Capítulo 317
Isabel exhaló pesadamente, sus hombros caídos en señal de derrota. El objeto entre sus manos parecía quemarle los dedos, recordándole la vergüenza que acababa de pasar.
“Por favor, Diosito, que me caiga un rayo aquí mismo y me fulmine de una vez“, pensó, mordiéndose el labio inferior con nerviosismo.
-¿lsa? -La voz profunda de Esteban la sobresaltó. Su hermano la observaba con una ceja arqueada, una chispa de diversión bailando en sus ojos.
Una risita nerviosa escapó de sus labios mientras el rubor se extendía por sus mejillas como fuego líquido. Sus dedos se crisparon alrededor del objeto, maldiciendo mentalmente a Mathieu por milésima vez.
“Ese Mathieu… no sé si Esteban lo va a hacer pedazos ahorita mismo, pero juro que yo sí quiero hacerlo“, pensó, su corazón latiendo desbocado contra sus costillas.
Al verla inmóvil, Esteban dio un paso hacia ella. Sus brazos, largos y fuertes, la envolvieron con naturalidad, como si ese fuera su lugar predestinado. En un movimiento fluido, sus manos se deslizaron hacia el objeto que ella protegía tan celosamente.
Isabel se resistió por instinto, sus dedos se tensaron por la fuerza con que se aferraba.
-No, por favor, no lo veas -suplicó con voz temblorosa, las palabras apenas un susurro.
Una risa suave vibró en el pecho de Esteban mientras le arrebataba el objeto sin esfuerzo, sus dedos rozando los de ella en el proceso.
Isabel enterró el rostro en su pecho, inhalando su aroma familiar, una mezcla de cedro y tabaco que siempre lograba calmarla. El calor de su vergüenza se intensificó cuando la voz grave de Esteban resonó sobre su cabeza.
-¿lsa, esto es una indirecta para mí? -preguntó con un tono juguetón que hizo que su estómago diera un vuelco.
-No, no, para nada -negó fervientemente, sus brazos rodeando la cintura de él como si fuera su ancla en medio de una tormenta.
“Maldito Mathieu… ojalá nunca consiga novia“, pensó con rencor, recordando la sonrisa burlona del francés.
-Si no es así, ¿entonces para qué querías esto? -insistió Esteban, sus dedos jugueteando con el objeto-. ¿Te lo dio Paulina?
Isabel sintió un destello de alivio. ¿Entonces no había visto la escena en las escaleras?
-No, no fue ella -respondió rápidamente, las palabras tropezando entre sí-. Fue Mathieu quien me lo dio.
Un silencio pesado cayó entre ellos. Isabel podía sentir cómo el cuerpo de Esteban se tensaba, la temperatura entre ellos cambiando sutilmente.
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-¿Mathieu? -La voz de Esteban se volvió cortante, hiriente como el filo de un cuchillo
-Sí, él me lo dio -confirmó Isabel, omitiendo deliberadamente las palabras provocadoras del francés. Por muy traidor que fuera, no merecía una muerte tan crue!
Apretó su abrazo alrededor de la cintura de Esteban, inhalando profundamente para armarse de
valor.
-Hermano, hay algo más que tengo que decirte.
-¿Qué cosa? -Sus dedos se deslizaron por su espalda en un gesto tranquilizador.
-No me he tomado la medicina.
-¿Cuál medicina? -La confusión era evidente en su voz-. ¿No les dije a los sirvientes que se aseguraran de que la tomaras?
Isabel se sonrojó aún más al darse cuenta del malentendido. Sus dedos jugaron nerviosamente con la tela de la camisa de Esteban.
-Me refiero a… ya sabes, esa medicina -murmuró, su voz apenas audible.
La comprensión iluminó el rostro de Esteban.
-¿La píldora anticonceptiva?
Isabel se hundió más en su abrazo, asintiendo contra su pecho.
-No necesitas tomarla -declaró con firmeza.
-¿Eh? -Isabel levantó la cabeza, sorprendida.
-Mañana mismo haré que preparen el acta de matrimonio -sus dedos trazaron círculos suaves en su espalda-. La boda la podemos hacer cuando regresemos a Francia, ¿qué te parece?
El rostro de Isabel se iluminó como el amanecer, sus ojos brillantes de emoción mientras se separaba lo suficiente para mirarlo.
-Hermano, ¿esto significa lo que creo? -Su voz temblaba de anticipación.
Su corazón dio un vuelco dentro de su pecho. Durante años había soñado con este momento, con tener ese papel que los uniría legalmente. Todos esos sueños guardados en lo más profundo de su ser, esos anhelos que nunca se atrevió a expresar en voz alta…
-¿Me estás proponiendo matrimonio? -susurró, apenas atreviéndose a creer que esto fuera
real.
-No exactamente -respondió Esteban, sus ojos suavizándose al mirarla-. Pero necesitamos el acta primero. Después, podemos hacer la boda como tú quieras.
Isabel sintió que su corazón podría estallar de felicidad. Se lanzó hacia adelante, abrazándolo con todas sus fuerzas, su mejilla presionada contra el fuerte latido de su corazón.
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Capítulo 317
Todo lo que siempre había soñado estaba al alcance de su mano.