Capítulo 274
La furia en la voz de Vanesa hizo que Isabel se estremeciera. El odio que destilaban sus palabras atravesaba la línea telefónica como puñales.
-Te juro que cuando te vea, te voy a romper las piernas siseó Vanesa-. Tres años, Isabel. Tres malditos años jugando al escondite.
Isabel se hundió más en la cama, mientras un dolor agudo le recorría el costado. Sus dedos se aferraron a las sábanas hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
-No puedo ir -murmuró, odiando el temblor en su propia voz.
Una risa cruel resonó al otro lado de la línea.
-¿Ahora resulta que la princesita tiene miedo? Mejor para ti. Más te vale tenerlo -Vanesa hizo una pausa dramática—. ¿Sabes qué? Debiste haberte largado al espacio. Con suerte te hubieras muerto de hambre allá arriba.
El silencio de Isabel solo pareció alimentar la rabia de Vanesa.
-Tres horas. Te quiero ver en tres horas.
El golpe del teléfono al colgar resonó como una sentencia. Isabel permaneció inmóvil, con la mirada perdida en algún punto de la pared. Durante esos dos años de búsqueda infructuosa, Vanesa realmente había llegado a pensar que Isabel podría haber muerto de inanición. La idea le provocó un escalofrío.
El pitido intermitente del teléfono la devolvió a la realidad. Con movimientos cautelosos y reprimiendo un gemido de dolor, Isabel se incorporó de la cama. No había forma de ocultarle esto a Esteban. Con Vanesa en camino, ¿cómo explicaría sus heridas? En su estado actual, era imposible enfrentarla sola.
Se envolvió en un abrigo y salió de la habitación. El estudio estaba vacío. También el salón.
El mayordomo se acercó con una reverencia sutil.
-Señorita,
-¿Mi hermano salió?
-El señor está en el salón de billar.
Isabel arqueó una ceja, sorprendida. ¿Había un salón de billar? Con la mudanza tan reciente, apenas conocía la distribución de la casa.
-¿Dónde queda?
-Permítame acompañarla, señorita ofreció el mayordomo con una cortesía medida.
-No es necesario, puedo ir sola.
Isabel se encaminó por el pasillo que nacía a la izquierda del salón principal. Esa noche, la
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nieve caía con particular intensidad sobre Puerto San Rafael. Mientras avanzaba por el
corredor acristalado, observaba los copos blancos danzar bajo la luz artificial, acumulándose en gruesas capas contra los ventanales.
Al llegar a la puerta del salón de billar, un golpe sordo seguido de un grito ahogado la detuvo en seco. Su corazón comenzó a martillear contra sus costillas mientras, con dedos temblorosos, entreabría la puerta apenas unos centímetros.
La escena que encontró le heló la sangre. Lorenzo, con una ferocidad animal en la mirada, mantenía su pie sobre la espalda ensangrentada de un hombre que reconoció como francés. La intención asesina en sus ojos sugería que en cualquier momento podría aplastar la vida bajo su bota.
Esteban observaba la escena desde un sofá cercano, con las piernas cruzadas y un puro entre los dedos. Un aura de peligro emanaba de él, mezclada con un dejo de indolencia que lo hacía aún más intimidante.
-Señor Allende, por favor -suplicó el hombre bajo el pie de Lorenzo-. Le juro que no sé dónde está nuestro jefe. Se lo suplico, déjeme ir.
Lorenzo respondió aumentando la presión justo sobre la herida abierta. La sangre brotó con más intensidad.
-Marc, ¿realmente quieres dejar tu vida aquí esta noche?
Con un movimiento fluido, Lorenzo desenfundó su arma y la presionó contra la nuca del
hombre.
-Señor Allende, de verdad no… yo… -las palabras se ahogaron en un disparo.
Isabel se sobresaltó, provocando que la puerta crujiera levemente. Fue suficiente. Todas las miradas se clavaron en su dirección, incluidas las de los guardaespaldas apostados en las esquinas.
Lorenzo retiró el pie del cuerpo y se dirigió a grandes zancadas hacia la puerta. Cuando Isabel retrocedió instintivamente, él ya la había abierto por completo.
-¿Señorita? -la sorpresa suavizó momentáneamente sus facciones.
Esteban frunció el ceño al verla, una frialdad que no alcanzó a disimular oscureciendo su mirada. Isabel conocía esta faceta de su hermano, pero habían pasado años desde la última vez. Verlo así, bajo estas circunstancias, le recordó lo verdaderamente peligroso que podía ser.
-Isa -su voz resonó grave en la habitación.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Apartó la mirada del cuerpo ensangrentado para encontrarse con los ojos de Esteban.
Esta vez no huyó despavorida como años atrás. Se mantuvo firme, aunque su voz sonó mecánica:
-Hermano,
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Esa simple palabra pareció disipar toda la frialdad en la mirada de Esteban.
-Ven aquí -su tono se suavizó, perdiendo el filo amenazante.
Isabel avanzó con pasos rígidos. A un metro de distancia, Esteban la atrajo hacia sí, sentándola en su regazo. Sus dedos, sorprendentemente cálidos, le rozaron el mentón.
-¿Te asustaste? -preguntó con una ternura que contrastaba brutalmente con la escena que los rodeaba.