Capítulo 482
La preocupación por Violeta invadió sus pensamientos. El temor de que sus celos descontrolados la arrastraran a un abismo sin retorno lo atormentaba.
-Violeta, tienes todo para ser feliz -la voz de mi padre resonaba con genuina preocupación-. Un novio que te adora, dinero, libertad… ¿Por qué no te das la oportunidad de disfrutar tu vida?
Una sombra cruzó por el rostro de Violeta mientras escuchaba las palabras. Sus dedos jugueteaban nerviosamente con el borde de su blusa de seda.
-No tiene sentido que arruines tu futuro solo porque no soportas ver que a Luz le va bien -continuó mi padre, su tono mezclando firmeza con compasión.
La razón susurraba en los oídos de Violeta, recordándole que su vida actual era más de lo que muchos podrían soñar. Pero la voz de sus celos gritaba más fuerte, ahogando cualquier pensamiento sensato.
“¿Por qué ella?” El pensamiento martilleaba en su mente como un eco interminable. “¿Por qué Luz, a quien yo pisoteé, ahora brilla más alto que nunca? ¿Por qué puede tener al único hombre que yo…” Las preguntas se multiplicaban en su cabeza, cada una más amarga que la anterior.
“Si tengo que verla pavoneándose del brazo del hombre que nunca será mío…” Sus pensamientos se tiñeron de una oscuridad profunda. “Prefiero que me entierren siete metros bajo tierra.”
-¿Cómo crees, papá? -su voz emergió dulce como la miel, pero sus ojos delataban una tormenta interior-. Solo quiero ayudar a mi amiga, de verdad…
Mi padre la observaba con una mezcla de afecto y resignación. Sus años de experiencia le permitían ver a través de aquella máscara de inocencia.
-Violeta -pronunció cada palabra con el peso de quien ha visto demasiado dolor en una vida-, concéntrate en tu futuro. No intentes lastimar a Luz.
La frustración se acumulaba en el pecho de Violeta. La negativa de mi padre cerraba una puerta que ella desesperadamente necesitaba abrir.
Más tarde, mientras contemplaba la posibilidad de ahogar sus penas en el casino, el rugido de un motor llamó su atención. El Mercedes negro de Rafael se deslizó por el camino de entrada.
Una chispa de malicia iluminó sus ojos. Rafael, el sobrino predilecto, enamorado en secreto de la futura esposa de su tío. La ironía era casi poética.
Esperó pacientemente a que saliera de visitar a Beatriz. Su figura emergió del edificio, cargando el peso visible de quien ha pasado demasiadas noches sin dormir.
Rafael nunca había ocultado su desprecio por Violeta. De no ser por la delicada condición de su hermana, ella habría desaparecido hace tiempo del panorama. Su presencia era como sal
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Capítulo 482
sobre una herida abierta.
Al verla aproximarse, la rabia burbujeó en su interior. Pero el recuerdo de Beatriz, frágil y necesitada de cuidados, actuó como un bálsamo momentáneo. Giró sobre sus talones, buscando escape.
Violeta, sin embargo, se movió con la precisión de un depredador, bloqueando su ruta de
escape.
-Rafael -su voz destilaba falsa dulzura—, ¿ya te enteraste? Tu tío y mi hermana se van a
casar.
Los pasos de Rafael se congelaron. Sus manos, esos instrumentos de violencia contenida, se cerraron en puños temblorosos.
El dolor que tanto había intentado mantener a raya lo golpeó con la fuerza de una avalancha. La traición, el amor perdido, la impotencia… Todo emergió a la superficie, dibujando en su rostro una máscara de agonía.
Una sonrisa perversa se dibujó en los labios de Violeta. Su mente trabajaba a toda velocidad, tejiendo una telaraña de posibilidades. Si ella no podía tocarme sin enfrentar la ira de Alejandro, ¿qué pasaría si el golpe viniera de su adorado sobrino?
“¿Serías capaz de destruir a tu propia sangre, Alejandro?” La pregunta danzaba en su mente
como una promesa oscura.
Violeta reconocía en los ojos de Rafael el mismo tormento que la consumía. El deseo prohibido, la impotencia, la traición… Una combinación explosiva que podía desarmar hasta la mente
más fuerte.
En ese momento, su cerebro trabajaba como una computadora, calculando variables y posibilidades. Rafael, en su estado actual, era como dinamita esperando una chispa. Y ella, Violeta, sería la mano que encendería la mecha, convirtiendo su dolor en un arma letal contra Alejandro y contra mí.