo necesitaba esa respuesta.
Abajo, Isabel estaba sentada en el sofá, con el rostro ladeado y los brazos cruzados como una fortaleza. La tensión entre ella y Esteban era un hilo a punto de romperse. Él intentó suavizarla, acercándose con cautela.
-Paulina no puede irse hoy. Ven conmigo -dijo, su voz un intento de tregua.
-No quiero -resopló Isabel, cortante.
Esteban se llevó una mano a la frente, exasperado. Antes de que pudiera insistir, la voz de Paulina irrumpió desde las escaleras, temblorosa pero decidida.
-Isa, por favor, vete a casa primero.