Capítulo 491
Los recuerdos de aquel secuestro se habían enraizado en el alma de Rafael como una enredadera venenosa, extendiéndose por los rincones más profundos de su ser. Sus ramas serpenteantes lo atrapaban cada vez que la tristeza lo invadía, arrastrándolo hacia un laberinto de pensamientos oscuros del que no lograba escapar. El dolor se multiplicaba en ecos infinitos, rebotando en las paredes de su mente hasta volverse insoportable.
Había sido yo quien lo rescató de esa espiral destructiva durante su juventud. Con una paciencia inquebrantable, había sido su faro en la oscuridad, guiándolo paso a paso hacia la superficie. Por eso se aferraba tanto a mí, porque representaba todo lo que lo mantenía a flote en sus momentos más difíciles.
Pero ahora esa luz se había extinguido definitivamente, llevándose consigo años de lucha y superación. Rafael se encontraba suspendido en un limbo de incertidumbre, donde cada respiración parecía más pesada que la anterior. El descubrimiento de la traición de su tío, ese segundo padre que tanto admiraba, fue la gota que desbordó el vaso de su resistencia. El dolor se transformó en un monstruo que lo devoraba desde dentro, arrastrándolo hacia pensamientos cada vez más sombríos.
Tan perdido estaba en su tormento que olvidó por completo la presencia de Beatriz en la habitación.
-Oye, hoy el sol está precioso. ¿Por qué no salimos a dar un paseo? -la voz de Beatriz lo sacó de su trance mientras lo tomaba del brazo con delicadeza.
El cariño por su hermana pequeña, esa guerrera que había librado tantas batallas contra su propia salud, lo impulsó a responder casi automáticamente.
-Claro contestó Rafael, permitiendo que ese simple contacto lo anclara a la realidad.
-Gracias–respondió ella, iluminando el espacio con una sonrisa radiante.
Esa expresión de alegría pura despertó en Rafael el recuerdo de una conversación con su tío, cuando regresó derrotado y sin esperanzas.
“Rafael, sé que has pasado por mucho, pero ¿crees que has sufrido más que Bea? ¿La has visto alguna vez flaquear como tú?”
“Como hombre, ni siquiera puedes superar a tu hermana menor. ¿Cómo esperas asumir grandes responsabilidades?”
Las dificultades que Rafael había enfrentado palidecían ante la lucha diaria de su hermana. Desde pequeña, su vida había sido un desfile interminable de medicamentos, visitas hospitalarias y días enteros postrada en cama. Y sin embargo, ella mantenía viva una luz interior que parecía inextinguible.
Mientras caminaban por el jardín, una empleada se acercó con el arsenal de medicamentos de Beatriz. Rafael observó la cantidad de pastillas y sintió una punzada en el pecho. Él, que detestaba tomar hasta una simple aspirina cuando estaba enfermo, apenas podía concebir
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cómo su delicada hermana soportaba semejante carga.
Para su sorpresa, esta vez el rostro de Beatriz se transformó después de tomar sus medicinas, revelando un dolor que siempre había mantenido oculto.
-Hermano, ¿sabes? Cada vez que tomo mis medicinas es como si me torturaran. No sabes lo que es tener que tragar puñados de pastillas, sacar sangre todos los días y ser rescatada de emergencia. ¡Es un sufrimiento terrible!
-¡A veces pienso que sería mejor no seguir viviendo!
Las palabras de su hermana golpearon a Rafael como un mazo. Jamás la había escuchado expresar su sufrimiento de manera tan cruda y directa. A pesar de todo el amor que sentía por ella, nunca había comprendido verdaderamente la profundidad de su dolor.
Escuchar a Beatriz confesar que también había contemplado la muerte como escape lo dejó paralizado por un instante. Cuando logró reaccionar, un amor protector brotó desde lo más profundo de su ser, envolviéndola en un abrazo desesperado.
Entre sus brazos, Beatriz continuó con voz quebrada:
-Pero, aunque a veces siento que no puedo más, y pienso que sería mejor morir, nunca he querido realmente morir.
-Siempre he deseado vivir, incluso cuando sabía que mi condición no mejoraría. Siempre quise
aferrarme a esta hermosa vida, a ti.
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