Capítulo 244
Patricio fulminó a Carmen con la mirada, su mandíbula tensa por la rabia contenida.
-Tú, tú… -Las palabras se le atoraban en la garganta.
Quería exigirle que cortara todo contacto con Iris. Era evidente que ahí estaba el origen de la furia de Isabel. Sin embargo, la presencia de Sebastián lo hizo tragarse sus palabras. A pesar de la frialdad actual de Marcelo hacia los Galindo, la situación con Sebastián podría ser su última oportunidad para mantener la cooperación empresarial.
Carmen se pasó una mano por el rostro, la indignación deformando sus facciones.
-¿Pero qué le pasa a esta niña? ¿Cómo puede comportarse así?
El rostro de Patricio se ensombreció.
-Todo esto es tu culpa. Si la hubieras tratado mejor cuando regresó, nada de esto estaría pasando.
Carmen, ya al límite por el desplante de Isabel y ahora las críticas de su esposo, explotó:
-¿Que no la traté bien? ¡Por favor! ¿Cuándo no fui buena con ella? ¿Acaso ha valorado algo de lo que he hecho?
Sebastián, envuelto en un aura impenetrable, giró sobre sus talones y se alejó sin pronunciar palabra. José Alejandro lo siguió apresuradamente, mientras la discusión se intensificaba a sus espaldas.
-Señor, ¿qué vamos a hacer? -La voz de José Alejandro temblaba de nerviosismo.
El abuelo había sido muy claro: debían resolver el asunto con el señor Allende a como diera lugar. Pero después de presenciar cómo Esteban había ignorado por completo a Sebastián, despreciando una cooperación tan importante, solo porque Isabel mencionó estar cansada…
Sebastián se detuvo en seco y cerró los ojos con fuerza.
-¿Qué podemos hacer? Con Isabel… -Su voz se apagó, incapaz de continuar. Era dolorosamente obvio que ella era la clave de todo.
El zumbido de su celular cortó el silencio tenso. Un nuevo correo de Alfredo Muñoz, el hombre
de confianza de Marcelo. Sebastián lo abrió y, al leer su contenido, sus pupilas se dilataron y su respiración se volvió errática.
José Alejandro notó el cambio inmediato en su jefe.
-¿Qué sucede?
Los nudillos de Sebastián se tornaron blancos por la fuerza con que sostenía el teléfono.
-¿lsabel… creció en la familia Blanchet? -Su voz sonaba estrangulada.
-¿Qué? -José Alejandro sintió que el mundo se tambaleaba bajo sus pies-. Pero… ¿no se
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suponía que creció en el campo? ¿Con una familia de campesinos?
-¿Qué tan confiable es esta información? -José Alejandro se atrevió a preguntar, aunque ya
intuía la respuesta.
Si era cierto, significaba que Isabel y el señor Allende eran realmente hermanos. El
pensamiento le provocó un escalofrío.
Sebastián clavó en él una mirada penetrante.
-Viene de Alfredo Muñoz.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Si el abuelo había compartido personalmente esa investigación, la información tenía que ser verdadera. José Alejandro sintió que se le secaba la boca al recordar los enfrentamientos previos.
-Señor, entonces… ¿qué hay de los conflictos que tuvo con el señor Allende? ¿Las cosas que dijo…? -No pudo terminar la frase.
La respiración de Sebastián se volvió pesada.
-Déjalo -Su tono cortante revelaba la tormenta interior que lo consumía.
“¿Qué había dicho la última vez que los vio juntos en los Apartamentos Petit? ¿Y frente a su estudio? Las palabras ‘relación sucia‘ resonaban ahora como una burla cruel del destino.”
Sebastián se pasó una mano por el cabello con frustración. Las piezas del rompecabezas finalmente encajaban, revelando una imagen que lo hacía sentir como el mayor idiota del
mundo.
En otra casa, la atmósfera era igualmente tensa pero por razones muy diferentes.
Apenas cruzaron el umbral, Esteban sujetó a Isabel por los hombros con una fuerza que revelaba su agitación interior. Sus ojos, habitualmente serenos y controlados, ardían con una intensidad que hizo que el corazón de Isabel diera un vuelco.
-¿Qué… qué pasa? -Su voz traicionaba su nerviosismo.
Los dedos de Esteban se tensaron sobre sus hombros mientras la miraba fijamente.
-¿Tuviste un accidente automovilístico cuando viniste a Puerto San Rafael?
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