Capítulo 23
-Sí–contesté, sin atreverme a mirarlo a los ojos.
Rosa, a mi lado, me observaba con una mirada curiosa y sugerente, como si también notara que algo no era normal.
-Por favor, señor Montero, levante los brazos a la altura de los hombros -pedí cortésmente, tomando una cinta métrica más larga.
Lucas se paró frente a mí. Al rodearle, me di cuenta de que medía casi 1.90m.
Por suerte yo mido 1.72m; si fuera más baja quedaría ridícula, tendría que subirme a un banco para medirlo.1
Él cooperaba bien y pude medirle fácilmente la parte superior. Al llegar a la cintura y cadera, dudé. ¿Debía abrazarlo por delante o por detrás?
Curiosamente, las mujeres que antes charlaban y reían animadamente, ahora guardaban absoluto silencio, con todos los ojos fijos en nosotros.
Me
puse nerviosa de repente, sintiendo las orejas arder y quizás enrojecer.
—¿Pasa algo, señorita Navarro? -notó Lucas mi vacilación.
-Oh, no… es que es muy alto -solté sin pensar.
-¿Quiere que me agache?
-¡No, no, no hace falta! —me apresuré a negar y, armándome de valor, lo rodeé por apresurada con la cinta métrica alrededor de su cintura.
delante
En toda mi vida, entre hombres de mi edad, solo había tenido contacto cercano con Antonio.
Aunque había diseñado ropa para clientes masculinos antes, siempre dejaba que otros diseñadores tomaran las medidas, nunca lo hacía yo misma.
Al abrazarlo, él bajó levemente la cabeza y su aliento cálido rozó mi mejilla y oído, haciendo que mi corazón perdiera ene se instante el ritmo.
Su aroma limpio a bosque y hierba fresca me envolvió, igual al del pañuelo que me había dado.
No sé por qué, pero mi corazón latía cada vez más errático, como si tuviera un fuego ardiendo frente a mí que me abrasara por completo.
¡Y aún faltaba medir la cadera después de la cintura!
Un abrazo cara a cara era demasiado íntimo. No tuve el valor suficiente de ponerme frente a él
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Capítulo 23
otra vez,
así que lo rodeé por detrás para medir su cintura y cadera.
Con la mente distraída, se me resbaló la cinta métrica y al intentar atraparla instintiva, mi mano tocó accidentalmente su bajo vientre.
Lucas se estremeció y mi mente explotó al darme cuenta de que acababa de tocar… justo ahí.
¡Dios mío!
¡En todos mis años de profesión nunca había cometido un error tan básico y vergonzoso como ese!
¿Qué pensaría de mí?
¿Creería que soy vulgar y descarada? ¿Qué me había atrevido a hacer algo tan atrevido en público?
-¡Lo–lo siento mucho! -me disculpé de inmediato, sin terminar de medir, retrocediendo varios pasos, ardiendo de vergüenza.
Las mujeres en el sofá, sin entender, miraron hacia nosotros.
-¿Qué fue lo que pasó?
-¿Lucas, asustaste a la señorita Navarro?
—No, no, el señor Montero es muy amable, soy yo que soy algo torpe -expliqué con rapidez, sujetando la cinta métrica sin atreverme a mirar a Lucas, deseando que me tragara la tierra.
Lucas se giró:
-¿Está bien, no te preocupes señorita Navarro?
Al mirarlo y ver su expresión confundida, lo entendí.
Fingía no haberse dado cuenta para salvarme del bochorno.
Suspiré aliviada, recuperando algo de compostura.
-¿Falta algo por medir? -preguntó.
-¡Sí!
Me recompuse de inmediato y volví con la cinta métrica, esta vez con sumo cuidado rodeé su cintura y logré medir su cadera. Tenía un trasero bien formado.
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