Capítulo 69
Las palabras de Valerio cayeron como una bomba en la habitación del hospital. El pitido constante del monitor cardíaco pareció intensificarse en el repentino silencio.
-¿Siete millones? -La voz de Carmen tembló, su rostro palideciendo bajo las frías luces fluorescentes-. ¿Estás seguro de lo que dices?
Carmen se dejó caer pesadamente en la silla junto a la cama de Iris, sus nudillos blancos al apretar los reposabrazos. El olor a desinfectante se mezclaba con su perfume caro, creando una atmósfera sofocante.
-Totalmente -Valerio se pasó una mano por el rostro, la frustración evidente en cada uno de sus gestos-. Camila la vio en su estudio en Torre Orión. Hasta los empleados le dicen “jefa“.
Un músculo se tensó en la mandíbula de Carmen. Sus ojos, normalmente calculadores, ahora brillaban con una mezcla de incredulidad y rabia.
-Siete millones… -repitió, como si al decirlo pudiera procesar mejor la información-. Con razón se reía de nosotros cuando le bloqueamos las tarjetas.
Sus uñas perfectamente manicuradas tamborileaban contra el brazo de la silla en un ritmo
nervioso.
-Ese estudio no puede seguir funcionando el veneno en su voz era palpable-. ¿Te imaginas? Ganando tanto dinero y todavía comparándose con mi Iris, contando cada centavo como si fuera una pobrecita.
Valerio se apartó de la ventana, una sonrisa torcida dibujándose en sus labios.
-No te preocupes, ya me encargué de eso -su voz destilaba satisfacción-. Mi asistente ya está corriendo la voz entre todas las empresas de Puerto San Rafael. Nadie va a querer hacer negocios con ella.
“Con sus limitadas habilidades, solo tuvo suerte“, pensó Valerio, imaginando con placer el momento en que Isabel tendría que volver arrastrándose a pedir ayuda.
Carmen sacudió la cabeza, la furia haciendo que sus mejillas se encendieran.
-¿De dónde sacó esa capacidad? -apretó los puños-. Y nosotros aquí como idiotas, pensando que cortándole las tarjetas la doblegaríamos.
En la cama, Iris mantenía los ojos cerrados, pero cada músculo de su cuerpo estaba tenso, escuchando. La rabia le quemaba por dentro como ácido, haciendo que su corazón latiera más rápido contra las sábanas almidonadas del hospital.
“Maldita Isabel“, pensó, sus dedos crispándose imperceptiblemente sobre la sábana. “¿De dónde sacaste tanto poder?”
…
El aroma a especias y chile tostado inundaba el elegante restaurante. Isabel cerró los ojos,
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Capitulo 69
saboreando el último bocado de su comida mientras el bullicio del lugar la envolvía como una manta familiar.
-Se suponía que iba a comer barbacoa con Pauli murmuró, limpiándose los labios con la servilleta de tela.
Esteban la observaba con esa mezcla única de diversión y preocupación que reservaba solo para ella.
-Sabes que esas cosas no son buenas para ti su voz grave llevaba ese tono protector tan característico-. En casa siempre hemos cuidado tu alimentación.
Isabel dejó escapar una risita.
-¿Qué no es saludable? -sus ojos brillaron con picardía-. La comida es el cielo, ¿me oyes? ¡Es pura alegría!
El recuerdo de tantas comidas contenidas durante su vida con la familia Allende la hizo sonreír. Estos últimos años habían sido un descubrimiento constante de sabores nuevos, y la barbacoa… ah, la barbacoa se había convertido en su debilidad.
-¿Te hace feliz el dolor de estómago? -Esteban arqueó una ceja.
Isabel guardó silencio, pero una sonrisa traviesa bailaba en sus labios. “Que digan lo que quieran“, pensó, “pero una Coca–Cola bien fría con barbacoa es la gloria pura… aunque después el estómago te pase factura de la manera más espiritual“.
El restaurante era todo lo que se esperaba de un cinco estrellas: manteles impecables, cubiertos de plata, camareros discretos y eficientes. En el segundo piso servían antojitos gourmet, y el tercero estaba dedicado a los mariscos más frescos de la ciudad.
Después de la comida, Esteban tomó la mano de Isabel con esa familiaridad protectora tan suya. El metal frío del elevador contrastaba con el calor de sus manos entrelazadas.
Las puertas se abrieron y ahí estaba Sebastián.
Su mirada descendió lentamente hasta las manos unidas de Esteban e Isabel. La furia transformó su rostro atractivo en una máscara de odio apenas contenido. Sus nudillos se tornaron blancos al apretar los puños.
-¡lsabel! -escupió cada sílaba como si fuera veneno.
Isabel contuvo un suspiro de fastidio. “Qué pequeño es el mundo“, pensó, mientras sentía cómo la mano de Esteban apretaba la suya con más fuerza.
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