Capítulo 37
-Vaya, violación.
Qué curioso cómo funciona el karma, nadie se escapa de pagar sus culpas.
No pude contener una risa que solo enfureció más a Antonio.
-¿En qué momento te volviste tan ponzoñosa, María?
-Aprendí del mejor -le solté sin más.
Y ella en cambio se quedó mudo de la rabia.
—Ya córtala —le advertí—. Al final del día, el que la hizo la paga. Solo estoy haciendo que se cumpla la justicia. Y cuidado, que, si siguen metiéndose con la ley, tú también vas a terminar pagando.
Antonio guardó silencio un buen rato. Parecía estar calmándose y quizás hasta sintiéndose culpable. Luego cambió el tema bruscamente:
-Me contaron que andas necesitando plata con urgencia, ¿para qué es?
-Eso no te incumbe.
-¿Cuánto necesitas? Yo te lo doy.
-Como tanto preguntas, ¿me darías un millón? -le solté directamente.
-¿Un millón? -se sorprendió-. ¿Qué pasó para necesitar tanto? ¿La empresa está en problemas?
-No.
De pronto me di cuenta que no valía la pena. Aunque quisiera prestarme o regalarme el dinero, no lo aceptaría.
Mi madre se revolvería en su tumba si usara el dinero de Antonio para recuperar su brazalete.
-Olvídalo mejor, no es asunto tuyo. Tengo que trabajar, adiós.
Pensé que con rechazarlo el tema quedaría ahí, pero cerca de las diez de la noche me llamó mi
tía.
-María, Antonio fue a ver a tu abuela para preguntarle si sabía de tus problemas económicos.
Antes de
que
terminara, sentí que todo me daba vueltas. Esto no podía ser bueno.
-El otro día en la cena, cuando tu abuela preguntó, le dijiste que ya tenías el dinero y se quedó
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Capítulo 37
tranquila. Pero ahora con lo que le dijo Antonio, se enteró que andabas buscando plata desesperadamente y quería hasta sacar sus ahorros para el funeral. Por suerte le dije que yo ya te había conseguido todo y logré calmarla.
Me dolía la cabeza y me sentía impotente, furiosa con Antonio.
-¿Mi abuela está bien? -pregunté angustiada. 1
—Sí, tranquila. Ya conseguí que se durmiera —me tranquilizó mi tía, y luego dudó-. Pero… que Antonio sepa lo del brazalete… ¿no nos va a traer problemas?
¡Claro que sí!
¡Sin duda alguna!
Por dentro me consumía la rabia, pero no podía culpar a mi abuela. La pobre no sabía nada y Antonio la había manipulado.
-No te preocupes tía, yo me encargo.
Después de tranquilizarla, dejé el trabajo y llamé a Antonio de inmediato.
-Hola, María…
-¿Qué clase de persona eres, Antonio? Mi abuela es una señora mayor y salud, ¿cómo te atreves a ir a alterarla?
anda muy delicada de
Lo ataqué sin rodeos. Lástima no tenerlo enfrente para clavarle las tijeras.
-María, también es mi abuela, ¿qué tiene de malo preocuparme por ella? -respondió con fingida calma.
-Yo no tengo nada que ver contigo, y menos mi abuela.
-Seguimos siendo esposos.
Apreté los dientes le quería responder y poner en su sitio, pero me contuve:
-Solo porque te niegas a divorciarte, caradura.
Le recordé: -Falta una semana para la cita. Si eres hombre, preséntate sin excusas.
Su respuesta fue evasiva como siempre: -Ya veremos cuando llegue el momento.
Era justo lo que esperaba. Sin ganas ya ni de enojarme, le advertí tranquilamente:
-Antonio, si vuelves a faltar, presento la demanda directo al juzgado.
Se hizo un silencio del otro lado, como si lo hubiera herido.
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Ya iba a colgar cuando habló:
-María, no es que no quiera ayudarte. Sé lo importante que es ese brazalete para ti, pero ahora no puedo juntar cien millones en efectivo.