Capítulo 338
Alejandro abandonó el hospital y se dirigió de prisa a Isla Minia. Durante todo el trayecto, no pronunció una sola palabra. Simón, a su lado, sentía en el ambiente la tristeza que emanaba de
él.
Con los ojos cerrados, Alejandro repasaba las éscenas más dolorosas de su infancia: el recuerdo de su padre marchándose en el auto mientras él, todavía un niño, corría tras él gritando Papá, no te vayas!” sin recibir respuesta. Su madre también falleció poco tiempo después… Más tarde, viajó a Canadá en busca de aquel padre, pero solo encontró puertas cerradas y la frialdad de un hombre que lo ignoró a través de sus empleados.
Aquella indiferencia de sangre y carne lo había congelado desde dentro, como si cada gota de su sangre se volviera hielo, crujiendo al menor intento de moverse. Ahora, después de tantos años, ese mismo frío volvía a envolverse en su pecho.
Era un frío que calaba hasta los huesos.
Y necesitaba con urgencia a alguien que le devolviera el calor.
***
Luciana despertó con el estómago rugiendo. Sentía el vientre menos adolorido, así que, acariciándolo con ternura, esbozó una sonrisa suave.
-Buen bebé -susurró con cariño.
Se bajó de la cama, se puso algo de ropa ligera, tomó su bolso y salió de la habitación; el hambre la estaba matando, así que necesitaba buscar algo de comer.
Entretanto, Alejandro volvió al cuarto donde supuestamente debía estar Luciana… y se encontró con que no había nadie. Su rostro se ensombreció aún más que en el trayecto de
regreso.
-¿Dónde está?
Simón, al notar la tensión, se apresuró a tranquilizarlo:
-No te alteres, Sergio está con ella, estoy seguro de que no le ha pasado nada.
Inmediatamente tomó el teléfono y marcó.
–
-¿Sergio? Oye, Luciana no está aquí y Alejandro está a punto de explotar.
-Ah, Luciana está en el restaurante, comiendo.
Vale, perfecto.
Simón respiró aliviado, convencido de que había salvado su pellejo“. ¿Por qué sentía que, cada vez que Luciana no aparecía donde debía, hablar con Alejandro era como asomarse al mismo abismo?
Capítulo 338
-Está en el comedor, cenando algo:
Alejandro no dijo nada más y se encaminó sin demora al restaurante.
Ahí, la gran sala estaba casi desierta. Había varias mesas montadas con refinamiento, pero solo Luciana ocupaba una. Aquel enorme comedor de diez puestos le pertenecía por completo; frente a ella había un montón de platillos. Todos se veían delicados y tentadores, y parecía estar disfrutándolos con voracidad.
Al verla así, el corazón de Alejandro se calmó al fin. Dio unos pasos hacia ella, mientras Sergio le corría la silla para que se sentara.
-¿Muerta de hambre? -preguntó con un tono suave y una sonrisa, sin poder ocultar el gesto de ternura.
-Pues sí–respondió Luciana, sin mirarlo. «Menuda pregunta», pensó. «¿No ves que estoy comiendo?>>
Aun así, como deseaba mantener la cordialidad, Luciana alzó el camarón que había pelado con
esmero:
-¿Quieres?
-Claro.
Alejandro abrió la boca y ella, un poco incrédula, se lo dio.
Luciana se quedó pensando: «<Bueno, yo solo lo ofrecí por cortesía… Y va y se lo come tan campante. Ni siquiera lo peló él mismo.>>
No tuvo más remedio que encogerse de hombros y seguir pelando camarones, maldiciendo para sus adentros su propia cortesía.
-Vaya, no sé de qué especie serán estos camarones, pero están enormes, y la carne es tan
firme…
No alcanzó a terminar la frase: Alejandro la envolvió entre sus brazos de improviso. Luciana parpadeó, desconcertada.
Luci… quédate conmigo.
Él, que había perdido a sus padres hace años, que se sentía culpable con Mónica y que únicamente conservaba a su abuelo, deseaba con desesperación que Luciana se quedara a su lado. La acercó aún más contra su pecho y murmuró:
Permanece conmigo. Hagamos las cosas bien esta vez…
Luciana se quedó pasmada por un instante. Aquellas palabras le resultaban familiares. Las
había dicho antes y, poco después, él mismo había solicitado el divorcio, «Las palabras de un hombre son solo eso», se dijo. «Mejor no tomarlas muy en serio»,
Capitulo 338
Aun así, dibujó una ligera sonrisa.
-Claro. Estamos a punto de casarnos, ¿no?
e quién
Porque, al fin y al cabo, la vida es un escenario, y uno nunca es el mejor actor.