Capítulo 478
La envidia y los celos carcomían las entrañas de Carla mientras contemplaba la vida de Luz. El destino, con su peculiar sentido del humor, las había colocado en el mismo mundo
privilegiado, en los mismos círculos de la alta sociedad, pero sus realidades no podían ser
más distintas.
Un suspiro amargo escapó de sus labios mientras reflexionaba sobre el hombre que el destino le había asignado como esposo, un maestro del engaño que no dudó en fingir su propia muerte, un experto en la infidelidad que seguramente, en algún momento, le traería una procesión de hijos ilegítimos para que ella los criara como propios
La amargura se intensificó al recordar aquel episodio oscuro. Israel no solo había sido cómplice de su plan para seducir a Simón con drogas, sino que había orquestado todo el asunto, asegurándose de que la esposa de su hermano terminara en la cama equivocada.
“¿Y Luz?“, murmuró para sí misma con una sonrisa torcida. Ella tenía a Simón, un hombre que se consumía en el remordimiento por el simple hecho de haber rozado a otra mujer, un hombre que prefería la muerte antes que la infidelidad.
La ironía de la situación le provocaba un dolor sordo en el pecho. Todos eran humanos, todos respiraban el mismo aire. Ambas se habían casado con los Ayala, gemelos idénticos que compartían el mismo rostro. Pero mientras una vivía en el paraíso del amor verdadero, la otra se arrastraba por el purgatorio de un matrimonio vacío.
“¿Por qué que no tengo ese tipo de amor?“, se preguntó, saboreando la amargura de sus propios pensamientos. El deseo por lo inalcanzable se intensificaba con cada momento de reflexión.
Carla no era inmune a estas emociones. Bajo esa coraza de cálculos y despiadada ambición, también había albergado sueños románticos. Su matrimonio con Israel no había sido solo por el prestigio de los Ayala; había visto algo en él, una chispa que prometía algo más. Había entregado su corazón buscando la felicidad conyugal que toda mujer anhela.
Pero ese matrimonio, lejos de elevarla, la había sumergido en un abismo de desilusión, transformándola en una mujer más despiadada que antes.
Una risa seca brotó de su garganta al percatarse del rumbo de sus pensamientos. Se sentía ridícula. ¿Acaso el poder y el dinero no eran suficiente compensación?
-¿De qué te ríes? -preguntó Israel, entrecerrando los ojos con suspicacia.
Carla se acurrucó contra su pecho, componiendo una sonrisa dulce.
-¡De lo feliz que me hacen tus palabras, amor!
-Pero necesito que entiendas algo continuó ella, modificando su tono-. Sin importar qué suceda, quiero tener mis propios hijos. Mis padres están ilusionados con este embarazo, tengo que protegerlo.
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Israel deslizó su mano sobre el vientre aún plano de Carla, su mente parecía divagar en pensamientos lejanos.
-Si eso deseas, así será. Modificaré mis planes por ti. Solo dedícate a cuidar de nuestro bebé y asegúrate de que nazca saludable.
A Carla no le importaba si sus palabras eran sinceras. Mientras no le exigiera participar en sus maquinaciones, era suficiente.
-Gracias, amor -murmuró, acurrucándose con fingida dulzura.
Pero sus ojos se desviaron hacia la figura de Simón en la distancia. Las cosas verdaderamente hermosas que no nos pertenecen despiertan en nosotros el oscuro deseo de destruirlas.
La noticia de mi inminente matrimonio con Alejandro, anunciada con grandilocuencia durante la fiesta, llegó como un rayo a oídos de Rafael. Abandonó todos sus compromisos y tomó el primer vuelo de regreso.
Nos encontró a Alejandro y a mí inmersos en los preparativos del compromiso, revisando la lista de invitados. Sus ojos se anegaron en lágrimas al instante al contemplar nuestra cercanía.
-Tío… Luz…
Éramos nosotros dos. Su tío más respetado y su confidente predilecta. Conocíamos la profundidad de su amor por mí, sabíamos que yo era su motor, su razón para seguir adelante, su motivación para superarse cada día.
Pero ahora, las dos personas más importantes de su vida lo habían traicionado. En un instante, su mundo se desmoronó como un castillo de naipes. Su cuerpo, imponente y robusto, se tambaleaba como un árbol a punto de caer.
La escena partía el alma. Los ojos de Rafael, esas joyas exóticas heredadas de su sangre mestiza que normalmente brillaban como piedras preciosas, ahora reflejaban un dolor insondable.
De repente, como si una idea salvadora hubiera atravesado la niebla de su dolor, sus ojos se iluminaron con un destello de esperanza.
-¿Está pasando algo que no sé? ¿Están fingiendo?
15.01