Capítulo 627
Esteban eligió un vestido azul claro para Isabel, complementando perfectamente la corbata de tonos zafiro que luciría esa noche. El tejido sedoso se deslizaba entre sus dedos mientras lo contemplaba con satisfacción.
Salieron del salón de descanso y se encontraron con que Yeray y Vanesa habían reanudado su enfrentamiento. A pesar de haber zanjado momentáneamente el asunto del dinero, algún comentario inoportuno había desatado nuevamente la tormenta entre ellos. Aguzando el oído, Isabel captó fragmentos de la discusión: Yeray había tachado de hipócrita a Vanesa, acusación que resultaba insoportable para quien llevaba años realizando obras benéficas en silencio. La tensión escaló rápidamente hasta convertirse en un conflicto físico inminente.
-¿No puedes controlar esa bocota? ¿Quieres que te la cierre de una vez?
Vanesa alzó las manos dispuesta a pasar a la acción mientras su rostro se encendía de indignación. En un movimiento reflejo, Yeray la sujetó por la cintura para contenerla. Aquella invasión de su espacio personal desató toda la furia contenida de Vanesa.
-¿Dónde crees que estás tocando? ¡Suéltame ya!
Vanesa levantó la mano, lista para propinarle una bofetada contundente. Yeray, incrédulo ante su reacción, le sostuvo firmemente la muñeca mientras su perplejidad se transformaba en ira.
-Ya basta. ¿Crees que me interesa tocarte? Ni aunque me pagaran.
-¡Entonces no toques! ¡Maldito cabrón!
Vanesa levantó su otra mano, determinada a golpearlo de cualquier forma. La frustración de Yeray crecía por segundos, como si su cabeza estuviera a punto de estallar ante tanta
obstinación.
-No me interesas y nunca le interesarás a nadie. Vas a quedarte sola toda tu vida.
Aquellas palabras cortaron el aire como navajas envenenadas. Para cualquier mujer, especialmente una sin defectos evidentes, recibir semejante maldición resultaba intolerable. Vanesa, con su temperamento volcánico, jamás podría dejarlo pasar.
-Maldito, cabrón asqueroso.
-De carácter fuerte y más negra que el carbón. Solo digo la verdad. Pregunta quién te quiere
así como eres.
La mirada de Vanesa transmitía una promesa silenciosa: si no le rompía la boca en ese instante, no encontraría paz.
Isabel y Esteban intercambiaron miradas cómplices. Ella intentó intervenir instintivamente, pero Esteban la contuvo con firmeza y la condujo hacia las escaleras hasta alcanzar el segundo piso.
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Isabel se liberó de su agarre con un movimiento brusco.
-¿Qué haces?
-Ella no necesita tu ayuda.
Aquella afirmación contenía una verdad innegable. Con el carácter indomable de Vanesa, jamás saldría perdiendo ante Yeray en un enfrentamiento verbal. Sin embargo, Isabel conservaba un rencor profundo hacia él, pues Yeray había sido el catalizador de su dolorosa separación de Esteban durante tantos años. Aquel prejuicio arraigado convertía a Yeray perpetuamente en el villano de cualquier historia.
-Confías mucho en tu hermana, pero la familia Méndez no es fácil de manejar ahora.
Isabel pensaba especialmente en la madrastra de Yeray, quien inicialmente se había comportado impecablemente en la familia Méndez, pero cuyos movimientos actuales revelaban cada vez más sus verdaderas intenciones: acaparar la mayor parte de la herencia para sus propios hijos.
Ante la preocupación de Isabel, una sonrisa enigmática se dibujó en el rostro de Esteban.
-No importa lo complicada que sea la familia Méndez, tu hermana no caerá en sus juegos.
Isabel asintió lentamente, comprendiendo la profundidad de aquella observación. Efectivamente, no importaba qué trampas prepararan para Yeray y Vanesa, su hermana jamás mordería el anzuelo. Las intrigas planeadas estaban condenadas al fracaso desde su concepción.
La noche de la fiesta había llegado. Isabel sabía que en estos eventos generalmente no se consumía suficiente alimento, situación preocupante considerando su embarazo que la convertía en prioridad absoluta para la familia.
La señora Blanchet, aunque ausente, llamó telefónicamente para asegurarse de su bienestar.
-Que la cocina prepare algo para Isa, que coma antes de la fiesta.
-Como usted diga, señora -respondió el mayordomo con deferencia.
En realidad, tal preocupación resultaba innecesaria, pues Esteban ya había contemplado cada detalle con anticipación. Además, Isabel mostraba signos evidentes de fatiga acumulada.
Esteban la condujo hasta la habitación con la intención de que descansara al menos una hora antes de tomar algún alimento e iniciar la velada. Apenas cruzaron el umbral, el teléfono de Esteban vibró demandando su atención inmediata.
El contenido de aquella conversación transformó sutilmente su expresión mientras cubría el auricular y dirigía una mirada significativa hacia Isabel.
-Tú descansa un poco, más tarde irás con Vanesa a la fiesta, no hay prisa, ¿sí?
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-¿Otra vez ocupado?
Isabel no pudo evitar el tono de resignación en su voz. Desde su regreso a París, Esteban parecía perpetuamente absorbido por asuntos urgentes que reclamaban su presencia.
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