Capítulo 472.
La resolución cristalizó en su mente como veneno destilado: destruiría lo que Carla más atesoraba. Sin titubeos ni remordimientos, Simón se envolvió nuevamente en aquella coraza de indiferencia que tanto lo había caracterizado, transformando cada interacción con ella en un ejercicio de distante cortesía.
Para su sorpresa, Carla no lamentó este cambio. Por el contrario, una sensación de alivio se extendió por su pecho como el rocío de la mañana. A pesar de su naturaleza ambiciosa, en lo más profundo de su ser anidaba el anhelo de un amor genuino, y Simón… Simón poseía un magnetismo peligroso. Su amabilidad era como una llama que amenazaba con derretir sus defensas, y el temor de sucumbir a ese encanto la atormentaba.
Cuando sus caminos se cruzaron en el pasillo, ella lo interceptó antes de que pudiera refugiarse en su estudio.
-Mañana tenemos un compromiso juntos -su voz resonó con estudiada neutralidad.
-Lo sé–respondió él con tono monocorde, continuando su camino sin dedicarle una segunda
mirada.
Tras verlo desaparecer tras la puerta del estudio, Carla regresó a sus aposentos. Con la destreza de una sombra, se deslizó desde su balcón hasta la habitación de Simón. Sus dedos, precisos como los de un cirujano, instalaron una diminuta cámara de alta definición, regalo de Israel. La operación se repitió en el estudio, aprovechando la ausencia temporal de su
ocupante.
A pesar de las dudas que ensombrecían su relación con Israel, compartían un propósito común, y ella estaba determinada a ver ese objetivo cumplido hasta sus últimas
consecuencias.
La alta sociedad de Ciudad Central exigía mantener las apariencias, y nuestro matrimonio, real o ficticio, no era la excepción. Por eso, cuando Alejandro me invitó como su pareja al evento, acepté sin vacilación. Sabía que los encontraría allí: Simón y Carla, representando el apellido Ayala.
Sin embargo, la realidad golpeó más fuerte que cualquier anticipación. Verlos avanzar del brazo, proyectando la imagen perfecta de un matrimonio feliz, rompió algo en mi interior. No era un dolor agudo, sino más bien una melancolía sutil que se deslizó bajo mi piel como la brisa del atardecer.
“¿Cómo llegamos aquí?“, me pregunté. Los recuerdos de nuestro amor apasionado parecían pertenecer a otra vida: él con una nueva esposa y un hijo en camino, yo al borde de un nuevo matrimonio. Las personas que éramos entonces se habían desvanecido como la niebla matutina, reemplazadas por estos extraños que llevaban nuestros rostros.
Alejandro, perceptivo como siempre, no pronunció palabra alguna. Su abrazo se estrechó
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sutilmente alrededor de mi cintura, ofreciendo un ancla silenciosa en medio de la tormenta
emocional.
La mirada de Simón nos encontró en ese preciso instante. Aunque él sabía de mi presencia en la ciudad, vernos juntos, con Alejandro protegiéndome tan íntimamente, lo paralizó. Su mente quedó en blanco, mientras cada fibra de su ser gritaba por arrancarme de aquellos brazos ajenos.
-Israel -la voz de Carla lo ancló a la realidad, su agarre en su brazo como grilletes de seda.
El nombre actuó como un recordatorio cruel de quién era ahora, de lo que había perdido por su propia indecisión. Él mismo había cortado los hilos que nos unían, empujándome hacia otros brazos. Y ahora, aunque su corazón rugía por intervenir, sabía que había perdido ese derecho.
La desesperación lo consumió como una marea oscura. A pesar de haber sido él quien me empujó a buscar la felicidad en otro lugar, la idea de mi eventual partida de su vida, de que algún día su recuerdo se desvanecería de mi memoria, le resultaba insoportable. Ver otro hombre ocupando el lugar que una vez fue suyo era una tortura que preferiría mil veces la muerte antes que soportar.
“¿Por qué ahora?“, se lamentó en silencio. “¿Por qué no después de completar mi venganza, cuando ya no quedara nada de mí en este mundo?”
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