Capítulo 501
Los ojos de mi madre destellaban con un rencor visceral mientras su voz, quebrada por la rabia, llenaba el salón.
-¡Eres repugnante, Luz! ¡Siempre manipulando todo a tu antojo! -espetó con veneno en cada sílaba, sus manos crispadas gesticulando en el aire-. ¡Cuánto me arrepiento de no haberte… de no haberte eliminado cuando pude!
Se volvió hacia Alejandro, su rostro contorsionado por una desesperación casi teatral.
-¡Señor Ortega, por favor, abra los ojos! ¡Violeta es su salvación! -suplicó, las palabras brotando atropelladamente de sus labios. No permita que las artimañas de Luz lo cieguen. No puede olvidar lo que le debe a Violeta, ¡no puede casarse con esta… esta…!
“Qué predecible“, pensé mientras observaba la escena. “Siempre la misma historia, siempre
Violeta“.
La verdad tras este espectáculo era tan transparente como dolorosa. Violeta, al ver que ni mi padre ni Rafael cedían ante sus manipulaciones, había encontrado en mi madre un oído dispuesto para sus lamentos. Día tras día, la había bombardeado con sus dramas: su amor desesperado por Alejandro, su necesidad enfermiza de tenerlo, el tormento de verlo comprometido conmigo. Entre sollozos y suspiros, había pintado un cuadro tan lastimero de sí misma que mi madre terminó viéndola como el reflejo de su propio pasado, de sus propias
heridas sin sanar.
-¡No soporta verte con él! ¡Está destrozada! -continuó mi madre, su voz temblando con una emoción que solo reservaba para Violeta.
La mirada de Alejandro se endureció mientras contemplaba a mi madre. En sus ojos podía leerse la comprensión de por qué yo siempre la trataba con esa distancia impenetrable, por qué nunca me molestaba en responder a sus provocaciones. ¿De qué serviría? Las palabras se deslizarían sobre ella como agua sobre aceite, sin penetrar jamás en esa coraza de prejuicios y
amargura.
Con un gesto cortante, Alejandro ordenó que la sacaran del lugar. Luego se volvió hacia mi hermano, su voz baja pero cargada de autoridad.
-Si vuelves a permitir algo así, olvídate de presentarte ante Luz o ante mí.
Mi hermano, lejos de mostrar la indignación que cabría esperar ante tal reprimenda pública, se deshizo en disculpas atropelladas.
-¡Lo siento muchísimo! ¡No volverá a suceder, lo prometo!
Mientras los guardias la sujetaban, mi madre jugó su última carta, aquella que siempre guardaba como un talismán gastado.
-¡Soy su madre, Alejandro! -chilló, retorciéndose entre los brazos que la contenían-. ¡Tu futura suegra! ¡No puedes tratarme así!
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Capitulo 501
“Qué irónico“, reflexioné. “La misma mujer que constantemente expresa su deseo de haberme eliminado, se aferra al título de madre cuando le conviene“.
Los lazos de sangre, esos vínculos supuestamente inquebrantables, pueden marchitarse bajo el peso constante del desprecio y la crueldad. Como una flor privada de agua y luz, el amor filial muere lentamente, dejando solo un vacío donde antes hubo calidez. Así me había convertido en lo que era ahora: capaz de presenciar la caída de Simón o el arrastre de mi propia madre sin que mi corazón se agitara lo más mínimo.
Cuando
por fin se llevaron a mi madre, Alejandro me envolvió en sus brazos con una ternura que contrastaba brutalmente con la frialdad que había mostrado momentos antes.
-No dejes que esto te afecte -murmuró contra mi cabello-. Ella no merece tus lágrimas.
Alcé el rostro para mirarlo, mis labios curvándose en una sonrisa serena.
-No te preocupes -respondí con suavidad-. Ya no me afecta.
Alejandro nunca se había preocupado por su reputación ni por los murmullos que lo tildaban de cruel o despiadado. Pero había una línea que nadie podía cruzar: nadie podía hablar mal de mí, nadie podía mirarme con desprecio. Y cuando alguien lo hacía…
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