Capítulo 541
Desde que llegó a Puerto San Rafael, la vida parecía girar en torno al torbellino que era Iris Galindo. Siempre envuelta en problemas, como si las riendas del control se le escaparan de las manos. Incluso durante los dos meses que pasé en el hospital, las visitas de Carmen eran como ráfagas fugaces: llegaba, se quedaba apenas diez minutos y desaparecía, dejando tras de sí un eco fugaz, como el titilar de una vela que apenas calienta antes de extinguirse.
Ese modo tan distante de ser madre chocaba como un trueno contra la calidez envolvente de Charlotte Blanchet. Desde el primer instante, Isabel supo que jamás podría abrirle su corazón a Carmen, y con el paso del tiempo, esa certeza se asentó aún más en su alma.
Isabel se refugió aún más en el abrazo protector de Charlotte, buscando el consuelo que solo ese calor le brindaba.
-Yo nunca haría algo así -susurró con fervor.
Al oírla, los ojos de la señora Blanchet se suavizaron, y una chispa de alivio danzó en su mirada. La envolvió con ternura entre sus brazos.
-Está bien, mi cielo, no pasa nada -respondió, y en su voz vibraba un orgullo sereno.
Si Isabel alguna vez hubiera osado llamar “maa otra, Charlotte no lo habría tolerado. Después de todo, aunque la familia Galindo la reclamara con palabras, sus acciones siempre habían hablado más alto, y ella no estaba dispuesta a ceder tan fácilmente ante ellos.
Isabel apretó el abrazo, hundiendo el rostro en el pecho de su madre.
-Mamá, te extrañé tanto…
-¿Me extrañaste y aun así no volviste antes? ¡Ay, niña obstinada! -replicó Charlotte, y su tono, aunque cargado de reproche, se tiñó de una seriedad que delataba el peso de los años.
No solo Isabel había enfrentado tormentas. Tres años atrás, Charlotte aún llevaba las cicatrices de una tragedia que no lograba dejar atrás: la pérdida de su esposo, la crisis que sacudió al Grupo Allende, el secuestro que ella y Vanesa sufrieron juntas, y la ausencia desgarradora de Isabel, perdida en algún rincón del mundo.
-Lo importante es que ya estás aquí -dijo al fin, y las palabras de censura que había guardado se deshicieron en esa verdad sencilla.
Nada más importaba ahora; tras todo lo vivido, tenerla de vuelta era un bálsamo que curaba las heridas del pasado.
Tras diez minutos de un abrazo que parecía eterno, Esteban, con un carraspeo impaciente, se acercó.
-Bueno, ya es suficiente de tanto cariño -interrumpió, su voz cortando el aire con un dejo juguetón.
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-¡Tú, pequeño impertinente! -Charlotte le lanzó una mirada afilada, casi ofendida. ¿Cómo que “suficiente“? Ella aún no estaba lista para soltar a su hija.
Esteban, sin inmutarse, tomó a Isabel por los hombros y la apartó con suavidad del regazo materno.
-Isa tiene hambre -anunció, como si fuera un veredicto inapelable.
Isabel abrió los ojos de par en par, sorprendida. “¡¡¡!!!”
Al escuchar aquello, Charlotte no pudo contener una exclamación.
-¡Vaya, por fin tienes apetito! -dijo, y luego, con un tono más suave, añadió-: Me habían dicho que últimamente no comías bien.
Mientras hablaba, sus ojos recorrieron con delicadeza el vientre aún discreto de Isabel, y su sonrisa se volvió más cálida, casi luminosa, cargada de una dulzura maternal.
-Es una bendición que sientas hambre. Si no fuera así, sería un tormento, no solo para ti, sino también para el pequeño que llevas en tu vientre.
Isabel se quedó en silencio, y un nudo se formó en su garganta.
Con la mención del “vientre“, un leve temblor recorrió su pecho. Apenas liberada del abrazo por Esteban, volvió a arrojarse a los brazos de su madre.
-Mamá… su voz se quebró, teñida de un llanto contenido.
“Realmente no está enfadada conmigo…” Todas las sombras de duda que la habían atormentado en Puerto San Rafael se disiparon como niebla al amanecer.
-¿Por qué lloras ahora? No llores, mi vida, no llores -la consoló Charlotte, acariciándole el cabello-. Ya no eres solo una niña, ¿sabes? Solo los pequeños lloran así.
Isabel alzó la mirada, las lágrimas aún brillando en sus ojos.
-Pensé que me regañarías -confesó en un susurro.
Después de todo, estar con Esteban de esa manera… Había creído que enfrentarse a su madre sería como cruzar un puente roto. Durante años, Charlotte había sido un refugio de bondad infinita, y por eso Isabel siempre había guardado sus sentimientos por Esteban en un rincón secreto de su corazón.
En Puerto San Rafael, había visto demasiado: Carmen adoraba a Iris con una devoción ciega, pero nunca imaginó que entre Iris y Valerio Galindo pudiera haber algo. Por eso, Isabel siempre había sentido que su propio amor estaba condenado desde el principio.
-¿Regañarte? ¿Por qué iba a hacerlo? -respondió Charlotte, y su voz se llenó de una calma radiante. Esto es lo mejor que pudo pasar. Siempre estuve preocupada por ti, ¿sabes?
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Capítulo 542