Capítulo 12
+25 BONOS
Antonio siempre había creído que Isabel era solo mi hermanastra. Lo miré y, pensando que ya no tenía sentido alguno ocultarlo, le dije con sarcasmo:
-¿Apenas te enteras? Isabel y Sergio son mis hermanos de sangre, hijos del mismo padre.
La sorpresa de Antonio creció de forma vertiginosa:
-¿Mismo padre? Pero solo son dos años menores que tú…
-Exacto. Ese animal que tengo por padre engañó a mi madre cuando yo apenas tenía un año, quizás antes. Presionó a mi madre de todas las formas posibles para divorciarse y meter a su amante y su familia en casa.
Los ojos atónitos de Antonio iban recorriendo de Mariano a Carmen.
-Esto… nunca me lo contaste -murmuró con una expresión indescifrable, como si apenas comprendiera la magnitud de su error.
–
-¿Para qué iba a andar ventilando trapos sucios en ese momento? Además, tú que te las das de listo, ¿cómo no lo dedujiste?
Este tipo de sangre es tan raro que cualquiera sospecharía al ver que Isabel y yo lo compartimos.
Viendo que Antonio guardaba absoluto silencio, continué:
-¿Ahora entiendes por qué desprecio tanto a Isabel y por qué no quiero salvarla?
Pensé que, al saber la verdad, Antonio se daría cuenta de cómo Isabel lo había manipulado y del daño que me había hecho.
Pero rápidamente encontró otra justificación para esto:
-Isabel no tiene la culpa de los errores de otros. Su enfermedad no es su culpa.
¿En serio?
Me quedé sin palabras, aturdida por la rabia:
-Desde que llegó a los Navarro, siempre quiso quitarme todo. Siempre tuve que ceder ante ella y su hermano, aguantar sus crueles abusos. ¿Eso tampoco es su culpa? ¿Y ahora que me roba a mi prometido, mi boda, el vestido que hice con mis propias manos… tampoco es culpable?
Antonio de inmediato se impacientó:
1/3
Capítulo 12
+25 BONOS
-Son cosas diferentes. No tiene sentido mezclarlas.
Lo miré fijamente. Su rostro, que antes me parecía hermoso, ahora me resultaba más repugnante que el de un demonio.
No tenía más que decir. Me di en ese momento la vuelta para irme.
Antonio me sujetó con fuerza del brazo.
-Suéltame.
Levantó la mirada con esa expresión melancólica que tanto conocía.
Durante años, cuando teníamos algún tipo de desacuerdo, bastaba con que pusiera esa cara de madre y me dijera palabras dulces para que yo cediera.
Hoy intentaba la misma táctica.
-María, admito que me equivoqué, que te fallé. Tú siempre has sido la más noble y compasiva… Isabel está al borde de la muerte, ¿podrías salvarla? Como dijo mamá, es tu hermana de sangre…
¿“Mamá“? Qué rápido se había adaptado a llamar de esa manera a Carmen.
Mirando su expresión lastimera, se me ocurrió algo:
-Bien, la salvaré… si demuestran que lo merecen.
Antonio preguntó asombrado:
-¿Qué quieres? Lo que sea.
Me volteé hacia Mariano:
-Las acciones que eran de mi madre, las que prometiste darme después de la boda… las quiero todas ahora. Que venga un abogado a redactar el acuerdo de inmediato.
Mariano se enfureció:
-¿Arruinas la boda, me haces quedar en completo ridículo, y todavía tienes el descaro de pedir acciones?
Me di la vuelta para irme.
Carmen intervino:
¡Está bien! ¡Te daremos las malditas acciones de tu madre muerta!
Mariano dudaba, pero Carmen le gritó furiosa:
2/3
Capitulo 12
+25 BONOS
-¿Qué es más importante, la vida de tu hija o unas simples acciones? ¡Si Isabel no sobrevive, me las pagarás!
Mariano se calló de inmediato. (1
Me volví hacia Antonio:
-Donar sangre es un riesgo total para mi salud. Merezco una compensación, ¿no es así?
Aceptó:
-Di tu precio.
-Cien mil dólares por cada 100cc.
—¡María, eres una ladr…! —Carmen iba a insultarme, pero Antonio la interrumpió:
-De acuerdo.
Vaya que amaba a Isabel.
Redactamos el acuerdo ahí mismo, con firmas y huellas digitales. Al amanecer deberían
cumplir su parte.
Cuando terminamos, vi cómo se relajaban y se miraban entre ellos, como satisfechos de haber encontrado a su tonta útil.
Carmen apuró a la enfermera para que me llevara a donar.
Cuando la enfermera se acercó, pregunté con una amplia sonrisa:
-¿Cierto que no se puede donar sangre si has tomado pastillas para dormir?
1
3/3