Capítulo 11
+25 BONOS
-¿Está a punto de morir alguien? -pregunté con malicia a Antonio mientras abría la puerta, todavía aturdida por los efectos de las pastillas para dormir-. ¿Isabel está agonizando?
Esas palabras lo enfurecieron por completo.
-¡María! ¡No seas tan cruel! -exclamó Antonio con una expresión sombría que jamás le
había visto.
Sin ganas de discutir, intenté en ese momento empujarlo fuera para cerrar la puerta.
Pero Antonio fue más ágil: de una patada brutal abrió la puerta y me agarró del brazo.
-¡Antonio, ¿qué haces?! ¡Voy a llamar a la policía por allanamiento! —grité furiosa, forcejeando y propinándole una bofetada en mi arrebato.
Sin hacerme caso, me arrastró hasta su auto y me metió enloquecido a la fuerza.
-¡Antonio, ¿te volviste loco?! ¡Déjame bajar!
-¡Isabel está grave, al borde de la muerte! ¡Tienes que venir de inmediato al hospital conmigo! -pisó el acelerador hasta el fondo y el auto salió disparado en la oscuridad de la madrugada.
-¿Y a mí qué me importa si se está muriendo? No soy doctora -respondí confundida.
Antonio permaneció en silencio, con el perfil tenso y expresión preocupada, concentrado en acelerar cada vez más.
Me asusté un poco, temiendo que en su locura me pasara algo, y me aferré a la manija de la
puerta.
Al llegar al hospital me enteré: Isabel había empezado a vomitar sangre y la estaban tratando de salvar.
Cómo su tipo de sangre era poco común y no había suficientes reservas, me habían traído otra vez como banco de sangre ambulante.
Al entender la situación, me quedé boquiabierta de lo absurdo que era todo esto.
-¿Por qué asumen que voy a donarle sangre? ¿Su vida vale más que la mía o qué?
Si no recibe una transfusión pronto, morirá —dijo Antonio con frialdad―. Tú solo tienes que donar un poco y descansar unos días.
Luego me miró y añadió algo aún más cruel: -Me donaste sangre por años y no te pasó nada, ¿ o sí?
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Capitulo 11
+25 BONO:
-¿Por qué siguen perdiendo el tiempo con tonterías? ¡Ya llegó, que done sangre de una vez! ¡ Isabel sigue en emergencias! -interrumpió Carmen ansiosa.
-¿Y quién dice que voy a donar? ¿Acaso les di permiso? -respondí con frialdad.
-¡Tú la pusiste así! -replicó Carmen indignada—. ¡Arruinaste su boda y la alteraste tanto que se desmayó y empezó a vomitar sangre! ¡Es tu responsabilidad ayudarla!
-¡Esa boda era mía y tu hija simplemente me la robó! -me defendí—. ¡Además, ustedes me obligaron a ser la madrina! Solo dije la verdad.
-Somos familia, ¿por qué llevar la cuenta de todo? -intentó manipularme Antonio-. Si no fuera porque tu tipo de sangre es tan raro, no te molestaría. Poder salvar una vida y no hacerlo va contra todo tipo de moral.
El tema de la sangre me hizo estallar.
-Hay otras dos personas aquí con el mismo tipo de sangre, ¿por qué solo me piden a mí? pregunté con cierta mezcla de burla y curiosidad.
Antonio también tenía ese tipo de sangre raro, por eso pude donarle durante años.
Y Mariano, mi padre desgraciado, también lo tenía. Isabel y yo lo heredamos de él. Sergio, el gemelo no idéntico de Isabel, tenía otro tipo. 1
Para mí, esto era una terrible maldición.
Tener este tipo de sangre tan escaso multiplicaba aún más mis riesgos de supervivencia.
Al ver que no me convencían, Carmen perdió la paciencia: —¡Tu papá está bastante delicado, con presión alta y problemas del corazón, no puede donar! ¡Y Antonio apenas se recuperó de su enfermedad, tampoco puede!
Los miré con un desprecio total, como si fueran vampiros y no personas.
Todos se me pegaban como sanguijuelas, intentando drenarme hasta la última gota.
-Entonces esta noche tengo que donar sí o sí, ¿no es así?
-¡Por supuesto! -soltó Carmen desesperada—. ¡Isabel es tu hermana de sangre, si la dejas morir te castigará Dios!
-¿Hermana de sangre? -preguntó Antonio sorprendido.
Carmen se quedó helada al darse cuenta que había revelado un secreto que no debía, pero en realidad ya era tarde para retractarse.
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