Capítulo 211
De repente sonó el teléfono. Al mirarlo fijamente, toda mi alegría se desvaneció.
Era Antonio.
Hacía días que no teníamos contacto y ahora llamaba de repente. Parecía que también había recibido la sentencia de divorcio.
Tomé el teléfono mientras pensaba —¿No estará queriendo echarse para atrás?
¿Y si se arrepiente, qué voy a hacer?
¿De verdad tendré que mandar a Claudia a la cárcel?
Ya ha sufrido bastante.
No, no puedo ser tan blanda. Este fue el trato desde el principio. Si Antonio se atreve a retractarse, yo también puedo llegar hasta las últimas consecuencias.
Con esa resolución, contesté la llamada y me llevé el teléfono al oído: -¿Hola?
-María llegó su voz melancólica y profunda-, ¿recibiste la sentencia?
Con expresión serena y tono distante respondí: -Acabo de llegar a casa y la encontré.
-¿Estás segura de que queremos terminar así?
Fruncí el ceño y mi tono se volvió serio: -¿Qué quieres decir? ¿Piensas apelar?
Antonio soltó una risita y dijo con evidente frustración: -Desde que recibí la sentencia en la mañana he estado pensando en esto, llevo todo el día considerándolo…
¡Me alarmé
por
dentro!
¿De verdad estaba pensando en hacer eso?
-Antonio, no olvides que tengo pruebas de los delitos de tu hermana.
Estaba furiosa pero mantuve un tono lo más calmado posible, no quería perder la compostura frente a él y darle una oportunidad de aprovecharse.
-María, no creo que seas capaz de mandar a Claudia a la cárcel. Ya ha sido castigada, su vida está arruinada, ¿de verdad podrías hacer que vaya a prisión? -Antonio habló con tranquilidad, como si estuviera seguro de tenerme donde quería.
Temblando por dentro, me forcé a mantener la calma. -Ja… ¿crees que sigo siendo la misma tonta de antes que solo pensaba en los demás? No olvides que fui capaz de mandar a mi propio
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Capítulo 211
padre a la cárcel, ¡tu hermana no significa nada para mí!
Tras mis palabras, el otro lado quedó en silencio.
Era evidente
que Antonio apenas ahora entraba en razón.
Había pensado que yo seguía teniendo sentimientos por él y que no sería capaz de lastimar a su familia.
Después de un largo silencio, cuando estaba por colgar pensando que no diría nada más, lo escuché decir con voz profunda y dolida: -María… así me vas a matar… ¿sabes?
Las últimas palabras salieron claramente entre lágrimas, como si estuviera sufriendo
intensamente.
Arrugué el rostro con disgusto, sintiendo una profunda repugnancia.
-Antonio, ya deja el drama. Si llegamos a esto es por tu terquedad, no tiene sentido seguir alargándolo. Tu madre ya lo dijo, después del divorcio tendrás montones de señoritas de buena familia tocando a tu puerta, pronto encontrarás a alguien más y me olvidarás.
-No es cierto, nunca podré olvidarte. María, no entiendes lo importante que eres para mí.
Realmente no lo entendía, igual que no entendía por qué tenía que ser tan repugnante.
Harta de seguir con esta conversación sin sentido, dije impaciente: -Guárdate el teatro mismo, conmigo no actúes. Estoy ocupada, voy a colgar.
para
ti
–
—¡Espera María! —me detuvo de repente, todavía sin resignarse—. Si no podemos ser esposos, ¿al menos podemos ser amigos?
-¿Qué quieres decir?
-Mañana es el aniversario de la escuela, seguro irás también. La universidad es donde comenzó nuestro amor. Déjame recogerte mañana y vamos juntos a recorrer el campus… será como poner el punto final a nuestro matrimonio.
Al escucharlo, todo tuvo sentido.
-¿Todo este rodeo era para decir esto?
-No solo eso, de verdad no quiero divorciarme, pero si estás tan decidida, al menos terminemos en buenos términos.
Buenos términos… sonaba bien, pero él no lo había demostrado con acciones.
Pensando en que Lucas vendría por mí mañana, rechacé sin dudar: -No tiene caso, habrá
muchos compañeros mañana y seguro varios saben de nuestra situación. Si aparecemos juntos solo seremos el hazmerreír de todos.
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