Capítulo 373
–No, no hace falta… —aún envuelta en la toalla y sin ropa, ¿cómo podría pedirle ayuda?
Eso sí
que
terminaría en la cama.
Parece que volvió a sonreír, porque su voz sonaba divertida cuando dijo:
-Vale, entonces arréglate tú. Estaré en el solárium de la terraza del segundo piso.
-Ah, está bien.
La última vez que vine me dio un tour completo de la casa, así que sabía dónde quedaba el solárium del segundo piso.
Era el área de descanso, construida toda de vidrio templado. En las noches despejadas, uno podía recostarse a contemplar toda la bóveda celeste.
Todavía no era muy tarde, parecía que planeaba mirar las estrellas.
Me puse la ropa que me había preparado.
Un conjunto gris de estar en casa, muy cómodo y de mi talla.
Hasta la ropa interior me quedaba perfecta.
Tenía el aroma del detergente, seguramente la había lavado después de comprarla.
No me atrevía a imaginar lo que pasaba por su
ente mientras hacía todo esto.
¿Estaría como yo, perdido en fantasías, embriagado sin poder evitarlo?
Me sequé el pelo y me miré al espejo sin maquillaje.
Por el vapor del agua caliente y mis pensamientos ardientes, tenía las mejillas sonrojadas, incluso más seductora que cuando me maquillaba.
Quién sabe si al verme así volvería a hacerme bromas.
Pero si seguía dándole vueltas se haría hora de dormir.
Respiré hondo, me armé de valor y fui al solárium.
-¿Ya llegaste? -Lucas me había estado esperando, apenas oyó mis pasos se volteó y me tendió la mano.
Estaba recostado cómodamente, con una tetera de té de frutas sobre una mesita baja. Un pequeño hornillo mantenía caliente el té, con trozos de fruta bailando en su interior.
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Me acerqué protestando: -Tomar tanto té por la noche te hará levantarte a orinar…
Mientras me quejaba, igual me acerqué y puse mi mano en la suya.
Él la tomó con ternura y me dio media vuelta para jalarme directo a sus brazos.
-Entonces tomaré poco–dijo riendo mientras me apretaba contra él y hundía su rostro en mi cuello, respirando profundamente.
-Pensé que no te atreverías a venir… -murmuró bajito contra mi piel.
Me dio cosquillas y giré la cabeza, riendo: —No hagas eso, se siente como hormiguitas…
-Mmm… hormiguitas que quieren meterse bajo tu ropa y después… en tu corazón -siguió susurrando, cada palabra ardiente y apasionada, imposible de resistir.
Sin poder controlarme, mis manos se aferraron fuerte a sus brazos que me rodeaban, queriendo apartarlo pero también reteniéndolo.
—Lucas… ya basta, tengo sed, quiero té… —estaba muy nerviosa.
No es que no quisiera que pasara algo, pero estábamos en el solárium.
Todo era transparente.
¿Y si alguien nos veía?
Qué vergüenza.
Lucas notó mi nerviosismo, aspiró profundo dos veces más contra mi cuello antes de aflojar un poco su abrazo.
Liberó una mano para servir el té, manteniendo la otra en mi cintura.
Volteé a mirar confundida: -¿Por qué solo una taza?
-¿Acaso necesitamos dos?
Preguntó como si fuera obvio mientras servía el té, volvía a poner la tetera sobre el hornillo, y soplaba la taza con cuidado antes de acercarla a mis labios.
-Puedo tomar sola mis mejillas ardían por la íntima posición.
-No hace falta, la taza está caliente, yo la sostengo -se apartó suavemente para advertirme.1
Bueno…
No me quedó más remedio que beber de su mano, dando pequeños sorbos.
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Estaba caliente, pero el sabor era muy refrescante.