Capítulo 350
El rugir del motor se fundía con el sonido del tráfico mientras el coche de Paulina aceleraba por la autopista rumbo al aeropuerto. La vibración insistente de su teléfono rompió el ritmo monótono del viaje, iluminando la pantalla con un número desconocido.
Pensando que sería algo relacionado con su encargo en el aeropuerto, Paulina respondió sin titubear:
-¿Hola?
-Soy yo.
La voz profunda y familiar de Sebastián resonó a través del auricular, provocando que Paulina contuviera el aliento por un instante.
“¿Y este tipo qué se trae? ¿No puede simplemente desaparecer?”
Su dedo se deslizó instintivamente hacia el botón rojo, pero la voz de Sebastián volvió a cortar
el silencio:
-¿Puedes contactar a Isabel, verdad?
-¿Y eso a qué viene? -el tono de Paulina destilaba desconfianza.
“¿Otra vez con lo mismo? ¿Quieren que interceda por Iris? Esta gente no entiende razones.”
La voz de Sebastián surgió nuevamente, cargada de una melancolía apenas contenida:
-¿Cuándo volverá a Puerto San Rafael?
Una pausa.
-¿0 acaso… nunca volverá?
-No lo sé–respondió Paulina con sequedad.
“Y aunque lo supiera, jamás te lo diría.”
-Si vuelve… por favor, dile que necesito verla.
La respuesta de Paulina brotó afilada como un látigo:
-Sebastián, ¿quién te crees que eres? ¿Tú verla? Me temo que tu posición actual ni siquiera te da derecho a pedirlo.
El silencio se extendió como una sombra al otro lado de la línea. La respiración de Sebastián se volvió pesada, revelando el impacto de aquellas palabras que demolían su antigua sensación de superioridad frente a Isabel.
“Ahora ella es la princesa de las familias Blanchet y Allende en Francia. Su mundo está muy por encima del tuyo.”
El silencio persistió, denso y significativo. La verdad cayó sobre Sebastián: él siempre había
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sido el inadecuado.
Paulina consideró preguntar sobre los acontecimientos en la casa de los Galindo, pero descartó la idea. Isabel probablemente ni siquiera querría saber de esos dramas
insignificantes.
Sin más palabras, cortó la llamada.
No fue hasta que las luces del aeropuerto aparecieron en el horizonte que Paulina comenzó a analizar el tono de aquella conversación. La voz de Sebastián había sonado diferente, teñida de una nostalgia que no encajaba con una simple preocupación por Iris.
“No me digas que este desgraciado… ¿se está arrepintiendo?”
-Ay, por Dios, qué tontería -murmuró para sí misma con una risa incrédula.
“Como si tuviera derecho a sentir arrepentimiento después de todo.”
El interior del jet privado resplandecía con lujos discretos. Esteban descansaba su brazo sobre el respaldo del asiento de Isabel, creando una barrera invisible que la separaba del resto del mundo. Desde cierto ángulo, parecía tenerla completamente envuelta en un abrazo posesivo.
Mathieu se sentía incómodo ante la escena. Este Esteban era implacable, marcando su
territorio sin sutilezas.
-Oigan, ni siquiera he dicho nada -protestó Mathieu, sintiéndose injustamente vigilado.
La mirada penetrante de Esteban le provocó un escalofrío involuntario.
Isabel permanecía absorta en su comida, con la cabeza baja, evitando deliberadamente cualquier contacto visual.
Carlos observaba la escena en silencio, levantando ocasionalmente su copa de vino para dar un sorbo elegante.
-Come más despacio, nadie te va a quitar la comida -susurró Esteban con indulgencia,
observando cómo Isabel devoraba cada bocado.
Sus pequeños labios apenas podían contener la cantidad de comida que intentaba introducir, hinchando sus mejillas como una ardilla preparándose para el invierno. La mirada de Esteban se oscureció ante la visión, mientras una idea tentadora cruzaba por su mente. La descartó al instante, sabiendo que ella jamás accedería.
Isabel devoró un trozo de carne, luego la pasta, y finalmente una taza de atole de elote. Sin embargo, su apetito parecía insaciable. Sus ojos se posaron en el helado intacto frente a
Esteban.
Mathieu, incapaz de contenerse más, soltó:
-¿Qué pasó? ¿Te tenían a dieta forzada o qué? Este Yeray sí que se voló la barda.
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Capitulo 350
-¡Mmph!
La exclamación ahogada de Isabel fue interrumpida por una mirada fulminante de Esteban.
Mathieu dirigió una mirada desafiante hacia Esteban.
-¿Qué tiene de malo preguntar por qué tiene tanta hambre?
Carlos apuró su copa de vino de un solo trago, lanzando una mirada de advertencia a Mathieu.
Isabel observó a Mathieu con una mezcla de lástima y diversión:
-Pregúntame lo que quieras, pero ¿por qué metes a Yeray en esto?
-¿No es cierto que te quedaste en los puros huesos bajo su cuidado? ¿O qué, ahora Yeray anda tan quebrado?
“¿Tan arruinado que ni para dar de comer tiene?”
Isabel se quedó paralizada por un momento. Su mente evocó imágenes de las mansiones de Yeray en Avignon, no una, sino varias.
-Si tienes ganas de morir, por favor no me metas en tus planes, gracias.
“Este Mathieu está completamente loco.”
-Solo tengo curiosidad -insistió Mathieu-. Después de todo, en estos años tu hermano casi lo mata a persecuciones. No me imagino cuánto habrá gastado solo en salvar su pellejo.
Isabel sintió una punzada en las sienes.
Bajó la cabeza rápidamente, fingiendo no haber escuchado nada.
“Este Mathieu… ni siquiera debe habérsele quitado lo morado de las piernas y ya está buscando más problemas. Parece que se le olvida el dolor en cuanto sanan los golpes.”
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