Capítulo 570
Antes de que Isabel pudiera replicar, Vanesa ya había desaparecido por la puerta principal. Isabel se llevó la mano a la frente, donde un dolor punzante comenzaba a manifestarse.
El mayordomo, notando su gesto, se aproximó con expresión preocupada:
-Señorita, permítame revisar si está bien.
-Solo me duele un poco.
Al retirar la mano, una marca rojiza se hacía evidente en su piel clara.
El mayordomo contempló la escena con inquietud. “¿La segunda señorita habrá olvidado que la señorita está embarazada? Si el señor se entera de esto, no quiero ni imaginar las
consecuencias“. Sin perder tiempo, ordenó a uno de los sirvientes que trajera una toalla humedecida con agua caliente para aplicarla sobre la marca.
La piel de Isabel siempre había sido particularmente sensible; el más mínimo golpe dejaba huellas visibles.
Mientras sostenía la toalla contra su frente, extrajo su teléfono del bolsillo y marcó a Esteban. La respuesta fue casi inmediata:
-Isa.
-Mi hermana fue a buscar a Dan.
-Sí, lo sé.
-Pero ella…
-No te preocupes, Dan no se atreverá a hacer nada en París.
Las palabras de Esteban, envueltas en un tono reconfortante, lograron calmar la ansiedad que invadía a Isabel.
Efectivamente, aquella seguridad en su voz le devolvió cierta tranquilidad. Finalizó la llamada y entregó la toalla al sirviente que aguardaba cerca, diciendo con suavidad:
-Gracias.
El sirviente correspondió con una sonrisa sincera, visiblemente complacido.
Momentos después, otro sirviente se acercó con un pequeño cuenco de cerezas recién lavadas: -Señorita, llegaron hoy mismo, están frescas y jugosas.
Aquellas frutas carmesí brillaban tentadoras, provocando que Isabel tragara saliva anticipadamente.
-Gracias.
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Capitulo 570
Su aspecto prometía un sabor extraordinario. A pesar de que durante sus años en Puerto San Rafael nunca le había faltado nada, la sensación de estar en casa era incomparable. No solo por la comodidad, sino por esa atmósfera de familiaridad que lo impregnaba todo.
Tomó una cereza y la mordió con delicadeza:
-Qué dulce.
-La señora las mandó especialmente para usted, sabe cuánto le gustan.
La mención de su madre despertó un cálido brillo en los ojos de Isabel.
En el interior del automóvil, Esteban conocía perfectamente el paradero de Vanesa. Sus ojos, tras las gafas de montura dorada, reflejaban una frialdad calculadora.
-¿Qué averiguaste? -preguntó con tono cortante a Lorenzo Ramos, sentado frente a él.
-Después de que Dan falleció en París, regresó a Las Dunas seis meses después.
-¿Seis meses después?
Lorenzo asintió con firmeza:
-Sí, seis meses después. Durante ese período, desde su supuesto fallecimiento en París hasta su aparición en Las Dunas, no logramos rastrear su ubicación.
-¿Y su enfermedad?
-Es real.
Esteban guardó silencio, procesando aquella información.
“Es real…” La situación se complicaba considerablemente.
Cuando supo que Dan estaba en Las Dunas, ya le había parecido sospechoso. ¿Por qué seguía con vida? Y si era así, ¿por qué nunca buscó a Vanesa? Un entramado de interrogantes se formaba en su mente.
Lorenzo continuó con su informe:
-Realmente perdió la memoria.
Por increíble que pareciera, Dan verdaderamente no recordaba a Vanesa.
Esteban inspiró profundamente:
-Envía a Jota para que proteja a Vanesa en secreto.
Dan podía estar en París, pero la seguridad de Vanesa no era algo que pudiera tomarse a la
ligera.
-De acuerdo.
16:50
Capítulo 570
Con la instrucción recibida, Lorenzo se apresuró a contactar con Jota.
Al caer la noche.
Con la ausencia de Esteban, Vanesa y su madre, Isabel optó por una cena ligera antes de
retirarse a su habitación.
Las atenciones recibidas durante toda la tarde habían mermado su apetito, por lo que apenas probó bocado.
Ya en la cama, se sumergió en un estado de duermevela.
Esteban llegó sigilosamente. Con delicadeza, su mano cálida recorrió suavemente el contorno de su figura mientras contemplaba su rostro sereno.
En su mirada se reflejaba una ternura desbordante; tenerla allí, a su lado, era una sensación indescriptible.
Isabel abrió los ojos con pesadez. Al reconocer a Esteban, sus labios dibujaron una sonrisa
dulce:
-¿Volviste?
Ante aquel gesto tierno, la emoción en los ojos de Esteban se intensificó. Asintió suavemente:
-Sí.
-¿Qué hora es?
-Son las once, sigue durmiendo, voy a darme una ducha.
-¿Quieres, quieres dormir juntos?
-¿Hmm?
Isabel, sumida ya en la bruma del sueño, aún no era consciente de que había superado sin dificultad la prueba de la señora Blanchet.