Capítulo 264
Lo miré con culpa y remordimiento, dudando un momento antes de insistir:
-Aún no has comido, debes estar hambriento…
En ese momento, el elevador sonó y se abrió. Un joven vestido con traje formal salió cargando una caja térmica.
-Señor Montero, aquí está el almuerzo que ordenó —dijo respetuosamente mientras le extendía la caja.
Cuando intenté tomarla, Lucas se adelantó para evitar que cargara peso:
-Gracias por la molestia.
-No hay de qué, señor Montero.
Mientras el joven regresaba al elevador, miré a Lucas y repetí:
-Quédate a comer antes de irte.
Lucas sonrió con un dejo de melancolía en la voz:
-Aprecio tu preocupación. Ya pensaba que al ver a tus familiares querrías que me fuera de
inmediato.
Su mirada reflejaba una leve ironía que me hizo sentir tremendamente culpable, porque efectivamente ese pensamiento había cruzado por mi mente.
-Déjame llevar esto adentro, tú ve a sentarte -dijo mientras sostenía la caja con una mano y me ayudaba a caminar con la otra.
-¿Aún no han comido? -preguntó mi tía con curiosidad cuando entramos a la sala.
-No, fui al tratamiento como a las diez y acabamos de regresar -expliqué.
Lucas dejó la caja en la mesa del comedor y se dirigió cortésmente a mi abuela y mi tía:
-Señora, las dejo para que acompañen a María.
A pesar de su distinguida posición social, no mostraba ni un ápice de arrogancia, sino que se comportaba con gran educación y cortesía.
Mi abuela, que ya se había sentado en el sofá, se levantó de inmediato:
-¿Cómo se va a ir sin comer? No puede irse con el estómago vacío.
Al escucharla, insistí nuevamente:
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-Es verdad, al menos come algo antes de irte.
Mi tía se acercó:
-Has estado ocupado cuidando a María, no puedes irte sin comer -mientras hablaba, fue hasta la entrada y cerró la puerta.
Con este gesto, Lucas no tuvo más remedio que quedarse.
-Está bien, disculpen la molestia -respondió con impecable cortesía y tacto social.
Me sonrojé y mis manos temblaban de nervios.
Sin embargo, al observar con más atención las reacciones de mi abuela y mi tía, noté que no parecían rechazar a Lucas. De hecho, en estos breves minutos, parecían haber quedado cautivadas por su encanto natural y personalidad.
Mientras Lucas abría los contenedores de comida, me hizo una seña. Reaccioné de inmediato:
-Abuela, tía, ¿ya comieron? Si no, hay suficiente para todos.
-Ya comimos antes de venir–respondió mi tía.
-¿Seguros?
-Sí, sabes que tu abuela come siempre puntualmente, ¿lo olvidaste?
Asentí al recordarlo.
Entonces solo comeríamos Lucas y yo.
Mi tía se levantó para servir agua, y antes de que pudiera reaccionar debido a mi pierna lastimada, Lucas se puso de pie:
-Permítame ayudarla…
-No, no, siéntese y coma tranquilo, yo me encargo insistió mi tía con igual cortesía.
Le lancé una mirada nerviosa a Lucas, con sentimientos encontrados.
Jamás imaginé que, sin ninguna preparación previa, él conocería así a las dos personas más importantes de mi vida.
Era evidente que todos teníamos nuestros propios pensamientos, aunque mantuviéramos una fachada de cortesía y hasta reverencia.
El ambiente hacía que cada segundo pareciera una eternidad.
Después de servirle agua a mi abuela, mi tía se sentó en el sofá.
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Tras un momento, aparentemente incapaz de contenerse más, rompió el silencio:
-Señor Montero, usted y María… ¿son muy cercanos?
La pregunta de mi tía llevaba una clara intención de averiguar la naturaleza de nuestra relación. Me sentí extremadamente incómoda, como si estuviera siendo interrogada y puesta en una situación muy delicada frente a todos.
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