Capítulo 319
Carmen apenas había colgado la llamada con Iris cuando salió disparada hacia la casa de los Galindo. Los gritos desgarradores de su hija resonaban desde el segundo piso antes incluso de que cruzara el umbral.
La empleada se apresuró a recibirla, su rostro contraído por la preocupación.
-Señora -saludó con una reverencia nerviosa.
-¿Qué tiene Iris? ¿Ya le dieron su medicina? -La voz de Carmen temblaba con urgencia.
La empleada retorció sus manos, evitando su mirada.
-Ya no nos quedan medicinas, señora. Llamamos al doctor, pero… se negó a venir.
El aire abandonó los pulmones de Carmen. Sin detenerse a escuchar más, subió los escalones de dos en dos, su corazón martilleando contra sus costillas.
Al irrumpir en la habitación, la imagen que encontró le atravesó el alma como una daga. Iris yacía hecha un ovillo sobre la cama, sus brazos envolviendo su vientre con desesperación. Su rostro, antes radiante de belleza y coquetería, estaba contorsionado por un dolor inimaginable. Lo que más destrozó a Carmen fue ver su cabeza completamente calva – aquella hermosa melena que había sido su orgullo, ahora reducida a nada desde el día anterior.
-Iris… El nombre escapó de sus labios como una plegaria rota.
Los ojos vidriosos de su hija se clavaron en ella.
-Mamá, me duele mucho -gimió Iris, sus palabras entrecortadas por el dolor-. De verdad me
duele horrible.
-Lo sé, mi amor, lo sé, pero esto… -Carmen se acercó temblorosa, su mente girando en circulos desesperados. “¿Qué podemos hacer?“, pensó con impotencia.
Tomó la mano de Iris entre las suyas, notándola fría y temblorosa. El nudo en su garganta amenazaba con ahogarla. No quedaban medicinas, no podían salir de Puerto San Rafael, ni siquiera del pais. Estaban atrapadas en un callejón sin salida.
-Mama, ya no aguanto -suplicó Iris, las lágrimas rodando por sus mejillas-. Necesito algo para el dolor, lo que sea. Llévame al hospital.
Carmen sabía que las medicinas de farmacia serían inútiles en el estado de Iris. La última vez que las probaron, solo consiguieron que vomitara, debilitándola aún más.
-¿De verdad Isa no me va a perdonar? -La voz de Iris se quebró-. Mamá, dile que me arrepiento, que lo admito todo. Dile que cuando me cure, iré a la cárcel. Me entregaré por mis crimenes, ¿podrías decirle eso?
El dolor la había llevado al limite de la desesperación. Prefería la cárcel a este tormento
interminable.
Capitulo 319
-No te desesperes, mi niña -Carmen luchaba por mantener la compostura-. Mamá va a encontrar una solución, te lo juro.
-¿Qué solución puede haber? -La amargura teñía cada palabra de Iris-. Solo nos queda rogarle a Isa, ¿no es así? ¿Fuiste a verla? ¿Hablaste bien con ella?
En su mente febril, Iris se aferraba a la idea de que su madre no había sabido suplicar correctamente. Todos tienen corazón, ¿no? Si le hubiera explicado bien…
-Yo… yo… -Carmen titubeó-. Tranquila, encontraré la manera, te lo prometo.
-¡No hay tiempo, mamá! -La desesperación estalló en la voz de Iris-. ¿No entiendes que me estoy muriendo?
El timbre del teléfono punzó el aire como una aguja. Era la empleada del hospital.
-Señora, el hospital dice que tienen que dar de alta al señor Valerio.
-¿Qué? -El mundo pareció tambalearse bajo los pies de Carmen-. ¿Y Patricio? ¿Tampoco
está?
Las rodillas le temblaban. Después de sacarla del hospital, ¿Patricio también había desaparecido? Con el estado de Valerio, era imposible dejarlo sin supervisión.
-Están muy insistentes, señora continuó la empleada-. ¿Qué hacemos? No hay nadie aquí para hacerse cargo.
Carmen se quedó sin aire. Las palabras de Isabel al mayordomo de Bahía del Oro resonaron en su mente como una sentencia. Era ella, siempre ella. La misma que había condenado a Iris a sufrir sin cura, ¿ahora iba a hacer lo mismo con su propio hermano?
-¿Señora? ¿Sigue ahí? -La voz impaciente de la empleada la devolvió a la realidad.
-Voy… voy para allá -respondió con voz trémula.
La locura amenazaba con consumirla. Por un lado, Iris retorciéndose de dolor, deseando la muerte. Por el otro, Valerio, a punto de ser echado del hospital. Sus dos hijos más queridos, ambos sufriendo sin que ella pudiera hacer nada.
En ese instante, como una casa de naipes colapsando, la familia Galindo se desmoronaba ante sus ojos.
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