Capítulo 255
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-Director Núñez, Rosa -les dije-, un amigo viene a recogerme. Cuando llegue, ustedes pueden regresar. Esta noche hay mucha actividad, sería una pena perdérsela.
Mauro respondió: -Señorita Navarro, esté atenta a la llegada de su amigo para no perdérselo.
-Está bien–contesté.
Rosa, sentada a mi lado, había escuchado la conversación y me preguntó en voz baja: -María, ¿es el señor Montero quien viene por ti?
La miré sin decir nada.
Rosa sonrió de manera sugerente y se encogió de hombros: -Ya entendí… Entonces, volveremos con el director Núñez.
Su mensaje era claro: como Lucas vendría por mí, prefería retirarse para no ser una molestia.
Quise explicar que Lucas y yo no teníamos ese tipo de relación, al menos por ahora.
Pero al abrir la boca, comprendí que cualquier explicación sería en vano. Nadie me creería.
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Después de unos treinta minutos, Lucas me llamó de para coordinar el punto de encuentro. Desde entonces, no dejé de mirar el carril contrario.
A pesar de la oscuridad de la noche y el deslumbramiento de las luces, cuando aquella imponente máquina pasó velozmente, sentí como si lo hubiera reconocido por telepatía.
Inmediatamente le llamé para que diera la vuelta, e instruí a Mauro que se orillara.
Dos o tres minutos después, el vehículo se acercó, redujo la velocidad y se detuvo detrás de
nuestro auto.
Ambos vehículos encendieron sus intermitentes.
Abrí la puerta y me asomé, viendo descender a un hombre de un Pagani imponente. Contra la luz de los faros, parecía un héroe apocalíptico aproximándose con determinación.
-¡María, es el señor Montero! -exclamó Rosa emocionada, volteando desde el borde del auto.
Mi corazón latía rápidamente y mis mejillas ardían. Respondí con un murmullo mientras me movía desde el asiento trasero. (1)
Como mis rodillas no me permitían estar de pie, Mauro y Rosa me sostenían para evitar que
cayera.
Lucas se acercó. Su silueta alta y elegante dejaba ver su rostro atractivo y profundo.
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Capítulo 255
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-¡María! -me llamó.
-Sí–respondí, intentando dar un paso, pero el dolor me traspasaba.
En un segundo, él se apresuró y me detuvo.
-¿Te has golpeado tan grave? ¿Ya no puedes ni caminar?
Su tono era intimidante.
Rosa se estremeció, probablemente sintiéndose culpable.
-No es nada, solo son raspaduras -respondí rápidamente.
Me moví con dificultad a su lado y miré a Mauro y Rosa: -Pueden irse, aún alcanzan la fogata.
Mauro observó a Lucas con una expresión compleja, entre asombro y admiración.
-Señor Montero, gracias por su ayuda Rosa se inclinó cortésmente.
Lucas, sosteniéndome del brazo, respondió con un leve asentimiento: -Gracias por traerla.
Luego me miró frunciendo el ceño: -¿Puedes caminar o no?
—Sí… —respondí con firmeza, dando otro paso como una anciana, ambas piernas flexionadas en una postura evidentemente torpe.
-Señorita Navarro, la ayudaré a…
comenzó Mauro, acercándose para sostenerme.
Pero antes de que pudiera tocarme, Lucas se inclinó rápidamente.
De repente, lanté un grito de sorpresa mientras me elevaba en sus brazos.
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