Capítulo 297
La neblina del alcohol nublaba los pensamientos de Mathieu. Se llevó una mano a la sien, intentando aclarar su mente mientras observaba a Esteban con una mezcla de confusión e
incredulidad.
Sus ojos, inyectados por el whisky, se clavaron en el rostro impasible de su acompañante.
-Si todavía está vivo… -las palabras parecían tropezar en su lengua. ¿Por qué nunca buscó a Vanesa en todos estos años?
Una sombra de melancolía oscureció los ojos de Esteban. El silencio que siguió pesaba como plomo en el aire, cargado de secretos y remordimientos no pronunciados.
En la penumbra de su habitación, Isabel contemplaba la pantalla iluminada de su celular. El número desconocido pertenecía a Carmen Galindo, quien había tenido que mendigar otro teléfono prestado más. Los Galindo, esa familia que alguna vez fue poderosa, ahora ni siquiera podían usar sus propios celulares:
La voz histérica de Carmen atravesó el auricular como una daga envenenada.
-¡Es tu propio hermano! -los gritos desesperados hacían eco en la habitación-. ¿¡Cómo puedes ser tan cruel!?
Isabel permaneció en silencio, sus dedos tamborileando suavemente sobre el escritorio mientras Carmen continuaba su diatriba.
-¿Tu corazón es de piedra o qué te pasa? -la voz de Carmen se quebraba por el llanto y la rabia—. ¡Le destrozaste las manos a tu propio hermano!
La mujer ya se había desmáyado una vez por la furia, pero eso no detenía su avalancha de acusaciones y reproches. Desde el momento en que Isabel contestó la llamada, Carmen la había atacado como una fiera herida.
Isabel entrecerró los ojos, una sonrisa amarga dibujándose en sus labios.
-¿Cómo podrían saber si mi corazón es de piedra? -su voz destilaba un veneno helado-. Nunca lo han tocado.
“Dicen que un corazón de piedra jamás se calienta“, pensó Isabel mientras sus dedos se cerraban en un puño. “Y los Galindo… ellos nunca han tocado el mío. No solo eso, me han demostrado una y otra vez que hasta los lazos de sangre pueden ser más fríos que el hielo”.
-¡Tú…! -Carmen apenas podía articular palabra.
-Valerio sabe perfectamente por qué quedó inútil de las manos.
-¡lsabel! -el grito de Carmen resonó con furia contenida.
-Después de que mandaron a Iris al extranjero -continuó Isabel, su voz tranquila contrastando
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con la tensión del momento-, él intentó lastimarme más de una vez. La señora Galindo lo
sabía, ¿no es así?
El silencio al otro lado de la línea fue revelador. La respiración de Carmen se cortó de golpe.
-¿Qué… qué dijiste?
-Aquella vez que casi me secuestran -Isabel mantuvo su tono ligero, casi casual-, usted dijo que yo sufría de paranoia. Pero sabía perfectamente que fue Valerio, ¿verdad? Solo quería protegerlo.
-¿Tú… tú lo sabías? -la voz de Carmen temblaba.
-¿Que si lo sabía? -Isabel dejó escapar una risa suave, sin humor-. Su tartamudeo me lo
confirma todo.
“Ah, los Galindo“, pensó Isabel mientras negaba con la cabeza.
-Es comprensible continuó-. Si son capaces de proteger así a una hija adoptiva, ¿qué no harían por su propio hijo?
-No es eso -Carmen intentó defenderse-. Esa vez él estaba confundido, yo lo regañé después, te juro que…
-Si me hubieran secuestrado ese día -la interrumpió Isabel-, ¿cuál habría sido mi destino?
Isabel apretó el teléfono con fuerza. La excusa de Carmen le revolvía el estómago.
“¿‘Ya lo regañé‘? ¿Qué es Valerio? ¿Un niño de tres años? ¿Cree que un simple regaño borra un intento de secuestro?”
-Y no fue solo una vez, ¿cierto? -continuó Isabel-. ¿Cuántas veces lo ‘regañó‘, señora
Galindo?
La respiración de Carmen al otro lado de la línea se volvía cada vez más errática.
-Presenté una denuncia -la voz de Isabel se tornó afilada-, pero ustedes usaron sus
influencias para silenciarla, ¿no es así?
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier confesión.
-¿Y con todo eso esperaban que hoy intercediera por él? -Isabel soltó una risa seca-. ¿Que salvara esas manos que ya deberían haberse roto hace mucho?
“Ya deberían haberse roto“. Las palabras resonaron en su mente. De hecho, ya se habían roto
una vez.
Fue justo después de que su denuncia se esfumara en el aire, cuando comprendió que los Galindo habían comprado el silencio de las autoridades.
Esa misma noche, mientras Valerio salía tambaleándose de un bar, Isabel lo sorprendió. Una bolsa negra sobre su cabeza, el sonido seco del bate de béisbol contra sus huesos. Rápido,
certero, sin vacilación.
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Capítulo 297
Antes de dejar Francia, ella había sido una delicada flor bajo la protección de Esteban. Pero después del incidente con los Méndez, algo cambió en ella. Se endureció, creció, se transformó.
Se juró a sí misma que se protegería hasta que Esteban viniera por ella. Y cumplió su promesa. A todos los que la lastimaron, los marcó. Uno por uno.
-Tú… tú… -Carmen tartamudeaba-. Incluso si él estaba equivocado, después yo lo detuve, ¿no? No sufriste ningún daño real.
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