Margarita sonrió.
-¿Y de qué sirve que me ame? Igual con tanto amor disque tenía, me engañó una y otra vez..
No solo él me lo ocultó, también su grupo de amigos lo sabía… Quizás usted también lo sabía, ¿no?
El escándalo que se desató cuando Sofía se desmayó en la fiesta de cumpleaños de Margarita debido a su embarazo aún seguía fresco en la memoria de todos.
Margarita no creía ni por un segundo que Paola no estuviera al tanto de lo que pasaba.
Tal como lo esperaba, el rostro de Paola se tensó por un instante.
Desde que Raúl y Margarita se casaron, Paola los presionó constantemente para que tuvieran hijos.
Pero Margarita no podía concebir por problemas de salud, y Raúl, por amor a su esposa, nunca insistió en buscar algún tratamiento médico.
Esto hacía que cada vez que Paola veía a Margarita sintiera una profunda insatisfacción y, naturalmente, nunca le mostraron un trato amable.
Por eso, al enterarse del embarazo de Sofía, Paola dejó de lado cualquier duda.
Incluso olvidó que una infidelidad dentro de la familia Rodríguez era una vergüenza inmensa.
No le importó que Fernando la tratara con frialdad todos los días por ello.
Ni que Margarita sufriera en silencio.
Nada de eso tenía importancia.
Después de todo, nada era más importante que tener un nieto y mantener el linaje de la familia.
Margarita notó la reacción de Paola y en su mirada apareció un destello de burla.
Si hasta ella misma apoyaba la relación de su hijo con la otra.
¿Con qué derecho venía ahora a convencerla, cuando ella ya había perdido cualquier cariño en
Raúl?
-Señora Paola, espero que cuando regrese le diga algo de mi parte.
-No solo se está torturando a sí mismo, también me está torturando a mí.
-¿Acaso no fue suficiente el daño que ya me hicieron ustedes? ¿En verdad necesita llevarme al extremo?
Después de decir eso, ni siquiera miró la reacción de Paola y, con un gesto, le indicó que se
Paola no tuvo más opción que levantarse y salir por la puerta.
En el Hospital.
Cuando Raúl vio que detrás de Paola no había nadie, la última chispa en su mirada se extinguió por completo.
No dijo nada, solo agitó la mano, señalándole a Paola que se fuera.
Tomó la foto de su boda entre las manos y las lágrimas de arrepentimiento cayeron sobre el rostro de Margarita, cuya sonrisa florecía radiante en la foto,
En el fondo, siempre lo supo. Desde el principio. Si él no hubiera querido todos sus problemas… Sofía jamás habría tenido la oportunidad de meterse en su cama.
Pero se engañó a sí mismo una y otra vez, diciéndose que lo hacía solo porque no soportaba la idea de que Margarita pasara por un embarazo.
Y, sin embargo, en cada una de sus infidelidades, su corazón terminó enamorándose más y más de Sofía.
Pues qué irónico, el mismo hombre que, el día de su boda, le juró amor eterno a Margarita… Que la amaría, que la acompañaría por el resto de su vida, que nunca la traicionaría.
Que, si alguna vez llegaba a enamorarse de otra, que el cielo lo partiera en dos con un rayo.
Que en su corazón solo habría espacio para Margarita y para nadie más.
Y, al final, la engañó.
Dejó la foto a un lado. Su mirada vacía titubeó apenas un instante antes de tomar el cuchillo para frutas que estaba cerca.
Aquel día, Margarita le preguntó: Si el corazón le duele, ¿qué se debe hacer para aliviar ese dolor?
Ahora, por fin tenía una respuesta.
Matarlo.
¡Ah!
¡Mataron a alguien en el cuarto!
La enfermera que hacía la ronda nocturna soltó un grito de horror al descubrir la escena sangrienta dentro de la habitación.
Paola, que venía caminando desde lejos, oyó el grito y, de la impresión, el termo que llevaba en las manos se le resbaló y cayó al suelo en un golpe seco.
Con el corazón acelerado, apartó bruscamente a enfermera, que seguía paralizada en la puerta.
Pero en cuanto sus ojos captaron la escena en el interior, sintió cómo sus piernas le fallaban y cayó de rodillas al suelo.
En la habitación, Raúl yacía en la cama como siempre.
Pero en su pecho, directo en el corazón, tenía clavado un cuchillo.
Cuando Margarita recibió la noticia de su muerte se quedó inmóvil durante un largo rato.
No reaccionó hasta que una lágrima le resbaló por la mejilla.
Solo entonces recuperó la compostura, levantó la mano y la secó con cuidado.
No dijo nada. Tan solo tomó su maleta y salió por la puerta.
Ya en el avión, Margarita volvió la vista hacia la ventanilla y echó un último vistazo al exterior.
Aquel lugar, ciudad Esmeralda…
Ella jamás volvería.