Capítulo 141
La mente de Sebastián se convirtió en un vacío absoluto. Sus ojos, inyectados de furia, se clavaron en Isabel como dagas. Sus labios se movieron, intentando formar palabras que se negaban a salir, mientras la vena de su sien palpitaba visiblemente.
Isabel alternó su mirada entre el rostro descompuesto de Sebastián y el ostentoso anillo de diamantes que descansaba en su estuche de terciopelo. Un segundo vistazo confirmó lo que sus ojos se negaban a creer: era un anillo de compromiso en toda regla.
“¿Qué rayos pasa con Ander?“, pensó mientras sus dedos tamborileaban sobre el escritorio “¿Un regalo de disculpa que resulta ser una propuesta de matrimonio? ¿Es tan ingenuo que no entiende el significado de un anillo, o qué? ¿Gustarle yo? ¿Proponerme matrimonio? ¡Ni en sus sueños más locos!”
Las sienes le palpitaban mientras intentaba darle sentido a la situación. “¿O será que tiene el cerebro tan oxidado que ya ni siquiera comprende lo que significa regalar un anillo?”
Los nudillos de Sebastián se tornaron blancos mientras apretaba los puños.
-ilsabel! -el rugido de Sebastián resonó por toda la oficina, cargado de una furia apenas contenida.
Isabel arqueó una ceja con desprecio.
-¿Te volviste loco o qué? ¿Por qué gritas como poseído? -su voz destilaba sarcasmo- ¿Y qué si me propone matrimonio? ¿A ti qué te importa?
“Por poco me revienta los tímpanos“, pensó mientras lo observaba. “Definitivamente es de esos que tienen el cerebro envuelto en misterio, imposible de descifrar“. La ironía de la situación casi le provocó una sonrisa. Ella y Ander apenas tenían algo en común, y él lo sabía perfectamente. Solo alguien como Sebastián podría malinterpretar esto como una propuesta
matrimonial.
La respiración de Sebastián se volvió errática, como la de un toro furioso.
-Vaya, vaya… No está nada mal, ¿eh? Tienes a tantos protectores cuidándote las espaldas -escupió las palabras como si fueran veneno-. Con razón te atreves a romper nuestro compromiso y mandar al diablo a los Galindo.
Una sonrisa sarcástica se dibujó en los labios de Isabel.
-Sí, tengo todos esos protectores, ¿y qué? -se cruzó de brazos. ¿Te duele que ya no puedas mangonearme a tu antojo?
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El rostro de Sebastián se contorsionó. Ahí estaba la verdadera razón de su furia: él y los Galindo habían agotado todos sus trucos esperando ver a Isabel suplicar misericordia. ¿Y qué obtuvieron? Nada. En cambio, se toparon con una fuerza que no podían doblegar.
Isabel se levantó con movimientos deliberadamente lentos y se acercó al ventanal. Abajo, los autos parecían hormigas moviéndose sin sentido.
16:43 T
Capitulo 141
-¿Querías cancelar mis tarjetas? ¿Cerrar mi estudio? -su voz goteaba sarcasmo mientras observaba la ciudad-. ¿Cuál era el plan maestro? ¿Que no pudiera pagar la renta? ¿Que me arrastrara pidiendo perdón a Iris? ¿Que me hincara suplicando que reactivaran mis tarjetas para no morirme de hambre?
Cada palabra era como una bofetada para Sebastián. Aunque todo eso era exactamente lo que habían estado haciendo, escucharlo de labios de Isabel, con ese tono mordaz, le provocó una vergüenza que le oprimió el pecho.
-No vengas aquí a echarle la culpa a Iris -masculló entre dientes-. ¿Qué has hecho tú más que causar problemas?
Isabel se giró lentamente, sus ojos brillando con un destello peligroso.
-¿Qué he hecho yo? -repitió con una calma inquietante-. Al principio, nada, ¿o me equivoco?
El silencio de Sebastián fue toda la respuesta que necesitaba.
-Ni siquiera sabían que el apartamento en Petit era mío, mucho menos del estudio -continuó, su voz afilada como un cristal roto-. ¿Qué pecado tan terrible había cometido para que me persiguieran como perros rabiosos?
La furia de Sebastián era palpable, pero para Isabel, su rabia y la de los Galindo solo confirmaban una cosa: estaban furiosos porque no podían doblegarla.
-¡Ya basta! -rugió Sebastián, su respiración entrecortada.
-¿Ya no quieres que hablemos? -una sonrisa cruel curvó sus labios-. Entonces dime, ¿a qué viniste realmente?
Sebastián se quedó en blanco. Por un momento, de verdad lo había olvidado. Esta mujer siempre tenía el don de hacerle perder el norte con sus provocaciones.
Isabel alzó una ceja, su gesto característico cuando estaba a punto de asestar un golpe.
-Es por el Chalet Eco del Bosque, ¿verdad?
El corazón de Sebastián dio un vuelco al escuchar ese nombre. La promesa que le había hecho a Iris pesaba como plomo en su consciencia: le había jurado que se mudarían allí en menos de una semana después de su alta. Le había pintado un cuadro idílico: una habitación donde podría ver el amanecer y el atardecer, donde el sonido del mar la arrullaría cada noche.
Ya era el tercer día, y si no conseguían el Chalet pronto…
La garganta se le cerró ante el pensamiento.
-¿Has estado viviendo en el Chalet estos días? -la pregunta salió como un gruñido. Sus investigaciones habían revelado que ella no había vuelto a los Apartamentos Petit en varios
días.
La sonrisa de Isabel se volvió glacial mientras esperaba el siguiente movimiento de Sebastián, como una araña observando a la mosca enredarse más en su telaraña.