Capítulo 7
El día en que Margarita salió del hospital coincidio con su cumpleaños.
Era una ocasión doblemente especial, así que Ra no escatimó en gastos y alquiló el hotel más lujoso de la ciudad para celebrarlo.
El esplendor de la fiesta dejó a los invitados maravillados y llenos de envidia.
Los amigos más cercanos de Raúl también le hablan preparado con cuidado regalos de cumpleaños.
Pero a ella no le entusiasmaba en absoluto. Después de lo sucedido la última vez, ya no sentía la menor simpatía por ese grupo de amigos de Raul.
Sin embargo, ellos no le dieron mayor importancia, asumiendo que su mala aptitud se debía a que aún estaba enferma.
Pronto llegó el momento de soplar las velas y pedir un deseo.
Raúl la abrazó, tomó su mano mientras cortaban juntos el pastel y le preguntó:
-Margarita, hoy es tu cumpleaños. ¿Tienes algún deseo?
En el pasado, ella habría negado con la cabeza y dicho que no, porque en aquel entonces creía que solo necesitaba su amor para ser feliz.
Pero ahora tenía otro deseo muy fuerte: dejarlo y no volver a verlo jamás.
Levantó la cabeza y encontró los ojos de Raúl posados en ella con profunda ternura.–Si te digo mi deseo, ¿lo harás realidad?
Raúl se sorprendió por un instante, pero enseguida sonrió con aún más dulzura.–Por supuesto que sí.
Margarita sonrió, pero la sonrisa no alcanzó a su amado.–En ese caso, sí. Tengo exactamente tres deseos.
Raúl la miró con cariño y asintió. Está bien, dime qué quieres y te lo daré ahora mismo.
Margarita se giró, sacó una hoja en blanco de su bolso y la extendió ante él.
Mi primer deseo es que firmes aquí.
En cuanto dijo esas palabras, todos los presentes contuvieron el aliento.
En su círculo, era bien sabido que con la fortuna que poseían, lo más peligroso era firmar en una hoja en blanco.
Si alguien malintencionado la usaba en su contra, las consecuencias serian impensables.
Raúl siempre habia sido un hombre cauteloso. ¿Como iba a firmar algo así?
Solo un loco lo haría.
Pero, para asombro de todos, Raúl tan solo sonrio conflado y, sin dudarlo ni un segundo, firmó la hoja que Margarita le ofrecía.
-Margarita, ya está hecho.
Ella apretó con fuerza la hoja entre sus dedos y sintió que, por fin, podía respirar con alivio.
Con la firma de Raúl, podría redactar los papeles de divorcio.
A partir de ahora, no tendría entonces ninguna relación con él.
Raúl, al ver la leve sonrisa en sus labios, se sintió aún más feliz.
-Margarita, ¿cuál es tu segundo deseo?
Ella levantó la vista y recorrió con la mirada a los invitados.
Algunos la observaban con asombro, otros con envidia, pero la única. que desentonaba era Sofía, quien, de pie a lo lejos, la miraba fijamente con el rostro cubierto de celos.
Sin embargo, Margarita apartó la vista de todos ellos y miró más allá, como si pudiera atravesar el tiempo y ver el futuro que la esperaba en una tierra lejana.
Entonces, con una pequeña sonrisa, pronunció su segundo deseo: -Quiero que transfieras. todas tus acciones de Grupo Rodríguez a mi nombre.
El salón se llenó de murmullos de los metiches.
Las acciones de Raúl valían cientos de miles de millones de dólares. Por mucho que la amara, era imposible que se las cediera todas.
Pero Raúl no dudó ni un segundo. Sacó su teléfono y llamó de inmediato a su abogado.
Le ordenó que transfiriera sin demora todas sus acciones a nombre de su esposa, Margarita.
Ella miró la pantalla de su celular, donde aparecía el documento de transferencia de acciones, firmado y sellado. Su estado de ánimo se elevó al instante al ver el papel.
Con esas acciones en su poder, podría venderlas y asegurarse una vida sin preocupaciones en el extranjero. ¡Incluso si viviera diez vidas, no le faltaría nunca el dinero!
Raúl la abrazó con ternura y bromeó: -Margarita, ahora me he quedado sin nada. Me het convertido en tu empleado. No puedes dejarme, ¿okey?
Margarita esbozó una ligera sonrisa y estaba a punto de responder cuando, de repente, un grito interrumpió la celebración.
-¡Alguien se desmayo!
Raúl levantó la vista y vio que la persona que había caído era Sofía.
Su expresión cambió de golpe y se apresuró a acercarse. Sin embargo, un momento de lucidez recordó algo, así que se volvió hacia Margarita y le dijo: -Margarita, la llevaré al hospital. Quédate y diviértete. Tu último deseo puedes enviármelo por mensaje.
-No hace falta.
Raúl no la escuchó bien.–¿Qué fue lo que dijiste?
Margarita negó con la cabeza.–Nada, vete tranquilo.
Observó cómo Raúl se alejaba apresurado, con Sofía en brazos. Y entonces, sonrió con suavidad.
Raúl, mi tercer deseo ya no necesita que tú lo hagas realidad.
Porque ese deseo es… dejarte para siempre.
En tres días, lo habré conseguido.