Capítulo 477.
Una sonrisa irónica se dibujó en los labios de Carla.
-¿De verdad crees que tengo el poder de hacer todo lo que esperas?
La voz de Carla destilaba sarcasmo. Israel la sobreestimaba enormemente. Si Carla tuviera semejante influencia y capacidad, ¿acaso estaría viviendo esta vida precaria, caminando constantemente sobre terreno resbaladizo, temiendo que cada paso la llevara al abismo?
Los ojos de Israel se estrecharon peligrosamente al examinarla, como un depredador evaluando a su presa. Pero esta vez, el miedo no se apoderó de Carla. Después de todo, llevaba a su hijo en su vientre, y en la posición actual de Israel, la colaboración de Carla era vital para su regreso triunfal a la familia Ayala. No se atrevería a lastimarla, y aunque lo intentara, ella ya no era la misma mujer frágil y manipulable de antes.
Carla sostuvo su mirada amenazante y respondió con firmeza:
-La verdad es que no puedo hacerlo. Deberías considerar otra estrategia.
Israel arqueó una ceja y, con un movimiento arrogante, alzó la barbilla de Carla con sus dedos, estudiando cada detalle de su rostro.
-Vaya, vaya… Parece que el tiempo lejos de mí te ha vuelto bastante atrevida. Su tono dejaba claro que su nueva actitud lo sorprendía.
-No es atrevimiento, es realismo puro. No puedo ayudarte. Te equivocas si piensas que tu hermano es un ingenuo desvalido. Detrás de esa fachada vulnerable se esconde una mente astuta y calculadora.
Qué irónico, pensó Carla mientras las palabras brotaban de sus labios. Israel subestima a
Simón tanto como la sobreestima a ella.
-La última vez que me enfrenté a él, casi pierdo la vida. Ahora estoy embarazada y no puedo arriesgarme.
El primer embarazo de Carla había revelado sus complicaciones demasiado tarde. A pesar de tener acceso a los mejores especialistas y tratamientos, su cuerpo quedó marcado por aquella pérdida. La idea de volver a experimentar el dolor desgarrador de perder un hijo la aterrorizaba hasta la médula.
Por eso, en ese momento, todos los planes -el de Israel, el de Jacinta Salinas, incluso el suyo- palidecían ante la única verdad que importaba: el pequeño ser que crecía en su interior. El único deseo de Carla era traerlo al mundo sano y salvo.
Israel dirigió una mirada despectiva hacia el vientre aun plano de Carla.
-No deberías obsesionarte tanto con ese bebé. El plan es lo primordial. Si lo pierdes, puedes
tener otro.
Sus palabras, pronunciadas con una indiferencia glacial que ignoraba que ese bebé también
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llevaba su sangre, provocaron que las manos de Carla se cerraran involuntariamente.
La memoria transportó a Carla a aquellos días oscuros cuando Israel fingió su muerte durante su primer embarazo. No dudó ni un segundo en ejecutar su plan, sin–importarle que ella estuviera esperando a su hijo.
La rabia consumió a Carla por dentro y explotó:
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-¡Qué fácil es decirlo cuando no eres tú quien sufre las consecuencias! ¡Tú no sientes el dolor de perder un hijo! Ya perdí uno antes y mi cuerpo quedó dañado. Si algo sale mal esta vez, podría ser mi última oportunidad de ser madre.
Impregnó cada palabra con la furia acumulada, esperando que Israel comprendiera la magnitud de lo que estaba en juego, que viera lo monstruosa que era su indiferencia.
Ingenuamente, Carla esperaba que sus palabras provocaran alguna reacción en él, quizás un destello de culpa o remordimiento. Pero su respuesta la dejó sin aliento…
-Si no puedes tener hijos, pues no puedes. Los hijos no son la gran cosa. Arruinan tu figura, tu piel.
-El embarazo desgasta tremendamente el cuerpo -continuó Israel con frialdad. Si tanto deseas un hijo, contrata a alguien que lo tenga por ti.
A primera vista, sus palabras podrían interpretarse como preocupación por su bienestar. Pero Carla conocía la verdad que se ocultaba tras esa falsa consideración: ni el bebé ni ella le importaban en lo más mínimo.
Para Israel, la capacidad de Carla de tener hijos era irrelevante; el mundo estaba lleno de mujeres que podrían darle descendencia. Probablemente ya tenía hijos regados por ahí, frutos de sus innumerables aventuras.
-No te angusties, sin importar si puedes tener hijos o no, siempre serás mi esposa y la señora de la familia Ayala.
Qué curioso, pensó Carla mientras una sonrisa amarga se dibujaba en su rostro. Tiempo atrás, esas palabras habrían sido música para sus oídos, la garantía de su posición privilegiada. Pero ahora solo despertaban una profunda melancolía. Una tristeza infinita por haber entregado su corazón a alguien incapaz de sentir verdadero amor.
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