Capítulo 542
-¡Ay, qué criatura tan frágil es esa niña! -suspiró la señora Blanchet con un deje de ternura y preocupación. Si un día crece, se casa con alguien de otra familia y la tratan mal, ¿qué vamos a hacer nosotros?
Aunque Isabel había sido moldeada con la elegancia y los buenos modales propios de la familia Allende, su madre no podía desterrar esa inquietud que le rondaba el alma. Comparada con Vanesa, Isabel llevaba en su esencia una delicadeza que la hacía más vulnerable a las heridas del mundo. Y, como si el destino quisiera probar las corazonadas de la señora Blanchet, los habitantes de Puerto San Rafael no habían hecho más que perturbar la paz de su hija.
-Mamá… -murmuró Isabel, con la voz temblorosa y los ojos brillándole de emoción.
-No llores, mi tesoro -la consoló la señora Blanchet con una paciencia infinita, mientras lanzaba una mirada afilada a Esteban, reprochándole en silencio no haber sabido preparar mejor a Isabel para ese momento. Después de comer, iremos a la clínica para un chequeo completo.
“¿Qué puede haber de malo en ella? Yo la crie con estas manos y conozco cada rincón de su alma“, reflexionó la señora Blanchet, dejando que el orgullo y el cariño se entrelazaran en su
interior.
-Está bien -respondió Isabel con un asentimiento dócil, como quien encuentra refugio en la voz de su madre.
Tras apaciguar sus temores con palabras suaves, la señora Blanchet tomó su mano y la guio hasta la mesa. Los sirvientes ya habían desplegado un banquete de aromas y colores: platos que Isabel había saboreado con deleite en sus días parisinos, dispuestos como un abrazo hecho comida.
-Isa, este lo preparé yo misma esta mañana -dijo la señora Blanchet mientras le servía porciones generosas, sin pausa, como si quisiera llenar con comida todos los vacíos que el tiempo había dejado.
-Está bien -respondió Isabel, esbozando una sonrisa cálida. Probó un pedazo de la tarta y sus ojos se iluminaron-. Mamá, tu comida sigue siendo la mejor del mundo.
¿Quién podría imaginar que la señora Blanchet, figura imponente y heredera única de una estirpe distinguida, tuviera también el don de la cocina? Y no solo eso: lo hacía con un arte que rozaba la perfección. Para Isabel, cada bocado era un regreso al hogar, un sabor que le cosía el corazón.
-Dicen que desde que llegaste a Puerto San Rafael te volviste loca por el queso fundido -comentó la señora Blanchet con una chispa de curiosidad-. Ya pensaba que estos platos habían perdido su lugar en tu vida.
-¡No, qué va! Me encantan, me encantan demasiado -respondió Isabel con entusiasmo, casi
1/2
10:41
Capítulo 542
defendiéndose-. Es solo que allá la comida ligera nunca me llenó el alma. Lo único que rescataba era el queso fundido y un buen asado.
Uno siempre se aferra a lo que le acaricia el paladar, pensó Isabel. Los gustos pueden danzar y cambiar con los años, pero los sabores de la infancia se arraigan como raíces profundas. Quizá uno se fatigue de ellos si los tiene a diario, pero al pasar tanto tiempo lejos, el anhelo se vuelve un eco imposible de ignorar. Y ella los había extrañado con todo su ser.
-Esta sopa… está divina -dijo Isabel tras sorber una cucharada, dejando que el calor y el sabor le llenaran el pecho de satisfacción.
La señora Blanchet sonrió, y en esa curva de sus labios se dibujó la dicha pura de quien ve su esfuerzo florecer en el placer de otro. Para alguien que cocina con el alma, no hay recompensa más dulce.
-Si te gusta, toma más insistió con cariño-. Últimamente no has comido bien, así que hoy te quiero ver disfrutar hasta el último bocado.
Mientras saboreaba la sopa, Isabel alzó la vista y preguntó:
-Mamá, ¿cómo sabes tanto? ¿Cómo te enteraste de lo que me pasaba en Puerto San Rafael?
Era como si su madre tuviera un don secreto, una red invisible que le susurraba todo. La señora Blanchet hizo una pausa, midiendo sus palabras antes de responder:
-No soy adivina, pequeña testaruda. Te escondiste tan bien en ese lugar que casi me pierdo siguiéndote la pista. ¿Por qué no regresaste cuando todo se puso difícil?
Cada mención de Puerto San Rafael traía consigo el eco de los Galindo y el trato que le habían dado. En verdad, la señora Blanchet no había sabido con certeza que Isabel estaba allí; el mundo es vasto y hay mil destinos posibles. ¿Quién iba a sospechar que elegiría un rincón donde hasta el idioma era un desafío? Sin embargo, había subestimado la chispa de su hija: en apenas dos o tres años, Isabel había domado la lengua local con una gracia asombrosa.
-Perdón… -dijo Isabel, bajando la mirada.
-Hmm… -respondió la señora Blanchet con un murmullo que destilaba autoridad, aunque en el fondo no había enojo, solo el peso de los años y las batallas compartidas.
Después de todo, el tiempo había traído consigo heridas que aún cicatrizaban, y entre ellas, el recuerdo de Puerto San Rafael era solo una más en la lista.
2/2