Capítulo 26
¿Qué? Me quedé atónita, luego solté una risa sarcástica:
-Isabel, por fin muestras tu verdadera cara.
Todos estos años fingiendo ser inocente, débil y digna de lástima.
Incluso cuando me regañaban, me pegaban o me castigaban, ella intercedía por mí, actuando como si fuera bondadosa y compasiva.
Por fin dejó de fingir.
-¿Qué cara? Siempre he sido así, simplemente eres tú la que no me soporta seguía Isabel con su absurdo discurso.
-Da igual, no quiero discutir contigo. Solo asegúrate de decirle a Antonio que no falte a las dos. Las citas son difíciles de conseguir, si no viene tendremos que esperar otro mes.
Iba a colgar, pero Isabel al instante me detuvo.
-María, ¿Antonio ha ido a verte estos días?
Su voz se volvió severa de repente, usando mi nombre completo para referirse a su “amante“,
con tono amenazante.
Me sorprendí, notando que tenían problemas, y sentí cierta satisfacción maliciosa:
—Sí, vino a verme, ¿por qué?
—María, ¡qué descarada eres! ¡Es mi marido! ¡Ustedes viéndose a mis espaldas son como amantes!
No podía creerlo y le devolví el golpe:
-¿Amantes? ¿Como tú y él? ¿Qué tengo yo que ver con eso? ¿El cáncer te afectó el cerebro?
-¡María, me estás maldiciendo! ¡Vas a pagar un alto precio por esto! Yo sé que
tú…
Isabel seguía insultándome, pero disgustada la corté:
-Deja que Antonio se divorcie de mí pronto y podrán dejar de ser amantes, ¿entiendes?
Colgué, sintiendo que me había contaminado. Menuda manera de empezar el día, encontrándome con este miserable demonio.
Terminé de arreglarme, desayuné rápido y me fui a la oficina.
En el camino, Antonio me llamó.
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Capítulo 26
+25 BONO!
Ver su nombre me irritó demasiado, pero tenía que contestar por el asunto del divorcio.
-María, ¿me llamaste esta mañana? -su tono era suave, como en nuestros mejores
momentos.
—Sí, nos vemos a las dos en el registro civil–fui breve, lista en ese momento para colgar.
-¡María! —me detuvo-. Estoy muy ocupado, no puedo ir esta tarde.
Como lo esperaba, no quería divorciarse y estaba postergándolo a propósito.
-Antonio, tuvimos algo bonito, ¿no podemos terminar bien? ¿No deberías darle tranquilidad a Isabel?
Al mencionarla, aprovechó ansioso para preguntar:
-Esta mañana cuando llamaste, ¿discutieron?
—¿Qué pasa? ¿Ya fue a llorar contigo? ¿Quieres vengarla? -pregunté con cierto sarcasmo.
-No… dejé el teléfono en el hospital, no esperaba que contestara mis llamadas.
-Son marido y mujer, es normal que conteste tu teléfono.
Antonio se quedó en absoluto silencio.
No entendía qué pasaba entre él e Isabel, tal vez tenían problemas, pero no me importaba ni quería involucrarme.
-A las dos, por favor no faltes -corté la llamada sin más.
A pesar de mi insistencia, Antonio no apareció.
Esperé hasta las dos y media fuera del registro civil sin señales de él. Lo llamé insistente, pero no contestó.
Me enfurecí, pensando que seguir siendo la “señora Martínez” era como llevar una corona de espinas. Cuanto más lo pensaba, más me enfadaba.
Llamé enfurecida a Carmen para que presionara a Antonio con el divorcio.
Pero esa llamada fue como encender otra bomba.
-¡María, ¡ya es mucho que no te haya pedido cuentas y encima te atreves a llamarme! ¿Qué pretendes ahora? Isabel está débil, apenas puedo cuidarla, ¡¿y tú la llamas para pelear?! ¡Sé que me odias, si tienes valor ven por mí, te arrancaré esa sucia boca!
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