Capítulo 538
Isabel alzó la vista, sorprendida, al escuchar la voz de Paulina que resonaba desde lo alto de la escalera,
-Ay, Isa, regresa a casa primero, yo estoy bien aquí -dijo Paulina con un tono que intentaba ser tranquilizador.
Isabel entrecerró los ojos, incrédula. ¿Cómo era posible? ¡Esa misma mañana Paulina la había llamado entre sollozos, suplicándole que la rescatara!
-¿Qué? ¿Carlos te amenazó o qué? -preguntó Isabel, su voz cargada de sospecha.
-¡No, no! Mira, ahora no puedo explicártelo todo, pero hazme caso, regresa tranquila, ¿sí? -respondió Paulina, agitando las manos como si quisiera borrar las dudas del aire.
“Si pasa algo, te juro que te llamo. ¡Anda, vete ya!” pensó Paulina, mordiéndose el labio, incapaz de soltar la verdad en ese instante.
Isabel se quedó muda, con el ceño fruncido. ¿En serio? ¿Esa era la misma Paulina que temblaba al teléfono, rogándole que no la abandonara? Y ahora, ¿la despachaba como si nada?
Paulina giró sobre sus talones para subir de nuevo, pero Isabel la detuvo con un grito seco:
-¡Espera!
Paulina se volvió, parpadeando con impaciencia.
-¿De verdad no vienes conmigo? -insistió Isabel, escrutándola con la mirada.
Paulina asintió con un murmullo suave: -Mm, sí.
-¿Segura que Carlos no te está obligando? -preguntó Isabel, convencida de que algo oscuro sê escondía tras ese cambio repentino.
-No, te juro que no respondió Paulina, firme, aunque sus manos se retorcían nerviosamente.
Isabel apretó los labios, incrédula. Hace apenas unas horas, Paulina era un mar de lágrimas, y ahora, ¿esto? Algo no cuadraba.
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“En fin, regresa a casa primero, por favor” pensó Paulina, proyectando una seguridad que no
sentía del todo mientras hablaba con decisión:
-Hazme caso, Isa, vuelve tranquila.
Aunque Isabel seguía dudando, Paulina no cedía. Ni siquiera parecía querer acompañarla. Cuando Paulina dio un paso más hacia la habitación de Carlos, Isabel la detuvo otra vez:
-¡Oye, espera un segundo!
Paulina giró de nuevo, con un suspiro apenas disimulado.
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-Mira, a partir de ahora, no te metas en nada que tenga que ver con Carlos, ¿me oíste? Nada de nada -ordenó Isabel, tajante.
Paulina se quedó pasmada por un instante, luego asintió lentamente:
-De acuerdo.
-No hagas ni el menor esfuerzo, que te lo den todo hecho. Ni siquiera se te ocurra servirle un vaso de agua -añadió Isabel, recordando el desastre de la noche anterior con el medicamento equivocado. Otra equivocación así, y nadie podría desenredar el lío.
Paulina torció la boca en una mueca, pero acabó asintiendo con vehemencia:
-Entendido, tienes razón.
“¿Por qué me esforcé tanto anoche? Ni que Carlos y yo fuéramos familia” reflexionó Paulina, casi riéndose de sí misma. “Si quería agradecerle por lo de Puerto San Rafael, hay mil formas.
de hacerlo sin convertirme en su enfermera.”
Con eso, Paulina dio media vuelta y desapareció rumbo a la habitación de Carlos. Esteban, que había observado todo en silencio, tomó la mano de Isabel con suavidad:
-Vamos, mi vida.
Sin más, la guio hacia la salida, sus pasos resonando con firmeza. Isabel, mientras lo seguía, murmuró entre dientes:
-¿Tú crees que Carlos la amenazó? ¿Será eso?
Esteban se detuvo un momento y le dedicó una mirada cálida, casi divertida:
-Contigo aquí, mi cielo, ¿quién se atrevería a tocarle un pelo?
Isabel parpadeó, desconcertada. Bueno, sí, tenía sentido. Ni los hombres de Carlos, ni siquiera él mismo, se atreverían a desafiarla. Pero entonces frunció el ceño:
-Espera… no, algo no está bien. Cuando le dije a Carlos que me llevaría a Paulina, se puso como muro de piedra. Ni un ápice de consideración me dio esta vez.
Esteban no respondió. En lugar de eso, la sacó de la casa y la acomodó en el auto con esa mezcla de autoridad y ternura que solo él sabía usar. Isabel protestó cuando él la sentó en sus piernas:
-¿Qué haces? Suéltame, quiero mi propio asiento.
-Tranquila, ya está todo listo con el equipo médico. Primero te hacemos un chequeo, ¿sí? -dijo Esteban, su voz serena como un bálsamo.
Isabel bajó la mirada, jugueteando con el borde de su blusa:
-Está bien, pero tengo hambre.
El sol ya marcaba el mediodía. Había planeado recoger a Paulina y volver directo a casa de los Allende, pero todo se había torcido. Y lo peor: ni un bocado había probado.
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Esteban soltó una risita ante su tono quejumbroso:
-Entonces comamos primero, ¿te parece?
-¿En casa? -preguntó ella, alzando la vista con un brillo esperanzado.
-Claro, en casa -respondió él, acariciándole el cabello.
El auto arrancó, deslizándose por las calles conocidas de París. A través de la ventana, las palmeras se mecían con gracia, y el aire traía un aroma que Isabel reconocía como suyo, como hogar.
Media hora después, el vehículo ascendió por una colina a las afueras de la ciudad. En una curva pronunciada, la capital se abrió ante ellos como un lienzo vivo, vibrante y majestuosa. Era el rincón favorito de Isabel, sobre todo al caer la noche, cuando las luces titilaban como un océano de estrellas.
Apoyada en la ventana, dejó que sus ojos se perdieran en la vista. Esteban la abrazó por detrás, sus brazos cálidos rodeándola:
-¿Qué miras tan embobada?
-Estoy planeando dónde voy a comer estos días -respondió ella con una sonrisa traviesa.
Él dejó escapar una carcajada suave:
-Pícara… Si confirmamos que estás embarazada, se te acabaron las salidas a restaurantes cuando se te antoje.
Dicho esto, depositó un beso tierno en su nuca. Isabel se estremeció con las cosquillas y cayó rendida en sus brazos. Sus miradas se encontraron; los ojos de ella, chispeantes y velados por una dulce bruma, encendieron algo en el pecho de Esteban. Inclinándose, rozó sus labios con los de ella en un beso lento, profundo.
Isabel, nerviosa, aferró su blusa:
-No… aquí no…
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