Capítulo 51
Fui al hospital para un chequeo y le pedí específicamente al doctor que vendara mi pequeña herida superficial de forma exagerada, incluso me puso una redecilla médica blanca.
Cuando llegué a la comisaría para declarar, los policías ya habían interrogado a Carmen.
Con el video de mi oficina como evidencia, era obvio quién tenía la razón.
Finalmente, la policía determinó que Carmen había violado la ley de orden público y le impusieron diez días de detención administrativa, una multa de dos mil y la obligación de disculparse conmigo en persona.
Cuando volví a ver a Carmen, ya no quedaba nada de su arrogancia anterior, solo me miraba con ojos furiosos y dientes apretados.
-Discúlpese, ¿o prefiere unos días más de detención? -advirtió el policía al ver que no
hablaba.
Al oír lo de más días, Carmen cedió inmediatamente:
—No, no más días por favor, mi hija tiene una enfermedad terminal, ella podría empeorar en cualquier momento…
-¿Y aun así entonces anda de muy valiente agrediendo a otras personas? ¿No piensa en dar un buen ejemplo? -el oficial, con buenos principios, aprovechó para sermonearla.
Carmen se desanimó visiblemente y tras dudar unos segundos, masculló:
-Lo siento mucho.
Sonreí levemente, actuando con magnanimidad:
-No importa, soy generosa. Considerando la enfermedad de mi hermana, no te guardaré
rencor.
Carmen volvió a mirarme, sus ojos llenos de odio, como si quisiera apuñalarme con la mirada.
Disfrutando internamente, le recordé amablemente:
-Me voy entonces. Quédate aquí a hacerle compañía a mi despiadado padre.
Carmen se quedó sin palabras.
Al salir de la comisaría, me quité la redecilla en cuanto subí al auto y volví al estudio seguir trabajando horas extra.
para
Aunque este período había sido terrible, pensar que tanto Mariano como Carmen habían
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acabado en detención por sus propias acciones me mejoraba bastante el ánimo.
Si mamá estuviera viva, probablemente también se sentiría algo vengada al ver esta situación.
Al día siguiente.
Con tanta mala suerte últimamente, hacía tiempo que no me arreglaba bien.
Pensando en la cena con Lucas, me esmeré especialmente al vestirme antes de ir a trabajar.
Elegí un vestido camisero blanco con una pequeña correade seda anudada en la cintura, esta resaltaba mi figura y añadía feminidad sin perder el toque moderno.
ay
Dejé mi largo cabello ondulado suelto y me puse una diadema a juego con la correa, que dejaba mi frente despejada, dándome un aire eficiente y pulido.
Poco antes de salir del trabajo, me apliqué un maquillaje suave.
Había heredado la belleza de mi madre: piel tersa, facciones elegantes y figura esbelta y alta.
Sofía siempre decía que tenía un aire retro de estrella de Hollywood, y que, si no fuera empresaria, podría triunfar en el mundo del espectáculo.
Pero desde pequeña fui consciente de las ventajas que me daba mi belleza, y también sabía que era un arma de doble filo. Temía no poder controlarla bien y que se volviera en mi contra.
Por eso prefería depender de mi talento y capacidades.
Había quedado con Lucas a las seis, y por cortesía llegué quince minutos antes al restaurante.
Apenas me había sentado en el reservado cuando Sofía me mandó un audio por WhatsApp:
-¿Ya has llegado?
Le respondí por texto: “Acabo de llegar, ¿ya estás aquí?”
Sofía: “Acabo de volver de fuera, estoy aparcando. El gerente me dijo que estabas en el restaurante.”
Escuché el mensaje, pero no respondí, pensando en hablar con ella más tarde.
Pero enseguida envió otro audio, y al abrirlo la oí toda excitada:
-¡María, María! ¡Acabo de ver a un tipo guapísimo! ¡No te puedes imaginar lo guapo que es! ¡ Nunca has visto a alguien así de guapo, su presencia… su porte… su sonrisa… su aire imponente sin ser intimidante… ¡Ahhhh sí que está bien guapo!
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No pude evitar reírme al escucharla. ¿A quién habría visto para estar tan emocionada?