Capítulo 90
+25 BONO
-Bien, voy para allá.
-Sí, yo también.
Agarré mis cosas y, con el corazón acelerado, salí presurosa de la oficina.
Pensé que llegaría primero, pero al entrar al jardín de la azotea vi que Lucas ya estaba sentado.
Era imposible no notarlo, donde fuera siempre destacaba como la presencia más brillante.
Era una tarde de otoño con una luz perfecta, cálida y resplandeciente.
Se había quitado la chaqueta dejándola a un lado y vestía solo una camisa blanca con las mangas dobladas, mostrando sus antebrazos de líneas elegantes.
Sobre la mesa baja tenía una laptop ultradelgada y trabajaba en algo con expresión seria.
Detrás de él, racimos de flores púrpuras florecían intensamente, creando una armonía perfecta con el blanco de su camisa y el dorado de la luz del sol.
Me quedé mirándolo embobada unos segundos hasta que alguien pasó a mi lado y desperté de golpe.
Controlando mi corazón desbocado, me acerqué sonriendo: -Señor Montero, perdón por la
espera.
Lucas alzó la mirada y su seriedad se desvaneció, respondiendo con una elegante sonrisa: —No hay problema, acabo de llegar.
–
Me senté y llamé al mesero. Con familiaridad pedí mi chocolate caliente favorito y pregunté: – ¿Qué va a tomar, señor Montero?
Tomé la carta del mesero para pasársela, pero él ya le respondía: -Un café negro, gracias.
-Enseguida -respondió el mesero retirándose con una sonrisa.
Al oír que pedía café negro, murmuré sorprendida: -Vaya que cuida su salud.
Me encantaba el chocolate caliente. Antonio solía decir que era demasiado dulce, que no entendía cómo podía tomarlo.
Me burlaba de mí misma diciendo que como mi vida era tan amarga, necesitaba mucha dulzura
para sanar.
Lucas escuchó mi comentario y sonrió: -¿No te gusta el café negro?
Capítulo 90
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-No, no
rechacé rápidamente, agradeciendo pero declinando- No puedo con él para nada, solo me va lo dulce.
Uno amargo y otro dulce, nuestros gustos eran completamente opuestos.
En ese momento jamás hubiera imaginado que años después yo también apreciaría el aroma del café negro, y él probaría mi chocolate caliente a veces de mi taza, a veces de mis labios…
–
Mientras esperábamos las bebidas hubo un breve silencio, hasta que recordé el motivo principal y rápidamente saqué una bolsa ecológica con una caja elegante dentro.
-Señor Montero, este es mi regalo de cumpleaños para su madre, un pequeño detalle. ¿Podría entregárselo por mí?
Abrí la caja con las peinetas y el broche y se la acerqué.
Lucas miró la caja con sorpresa: -¿Cómo sabías que a mi madre le gustan los accesorios clásicos?
Sonreí y expliqué: -Los dos vestidos de estilo clásico que diseñé para doña Elena le gustaron mucho, así que supuse que le atraía ese estilo. Además, su elegancia y posición le permiten lucir perfectamente estas piezas.
-Mm, eres muy considerada. Te agradezco en nombre de mi madre.
Ver que lo aceptaba me tranquilizó.
Con la posición de los Montero seguramente tenían acceso a las joyas más exclusivas, que aceptaran mi humilde regalo era un honor.
Sonreí discretamente.
Lucas me miró con curiosidad: -¿De qué te ríes?
Le dije la verdad: –Pensé que estas pequeñeces no le parecerían suficientes.