Capítulo 623
La boda entre Yeray Méndez y Vanesa Allende, en realidad, no era más que una colaboración estratégica, una alianza de conveniencia disfrazada bajo velo nupcial.
Yeray entró justo a tiempo para escuchar a Esteban Allende mencionar la palabra ‘desesperado“. Aquellas sílabas resonaron en sus oídos como un insulto velado, oscureciendo su expresión de inmediato. ¿Qué insinuaba Allende con ese término? Si alguien contraía matrimonio por amor genuino, eso podría considerarse insistencia, pero lo que él compartía con Vanesa era únicamente un acuerdo de beneficio mutuo. ¿Por qué en labios de Esteban adquiría esa connotación desdeñosa?
Con una sonrisa ladina, Esteban miró de reojo a Yeray parado en el umbral.
-Dile a Vane que le controle a su carácter.
-¿De qué hablas? -respondió Lorenzo Ramos, visiblemente confundido.
¿Controlar su carácter? ¿En serio?”
Justo cuando iba a preguntar el motivo, advirtió la presencia de Yeray en la entrada, con expresión severa y brazos cruzados sobre el pecho.
-A ciertas personas no se les puede ayudar.
-¡Cof, cof, cof!
‘Ay no…”
La expresión de Yeray se ensombreció todavía más, como una tormenta formándose en su ostro. Esteban interpretó la tos de Lorenzo como una señal de advertencia y al girarse, se encontró con la mirada fulminante de Yeray. Su semblante era tan oscuro que parecía capaz de devorarlo con solo mirarlo.
La sonrisa de Esteban se ensanchó con descaro.
-Señor Méndez, ¿verdad?
Yeray sintió que la ira burbujeaba en su interior como lava a punto de erupcionar. Avanzó hacia Esteban con una sonrisa sarcástica y se sentó frente a él, confrontándolo directamente.
-¿Te parece ético traicionarme así?
-Solo quiero que no te sea tan fácil.
Tanto la familia Méndez como los Allende sabían perfectamente que el padre de Yeray no mantenía su matrimonio por simple afecto o devoción, sino por un temor profundamente arraigado. Si Vanesa participaba en la pugna interna de los Méndez, facilitaría enormemente la recuperación del patrimonio que legítimamente pertenecía a la madre de Yeray. Él, aunque llevaba el apellido Méndez, albergaba un odio irreconciliable hacia su propia familia.
Hacía tres años había cortado vínculos con el clan Méndez, recuperando casi todo lo que había
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pertenecido a su madre. Pero sus ambiciones iban mucho más allá. La crisis que había sacudido a los Méndez años atrás se había superado gracias al matrimonio con su madre, y sin embargo, su padre demostró la más terrible ingratitud.
Cuando Yeray apenas tenía catorce años, la mujer que su padre siempre había deseado en secreto apareció durante el parto complicado de su madre, resultando en la trágica muerte tanto de su madre como de su hermana. Se fueron para siempre, y aun así, su padre no dudó en introducir a esa mujer en la residencia Méndez, junto con el hijo de ella, disfrutando descaradamente de lo que por derecho correspondía a la madre de Yeray.
Ese episodio quedó clavado como una espina venenosa en el corazón de Yeray; anhelaba recuperar no solo la herencia materna, sino todo el imperio Méndez. Y si no lograba poseerlo, lo reduciría a cenizas.
-Allende, puedes traicionarme en lo que quieras, pero en esto no.
Cada sílaba que Yeray pronunciaba destilaba frialdad. Sin darle oportunidad a Esteban de responder, continuó:
-Sé que me odias porque perdiste tres años con Isabel.
-Pero no olvides que ella es mi prometida y nunca quise lastimarla.
Cuanto más hablaba, más agitación manifestaba Yeray. Lo único rescatable que había hecho aquel viejo era lo relacionado con Isabel. Nadie conocía la conmoción que experimentó cuando supo que Isabel sería su esposa. Aquella noche, Yeray no pudo conciliar el sueño. Pero, ¿Isabel? ¿Cómo podría albergar sentimientos románticos hacia alguien con quien había crecido? El solo pensamiento provocaba una furia corrosiva en Yeray.
Esteban entrecerró los ojos, escrutándolo con mirada gélida.
-¿Crees que Vane puede ayudarte a recuperarlo todo?
-Al menos ella no necesita controlar su carácter, que vaya con los Méndez y arme un
escándalo.
-¡No solo vamos a armar un escándalo!
-Después de tantos años viviendo como reyes, ya es hora de que esa banda de asesinos paguen por lo que hicieron.
Esteban levantó la taza frente a él y bebió un sorbo con parsimonia. La taza rosa, indudablemente, pertenecía a Isabel.
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