Capítulo 503
Simón alzó la mirada para encontrarse con los ojos penetrantes de Alejandro, mientras una sonrisa teñida de melancolía se dibujaba en sus labios.
-Entiendo tu desconfianza -murmuró Simón con voz queda-. Mis acciones pasadas con Luz no me respaldan, pero ahora solo busco su bienestar.
-Todo lo que quiero es compensar el daño que le hice, darle la vida que merece.
Alejandro, curtido por años de negociaciones y traiciones en el implacable mundo empresarial, había desarrollado un instinto casi sobrenatural para detectar la falsedad. Sus ojos escrutaron cada gesto, cada matiz en la voz de Simón, buscando la más mínima señal de engaño.
Pero no encontró ninguna.
La verdad brillaba en los ojos de Simón con una intensidad desconcertante. Su deseo de entregar el imperio Ayala, una fortuna centenaria que eclipsaba incluso al poderío de los Ortega, era genuino.
Alejandro se permitió un momento de reflexión antes de formular la pregunta que le carcomía
el alma.
-Si tanto la amabas -pronunció con voz grave-, ¿por qué la destrozaste de esa manera?
“El amor verdadero debería ser un refugio“, resonó en su mente. “Un santuario inviolable contra
toda adversidad.”
Una risa quebrada escapó de los labios de Simón, un sonido que parecía rasgar el aire como
cristal roto.
-En aquel entonces, no comprendía la verdadera naturaleza del amor.
El peso de la revelación tardía se asentó sobre sus hombros. Había confundido la devoción de su esposa con un derecho divino para lastimarla, creyendo que su amor era infinito e inquebrantable.
“Qué equivocado estaba.”
Alejandro observó a su rival con una mirada impasible. La patética figura que Simón proyectaba no despertaba en él ni un ápice de compasión. No solo por ser competidores en el amor, sino porque el arrepentimiento tardío carecía de valor real. Las heridas profundas no sanan con lágrimas derramadas demasiado tarde.
-Luz merece lo mejor -sentenció Alejandro con brutal honestidad, antes de retomar su postura profesional-. Si necesitas mi ayuda, solo tienes que pedirla.
Para Alejandro, yo merecía las estrellas, la luna y todo lo que el mundo pudiera ofrecer. Si Simón deseaba contribuir a esa causa, él no se opondría.
-Está bien -respondió Simón escuetamente antes de dar media vuelta y alejarse.
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Capítulo 503
No había más que decir. Así como Alejandro podía ver la sinceridad en el deseo de Simón de compensarme, Simón reconocía la autenticidad del amor que Alejandro me profesaba.
Sabía que en sus manos estaría protegida, valorada, defendida hasta el último aliento. Y ese Alejandro, que lo superaba en todos los aspectos, no necesitaba más explicaciones.
Después de dejar a mi abuela en su casa, me disponía a buscar a Gabi. El aire tibio de la ciudad acariciaba mi rostro mientras caminaba por la acera.
Una figura masculina se interpuso en mi camino, su mirada cargada de una intensidad peculiar. Reconocí de inmediato al asistente personal de Simón.
“No tengo nada que hablar con Simón, mucho menos con su mensajero“, pensé, intentando esquivarlo.
Pero Julio dio un paso al frente, cortándome el paso. Sus ojos brillaban con desesperación.
-Señorita Miranda, se lo suplico -su voz temblaba con emoción contenida-. Por el presidente Ayala, que una vez le salvó la vida… por favor, concédale otra oportunidad.
-¡El presidente Ayala nunca quiso involucrarse con Carla! -exclamó Julio, su rostro contorsionado por el remordimiento-. ¡Fue ella quien lo engañó!
La culpa devoraba las entrañas de Julio cada vez que recordaba aquella noche fatídica. La llamada del presidente Ayala, su tardanza en llegar, el engaño que podría haber evitado… El presidente había salvado a su familia, y él, en su incompetencia, lo había condenado a un tormento interminable. Una traición imperdonable que pesaría sobre su conciencia hasta el fin de sus días.