Capítulo 401
Esteban apartó con delicadeza la sábana que cubría el rostro de Isabel. Sus dedos rozaron la mejilla de ella con una ternura que contradecía su habitual compostura, dibujando pequeños círculos sobre su piel aterciopelada.
-¿No dijo el doctor que yo no puedo hacer eso en estos días? -murmuró Isabel, dejando la frase suspendida en el aire mientras sus mejillas se teñían de un suave carmesí.
-Sí, lo dijo -respondió él, sin dejar de acariciarla.
-Entonces, ¿por qué tú…?
Las palabras se desvanecieron en sus labios. Aunque Esteban no había cruzado ninguna línea, su mirada ardiente y la proximidad de su cuerpo semidesnudo bastaban para que el pulso de Isabel se acelerara: La metamorfosis en su relación la desconcertaba. Antes, cuando la distancia entre ellos parecía insalvable, su corazón se alimentaba de anhelos y esperanzas difusas. Ahora que compartían la intimidad, descubría facetas de él que jamás había
imaginado.
-¿En qué piensas? -susurró él, inclinándose hasta que su aliento acarició el oído de Isabel.
-Que eres muy malo protestó ella, hundiendo el rostro en la almohada.
Una sonrisa traviesa se dibujó en los labios de Esteban.
-Sí, y te gusta -respondió con voz aterciopelada.
-¡¡¡!!! -Isabel sintió que el rubor se extendía hasta su cuello.
“Este hombre…“, pensó ella, abrumada por su audacia. La transformación de Esteban la dejaba sin defensas. El caballero impecable se había convertido en un seductor implacable, y ella apenas comenzaba a adaptarse a este nuevo equilibrio entre ellos.
El timbre del celular cortó la tensión del momento. La voz de Lorenzo Ramos emergió del
altavoz:
-Señor, él apareció.
La transformación fue instantánea. La calidez en los ojos de Esteban se evaporó, reemplazada por una dureza que Isabel conocía bien.
-Sí–respondió secamente antes de colgar.
Sus dedos se deslizaron con suavidad por la frente de Isabel, apartando un mechón rebelde.
-Duerme tranquila, vuelvo en un rato.
-¿Vas a salir?
-Sí, regreso en dos horas.
Había algo profundamente íntimo en la manera en que él medía el tiempo para ella, como si
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Capitulo 401
cada minuto lejos fuera una pequeña traición a su deseo de permanecer juntos. Isabel sintió que su corazón se expandía con una calidez reconfortante mientras lo veía vestirse y partir.
En la soledad de la habitación, su teléfono comenzó a vibrar con insistencia. La pantalla mostró el nombre de Paulina.
-Pauli, ¿todavía tienes energía para seguir el chisme? -contestó Isabel, recordandó que hacía poco Carlos le había dicho que su amiga se había desmayado del susto.
-¡Claro que sí! Estoy al borde de la locura del miedo, ¿y no me dejas relajarme con un poco de chisme? —la voz de Paulina resonó desde París, vibrante de energía-. No me hables de mis problemas, vamos, hablemos de chismes.
iii!!!
“Vaya manera de lidiar con el trauma“, pensó Isabel, admirando la resiliencia de su amiga.
-No sabes lo aterrador que es Carlos, de verdad, de verdad… -la voz de Paulina tembló ligeramente-. ¡Ay, mejor no hablo más de él, o me voy a desmayar otra vez!
-Está bien, no hablaremos más de él la tranquilizó Isabel con dulzura.
-¿Y Maite? Esa mujer es increíble, enfrentándose sola a toda la familia Galindo -Paulina cambió de tema con entusiasmo renovado.
-No lo puedo negar, es cierto -admitió Isabel, recordando cómo toda la familia Galindo se había alineado para apoyar a Iris, mientras Maite permanecía firme en su posición.
-Es tan atrevida que la admiro un poco -Paulina soltó una risita maliciosa-. Oye, ¿por qué está haciendo tanto escándalo hoy? Hasta con un bebé amenazó con lanzarse del edificio.
[Isa, mira este video que te mando. La familia Galindo está en llamas.]
-Aunque no estoy de acuerdo con que ella involucre a los niños en todo este embrollo, con la familia Galindo no hay de otra -continuó Paulina-. Si no te pones firme, nunca vas a lograr lo que quieres.
“La justicia tiene formas curiosas de manifestarse“, reflexionaba Isabel mientras escuchaba a su amiga regodearse en el caos que envolvía a los Galindo. Aunque ella misma había dejado atrás esas batallas, no podía evitar sentir una punzada de satisfacción al ver cómo el imperio de apariencias que tanto la había lastimado comenzaba a tambalearse desde sus cimientos.
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