Capítulo 497
La determinación brillaba en los ojos de Simón. En lo más recóndito de su ser, había aceptado que nuestros caminos debían separarse, que era momento de permitirme buscar mi propia felicidad. Sus labios pronunciaban palabras de bendición, pero sus ojos contaban una historia diferente.
Él conocía cada matiz de mi alma, cada latido de mi corazón. Sabía que, a pesar de mi compromiso con Alejandro y mis anhelos de comenzar una nueva vida, una parte de mí aún resonaba con su recuerdo, como una melodía que se niega a desvanecerse.
La sombra de su presencia persistía en mi interior, un eco que me impedía entregarme por completo a una nueva historia de amor.
Este conocimiento lo perseguía día y noche, aunque ver la complicidad entre Alejandro y yo había suavizado los bordes más afilados de su dolor, transformándolo en una melancolía
soportable.
Pero el destino tenía preparada una última prueba para su determinación. La noticia de mi embarazo cayó sobre él como una avalancha implacable, arrasando con las últimas defensas que había construido.
El impacto fue devastador. Aquel hombre que siempre había parecido inquebrantable se desmoronó ante mis ojos. Su imponente figura, que tantas veces había sido mi refugio, se derrumbó como un castillo de naipes, como si la vida misma hubiera abandonado su cuerpo
en un suspiro.
Ver a ese ser indomable desplomarse en el suelo, despojado de toda su vitalidad, despertó en mí una compasión tan profunda que amenazaba con ahogarme.
Pero permanecí inmóvil, observándolo con una serenidad que rayaba en la indiferencia. Habíamos alcanzado ese punto donde los caminos se bifurcan definitivamente, donde el único regalo verdadero era permitirnos mutuamente la libertad de renacer.
Mi deseo más sincero era que Simón encontrara la fuerza para liberarse, tal como yo lo había hecho, que descubriera un nuevo amanecer esperando por él.
A pesar de nuestra historia compartida, jamás alimenté el veneno del odio hacia él. No soportaba verlo atrapado en las arenas movedizas del sufrimiento; anhelaba que encontrara su propia senda hacia la felicidad.
Al encontrarse con mi mirada serena y distante, su rostro se transformó en un lienzo imposible
de descifrar.
En otro tiempo, en otra vida, se habría mostrado vulnerable, con esa mirada de cachorro abandonado que derretía hasta el corazón más duro. Pero ahora, consciente de la futilidad de cualquier súplica, simplemente sostuvo mi mirada.
Y esa mirada, despojada de toda pretensión, resultaba aún más desgarradora.
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Capitulo 497
Incapaz de sostener el peso de ese momento, aparté la vista y me dispuse a marcharme.
Antes de que pudiera dar un paso, Simón se incorporó apoyándose en la pared. Una sonrisal forzada se dibujó en sus labios.
-He estado tan ocupado últimamente que se me olvida comer. Me bajó la presión, eso es todo. -Disculpame por hacer una escena.
Aquellos que una vez compartimos el alma entera, ahora nos comunicábamos con la cortesía de dos extraños.
Lo observé en silencio, las palabras atoradas en mi garganta.
Sin darme tiempo a responder, continuó:
-Te felicito por tu embarazo. Alejandro debe ser alguien muy especial para que lo hayas elegido tan pronto. Estoy seguro de que serán muy felices juntos.
En ese instante de vulnerabilidad, cuando su cuerpo tocó el suelo, los recuerdos lo asaltaron como una marea implacable. Todas esas noches compartidas soñando con un hijo, todas esas esperanzas que nunca florecieron.
Quizás desde entonces el destino nos susurraba su verdad, pero nos negamos a escuchar.
El peso de la culpa por aquel primer hijo perdido por sus acciones lo aplastaba. Sentía que ni siquiera tenía derecho a sufrir esta nueva pérdida.
No podía permitirse hundirse en ese dolor ni refugiarse en sueños rotos. El tiempo que le quedaba debía dedicarlo a hacer mi camino más luminoso.
Ese pensamiento actuó como un ancla, permitiéndole recuperar algo de su antigua fortaleza mientras se ponía de pie con dificultad.
Lo contemplé un momento antes de responder con una sonrisa suave: