Capítulo 471
Carla observaba a Jacinta, dividida entre la admiración y una profunda tristeza. En los ojos de su suegra brillaba un amor feroz por Israel, ese nieto que aún no nacía, un amor tan intenso que la empujaba a desear la muerte de su propio hijo biológico, Simón, a quien despreciaba con igual pasión.
La ironía de la situación pesaba sobre sus hombros como una manta de plomo. ¿Cómo reaccionaría esta mujer al descubrir que su adorado Israel no solo vivía, sino que la había borrado por completo de su vida?
Pero Carla era una maestra del engaño. Su rostro permaneció impasible mientras sus dedos se entrelazaban con los de su suegra en un gesto de falso consuelo.
-Mamá, no te angusties tanto -murmuró con voz sedósa-. La vigilancia de papá no durará para siempre. El tiempo juega a nuestro favor.
Hizo una pausa calculada antes de continuar:
-Además, el bebé todavía no nace. Hay que esperar a que crezca un poco antes de poder prescindir de él.
Sus palabras fluyeron como miel envenenada mientras añadía:
-Si te preocupa que tome demasiado poder, podrías sugerirle a papá que retrase la entrega del
control.
Jacinta asintió, sopesando cada palabra como si fueran piedras preciosas. Era la mejor estrategia dadas las circunstancias.
La mujer mayor giró hacia ella con ojos penetrantes, escrutando cada detalle de su expresión.
-Carla, ¿acaso estás desarrollando sentimientos por Simón?
La pregunta flotó en el aire como una amenaza velada. Antes, había sido Carla quien insistía en eliminarlo. Ahora, su urgencia parecía haberse desvanecido.
-¡Carla, escúchame bien! -La voz de Jacinta tembló con una mezcla de autoridad y miedo-. No puedes enamorarte de él. Todo lo que hace es una farsa. ¡No caigas en su red de mentiras!
-Sé que ese rostro idéntico al de Israel y su fingida bondad pueden confundirte, pero no debes permitir que tus emociones te traicionen.
-¡No podemos dejar que usurpe el lugar de Israel!
Al ver el pánico creciente en los ojos de Jacinta, Carla se apresuró a tranquilizarla.
-Mamá, puedes estar tranquila. Te aseguro que jamás sentiré algo por él -Su voz destilaba una seguridad absoluta-. Sé perfectamente que todo es una actuación. En realidad, preferiría
verme muerta.
Las garantías repetidas de Carla lograron aplacar la ansiedad de Jacinta. Sin embargo, esto
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Capítulo 471
solo intensificó su deseo de ver a Simón eliminado lo antes posible. El temor de que su nuera pudiera caer bajo el embrujo de Simón antes de que este revelara su verdadera naturaleza la consumía por dentro.
La sola idea de que alguien, especialmente Simón, pusiera sus manos sobre la herencia de su hijo la torturaba. El legado de Israel -su esposa, sus hijos- debía permanecer intacto, como un santuario intocable.
“¿Por qué tuvo que ser Israel quien muriera? ¿Por qué no este impostor?”
Después de dedicar un largo rato a sosegar a Jacinta, Carla finalmente pudo retirarse. Apenas había cruzado el umbral cuando divisó la figura de Simón aproximándose por el pasillo.
Su presencia se había transformado junto con su ascenso en la jerarquía de los Ayala. Aquella ingenuidad inicial se había evaporado, dejando tras de sí a un hombre que emanaba poder y determinación.
Era fácil entender por qué Héctor lo tenía en tan alta estima. Su brillantez resultaba innegable, digna de admiración.
Qué lástima que todo ese talento y esfuerzo fueran en vano, trabajando para beneficio ajeno.
“Si Simón descubriera que su hermano mayor no murió para salvarlo, sino que fingió su muerte para convertirlo en un simple peón en su juego… ¿se quebraría esa bondad suya como un espejo al impactar contra el suelo?”
La ironía no escapaba a su atención: dos hombres genéticamente idénticos, pero con almas tan distintas como el día y la noche.
Apartó estos pensamientos mientras componía una sonrisa perfectamente calculada.
-Israel, ya regresaste.
-Sí -respondió Simón con una frialdad que podría marchitar flores.
Hubo un tiempo en que Simón había anhelado con fiereza hacer sufrir a Carla, no solo físicamente sino hasta las profundidades de su alma. Había planeado seducirla con una máscara de bondad para después destrozarla sin piedad.
Pero tras varios intentos infructuosos, había claudicado.
Su capacidad de amar se había agotado con su esposa. No quedaba espacio en su corazón para nadie más.
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