Capítulo 310
El silencio de Isabel era como una daga que se hundía lentamente en el pecho de Carmen, alimentando una ira que apenas podía contener. Y cuando finalmente habló, cada palabra fue como sal sobre la herida.
Una sonrisa sarcástica se dibujó en los labios de Isabel mientras contemplaba a Carmen con la indiferencia de quien observa un insecto. Sin dirigirle más atención que esa, volvió su mirada hacia el mayordomo.
-Encárgate de que den de alta a Valerio del hospital -ordenó con voz átona.
El mayordomo asintió con un gesto discreto.
-Como ordene, señorita.
Carmen se levantó de un salto, sus manos temblando de indignación.
-¿Te has vuelto loca? ¡Es tu propio hermano! -las venas de su cuello se marcaban por la tensión. ¿No fue suficiente lo que le hiciste a Iris? ¿Ahora también vas por tu hermano?
Isabel alzó la mirada con una frialdad que podría haber congelado el infierno.
-¿La señora Galindo ha olvidado que entre nosotros ya no existe ninguna relación?
El color abandonó el rostro de Carmen. Sus labios temblaron, intentando formar palabras que se negaban a salir.
-Tú… tú…
Con movimientos calculadamente pausados, Isabel tomó la jarra de cristal que reposaba sobre la mesa y se sirvió otra copa, como si estuviera completamente sola en la habitación.
-¿No les encanta abusar del poder? -su voz destilaba veneno dulce mientras recordaba el trato reciente de los Galindo. Cómo habían intentado hundirla en el fango, deseando incluso su muerte. Durante años no han hecho otra cosa que pisotear a los demás, ¿verdad?
Sus ojos se entrecerraron mientras continuaba. La familia Bernard tenía una profunda influencia en Puerto San Rafael, y los Galindo, apoyados en ese poder prestado, habían sembrado el miedo y el resentimiento durante años. Especialmente Carmen, cuya reputación
entre las damas de sociedad era bien conocida.
-Tú… tú no puedes hacer esto -Carmen jadeaba, luchando por mantener el control-. Ya has dejado a Iris sin cura, ¿acaso quieres…?
-La palabra “hermano” -la interrumpió Isabel con un tono tajante como el acero-, te sugiero que te la tragues.
Su mirada se había vuelto tan afilada que Carmen retrocedió instintivamente. La palabra “familia” en boca de los Galindo le provocaba un rechazo visceral. Desde pequeña, los Allende le habían enseñado el verdadero significado de la familia, un amor que llevaba grabado en el alma. Pero los Galindo… ellos habían pervertido ese concepto hasta convertirlo en algo
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irreconocible.
-¿Sabes por qué no salvé a Valerio ayer?
-¿Por qué? -la voz de Carmen apenas era un susurro.
-Porque tuvo el descaro de decirme que no sé distinguir entre cercanía y lejanía. Que él es mi hermano la última palabra la escupió como si fuera veneno.
Carmen respiraba cada vez más agitadamente, su mente luchando por comprender el odio que emanaba de cada sílaba.
-¿Todavía no lo entiendes? -Isabel soltó una risa sin humor-. Detesto esa cara que ponen, esa “familia” de la que tanto presumen. Su concepto de hermandad me da asco.
Se inclinó hacia adelante, cada palabra cargada de desprecio.
-Si realmente hubiera sido familia, quizás… pero su “familia” es como una daga traicionera, ansiosa por desangrarte en vida -hizo una pausa, sus ojos brillando con un rencor latente-. Y gracias a que soy su “propia hija“, ¿no? Si hubiera sido cualquier otra persona, o habría muerto en el accidente que Iris preparó, o tu supuesta “madre” me habría empujado a la muerte.
-¿Tan mal concepto tienes de mí? -la voz de Carmen se quebró, y por primera vez, una duda genuina asomó a sus ojos. ¿Realmente soy tan mala en tu corazón?
Isabel soltó una carcajada que resonó como cristales rotos.
-Pensé que habrías aprendido la lección, que al menos sabrías reflexionar sobre tus acciones -su mirada se desvió nuevamente hacia el mayordomo, dejando la frase suspendida en el aire
como una amenaza.
El mayordomo asintió con discreción.
-Me encargo de inmediato.
-¡No! ¡No lo hagas! -Carmen se levantó de un salto, bloqueando la puerta con su cuerpo. El terror deformaba sus facciones-. No puedes hacerle eso, al fin y al cabo, él es tu…
La palabra “hermano” murió en sus labios al recordar la reacción anterior de Isabel. El entendimiento llegó como un golpe: Isabel no solo los despreciaba, los odiaba con cada fibra
de su ser.
“Ingrata“, pensó Carmen con amargura. ¿Por qué habían sido duros con ella? ¿No fue acaso por sus propias acciones? Y ahora los culpaba de todo.
La rabia seguía burbujeando en su interior, pero la imagen de Valerio postrado en la cama del hospital la mantuvo en silencio. La ironía no se le escapaba: así como ella había pisoteado a Isabel en el pasado, ahora se encontraba tragándose su orgullo, sometida a una humillación que jamás creyó posible.
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