Capítulo 458
El sonido familiar de su voz me hizo saber que no estaba soñando ni era una ilusión.
Era realmente él.
Aquel hombre que durante el día me había tratado como a una extraña, sin dignarse siquiera a mirarme–Lucas.
Mi corazón se aceleró y, tras ser sujetada por él, me sentí completamente descolocada.
Recordando su reacción durante el día, me sentí herida y aparté su mano inmediatamente.
—¿Qué clase de afición es esta, aparecer a media noche? Como un fantasma, podrías matar a alguien del susto -le reproché malhumorada.
-Lo siento -se disculpó Lucas, mostrando aquella delicadeza y cuidado de antes.
Como si ese hombre frío, distante y extraño de la mañana hubiera sido otra persona.
-Solo quería ver cómo estabas -explicó en voz baja.
Tragué saliva, con el corazón latiendo descontroladamente, temerosa de que descubriera la verdad.
Sin embargo, viendo su reacción, aparentemente no sabía nada.
-No es nada grave, solo exceso de trabajo que me ha causado algunos problemas de salud. El médico dice que con un poco de descanso estaré bien -respondí con calma, intentando no revelar nada.
En la tenue luz, pareció esbozar una sonrisa. -Yo también estuve enfermo hace poco, apenas me recuperé hace unos días…
-Lo escuché de Daniela.
-¿Podríamos decir que compartimos el mismo dolor?
Sentí una opresión en el pecho. -¿Qué pretendes diciendo ese tipo de cosas ahora?
–Nada en particular, no pienses demasiado en ello, no voy a acosarte–pareció volver a la frialdad que había mostrado durante el día.
Escuchándolo, sentí un vacío interior.
Nos quedamos así, en silencio, repentinamente sin nada que decir, pero él tampoco se
marchaba.
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Capítulo 458
Cuando me calmé y recuperé la compostura, se me ocurrió preguntar: -¿Qué haces en el hospital? ¿Quién está enfermo?
-Mi abuelo. Lleva varios días hospitalizado.
-¿Es grave? -pensé que antes del Año Nuevo, Jorge ya no estaba bien de salud, y si seguía hospitalizado hasta ahora, la situación debía ser delicada.
-Se podría decir que es grave, aunque por ahora está controlado. Es la vejez, el deterioro de las funciones corporales es inevitable–respondió con voz suave.
Ese hombre siempre tan seguro y poderoso, ese hijo predilecto del cielo, en la quietud de la noche expresaba una profunda impotencia.
-Los ancianos tienen buena fortuna, seguro estará bien. No te preocupes demasiado -no pude ofrecer más que esas palabras de consuelo.
-Sí–respondió quedamente, mientras ajustaba mi manta-. Ya es la una de la madrugada, sigue durmiendo, no te molestaré más.
Me alarmé, ¿se iba ya?
¿No podíamos charlar un poco más?
Instintivamente busqué otro tema: -¿No vas a dormir en toda la noche? Eso es muy duro, ¿no dijiste que acabas de recuperarte de una enfermedad? Deberías descansar.
Lucas esbozó una sonrisa casi imperceptible: -Así que todavía te preocupas por mí.
Sentí un repentino calor en el pecho y, dándome cuenta de que me había excedido, rápidamente encontré una justificación: –Acordamos separarnos en buenos términos, ¿no? Aunque hayamos terminado, podemos ser amigos. Preocuparse por un amigo es lo natural.
-Está bien, siempre logras hacer que las palabras hirientes suenen tan ligeras.
¿Qué? ¿Qué palabra hiriente había dicho yo?
Levanté la mirada hacia él.
La habitación estaba a oscuras, solo con la tenue luz que entraba desde fuera, pero aun así pude ver el brillo en sus ojos.
-Lucas, la última persona a quien querría herir eres tú. Pero si aun así te he lastimado, lo siento, te pido comprensión le dije con sinceridad, mirando sus ojos brillantes mientras sentía una punzada de amargura en el corazón.