Capítulo 111
-¡Ay, tampoco soporto estos lugares tan bulliciosos, me va a estallar la cabeza! -exclamó Mariana, haciendo un gesto con la mano mientras le indicaba al mesero que la seguía-. Déjelo aquí, por favor.
El mesero colocó en la mesita de la terraza una variedad de bocadillos, algunos platos y una
botella de vino tinto.
-María, siéntate. Apenas has comido esta noche, come algo -me invitó Mariana mientras tomaba asiento.
No me quedó más remedio que acompañarla.
-Mariana, me has engañado bastante bien. Me ayudaste tantas veces y ni siquiera sabía quién eras le dije en tono de falso reproche.
–
-Haz el bien sin mirar a quién, ¿no es eso lo que aprendí de ti? Mira cuántas veces salvaste la vida de Lucas, siempre desde el anonimato y desapareciendo sin dejar rastro -respondió
Mariana.
No pude evitar sonreír.
Viéndolo así, tenía razón.
-Aquella vez en la entrada del hospital, cuando me llevaste a casa, ¿dejaste a Lucas esperando? -pregunté curiosa mientras comía.
-¡Bah! Podía llamar a su chofer, solo tuvo que esperar un poco.
-¿Qué le pasó ese día?
-Nada grave, era otoño y el aire estaba muy seco. Como pasó varias noches sin dormir por trabajo, tuvo una hemorragia nasal que no paraba. Me pidió que lo llevara al hospital temprano para que lo revisaran.
-¿Los exámenes salieron bien? -pregunté alarmada.
-Por supuesto. Es solo que cuando está ocupado no cuida su salud. No quiso llamar al médico familiar porque temía que mi madre lo regañara, por eso fue al hospital a escondidas.
-Sí, tu madre me comentó que es común que pase noches enteras trabajando.
Exacto, y nadie puede controlarlo, es desesperante -murmuró Mariana antes de mirarme fijamente. ¡María, tienes que ayudar a controlar a Lucas! No ha cumplido ni treinta años, hay que hacer que se cuide antes de que termine mal.
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Capitulo 111
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Me sonrojé sin saber dónde poner la mirada. Esto… ¿cómo voy a controlarlo yo? No somos nada…
-¡Eres su salvadora! Dile: “Lucas, yo salvé tu vida, así que tienes que escucharme y cuidar tu salud“.
Mariana imitó un tono autoritario que me hizo reír y llorar a la vez.
¿Quién era yo para hablarle así al señor Lucas?
Al ver que solo sonreía sin responder, Mariana se puso más seria: -En serio, ¡no es broma! Te ha recordado durante tantos años, eso significa que eres especial para él. Por favor, ayúdanos a
cuidarlo.
Sentí que había algo extraño en sus palabras que podría malinterpretarse, pero no me atreví a preguntarle. Solo respondí vagamente: -Como amiga, puedo intentar aconsejarlo un poco.
-¡Tienes que insistir mucho!
-Mmm… -bajé la mirada hacia la comida, sin atreverme a responder más.
—¡Ah, una cosa más! -exclamó Mariana dejando los cubiertos.
Levanté la vista. —Dime.
-Me enteré que mientras estaba de gira, le hiciste ropa a medida a toda mi familia menos a mí. Eso no puede quedarse así, tienes que compensarme -aunque su tono era firme, no resultaba molesto en absoluto, sino que me hizo reír.
-Eso es fácil de arreglar. Cuando tengas tiempo, ve a mi taller y elige lo que quieras de mi colección -respondí, deseosa de poder retribuir toda la ayuda que los Montero me habían brindado.
—No, quiero que me hagas algo a medida, único y especial.
-De acuerdo, pero estoy muy ocupada últimamente, tendrás que esperar un tiempo.
-No hay problema, no tengo prisa.
-Entonces cuando puedas, ve a mi empresa. Solo avísame con anticipación.
Después de cenar, me sentí incómoda manteniendo a Mariana en la terraza, así que sugerí bajar a dar una vuelta.
Para mi sorpresa, cuando volví a aparecer, aquellas señoras y señoritas que antes me miraban con desdén habían cambiado completamente su actitud hacia mí.