Capítulo 490
La revelación golpeó a Simón como una avalancha de remordimientos. Solo ahora, demasiado tarde, comprendía la magnitud del daño que había causado. La apariencia de felicidad que había construido tan descuidadamente se había convertido en un veneno que corroía mi alma
día tras día.
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Ahí estaba él, un hombre que había perdido todo derecho a ocupar mis pensamientos, retorciéndose de dolor ante un simple artículo en internet. Su mente se negaba a imaginar – no, no se atrevía siquiera a contemplar – la profundidad de mi sufrimiento al verlo pasear con Violeta por Disneylandia, prodigándole el afecto que una vez me había jurado exclusivamente a
mí.
Una risa amarga brotó de sus labios mientras los recuerdos lo atormentaban sin piedad. Había vivido en una burbuja de autoengaño, convencido de que nuestro amor era inquebrantable, que ninguna tempestad podría separarnos. Incluso después de reconocer sus imperdonables transgresiones, su arrogancia lo había llevado a creer que era quien más me amaba en este mundo, que podría redimirse durante el tiempo que le quedara de vida.
“¿Cómo pude ser tan ciego?“, se preguntaba una y otra vez. “¿Cómo pude pensar que una vida entera de expiación sería suficiente?”
La realidad lo golpeaba con una claridad brutal: ni siquiera había podido cumplir una promesa tan simple como llevarme a Disneylandia. En cambio, había convertido ese sueño compartido en un puñal que atravesaba mi corazón. Sus acciones, que él había minimizado como pequeños deslices sin importancia, ahora se alzaban ante él como montañas de dolor acumulado.
“¿Por qué debería perdonarte?“, imaginaba mi voz acusadora. “¿Por qué tendría que dejar atrás este dolor solo porque ahora reconoces tu error?”
Las palabras de autocondena brotaban de sus labios como una letanía interminable. Por fin comprendía el verdadero significado de amar a alguien, pero el entendimiento llegaba demasiado tarde, cuando ya no quedaba nada por salvar.
En Villa Santa Clara, la noticia de mi encuentro con Alejandro desataba otra tormenta. Rafael contemplaba su celular con una mezcla de incredulidad y devastación, sus dedos tensándose sobre el dispositivo como si quisiera pulverizarlo. La imagen de su tío y yo bajo los fuegos artificiales desgarraba su alma con cada segundo que pasaba.
“¿Por qué tenías que ser tú, tío?“, susurraba con voz quebrada. “De todas las personas en el mundo… ¿por qué tú?”
El dolor se expandía en su pecho como una mancha oscura, nublando su razón. Sus ojos se desviaron hacia el cuchillo de frutas sobre la mesa, y por un momento terrible, la idea de acabar con todo pareció tentadoramente simple.
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Capitulo 490
La desesperación tiene una forma peculiar de distorsionar la realidad, de hacer que los pensamientos más oscuros parezcan soluciones viables. Para Rafael, lo que comenzó como un impulso irracional fue cobrando fuerza, transformándose en una posibilidad cada vez más tangible.
Sin embargo, incluso en medio de su agonía, algo en él se resistía a convertir su dolor en un arma contra nosotros. El amor y respeto que sentía por su tío permanecían intactos, como un ancla en medio de la tempestad.
La tensión en la habitación alcanzó su punto crítico cuando su mano comenzó a moverse hacia el cuchillo. En ese preciso instante, Beatriz, quien recientemente había recuperado su vitalidad, apareció en el umbral de la puerta.
Sus ojos captaron el gesto de su hermano con una comprensión instantánea. Conocía demasiado bien la profundidad de sus sentimientos por mí. Sin embargo, mantuvo la calma, su voz suave como una caricia cuando pronunció:
-Güero.
Esa simple palabra, cargada de todo el amor fraternal que compartían, bastó para romper el hechizo. Rafael retrajo su mano como si el aire mismo lo quemara, aunque sus ojos, traicioneros, volvieron a posarse sobre el cuchillo por un instante.
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