Capítulo 509
Las palabras de Simón atravesaron el aire como un relámpago, dejando a Jacinta paralizada. Durante décadas, había gobernado la familia Ayala con mano firme y astucia implacable, pero ahora, ante la brutal honestidad de su hijo, toda su experiencia se desvanecía como arena entre sus dedos.
La propuesta de Simón resonaba en su mente con claridad devastadora: él entregaría su vida voluntariamente cuando ella lo deseara. No más planes elaborados, no más venenos ocultos. Una simple palabra suya bastaría. La simplicidad de la oferta la golpeó con más fuerza que cualquier amenaza.
“¿Cómo es posible?“, se preguntaba mientras sus pensamientos giraban en un torbellino caótico. Ni siquiera Héctor, su esposo y confidente más cercano, conocía la profundidad de sus acciones. Y sin embargo, ahí estaba Simón, exponiendo sus intenciones más oscuras con una serenidad que rozaba lo sobrenatural.
La miró fijamente, buscando en sus rasgos algún indicio de humanidad, alguna grieta en esa máscara de indiferencia ante su propia mortalidad. Sus ojos se ensancharon con horror al no encontrar nada más que una calma inquebrantable.
-¡Demonio! ¡Eres un demonio! -Las palabras brotaron de su garganta como un grito desgarrado. ¡Tenía razón al abandonarte! ¡Tenía razón!
“Solo un ser sin alma podría sonreír ante su propia muerte“, pensaba mientras el pánico se apoderaba de ella. La profecía del sacerdote cobraba vida ante sus ojos: este era el demonio que traería la ruina a la familia Ayala, el que los arrastraría a todos hacia el abismo.
El recuerdo la transportó dos décadas atrás, cuando era una mujer moderna y educada que despreciaba las supersticiones. La noticia de su embarazo gemelar había sido recibida con júbilo, como una bendición que cualquier familia aristocrática envidiaría. En su ingenuidad, había jurado proteger a sus hijos de cualquier prejuicio arcaico.
Pero el destino tenía otros planes. La sombra de la desgracia comenzó a cernirse sobre la familia Ayala desde el momento en que confirmó que llevaba dos varones en su vientre. Las palabras del sacerdote, antes descartadas como simples supersticiones, comenzaron a resonar con un eco siniestro en su mente. Tras treinta días de angustia creciente, la desesperación la llevó de nuevo ante el anciano clérigo.
-Uno de ellos -había pronunciado el sacerdote con voz grave- es un alma marcada por la oscuridad. Ni el amor más puro ni la riqueza más abundante podrán salvarlo de su naturaleza destructiva.
“¿Cómo podríamos Héctor y yo, con nuestro linaje impecable, engendrar tal monstruosidad?“, se había preguntado entonces. Pero la reputación del sacerdote como consejero de su suegro era intachable, sus visiones demasiado precisas para ignorarlas.
La solución propuesta por el religioso parecía una bendición: él mismo identificaría al niño maldito y lo llevaría lejos, donde la gracia divina pudiera intentar redimirlo. A pesar del dolor
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Capítulo 509
que le causaba, Jacinta había aceptado, convencida de que era la única manera de salvar a su familia.
El destino, sin embargo, tiene un sentido del humor macabro. El mismo sacerdote que había vislumbrado el futuro de tantos otros no pudo anticipar su propia muerte en un accidente, dejando a Jacinta sola con su dilema y un embarazo cada vez más avanzado.
“La noticia de los gemelos varones destruirá todo“, había advertido su suegro en innumerables ocasiones. No solo perdería Héctor su derecho como heredero; toda la familia quedaría manchada por la maldición. En su desesperación, Jacinta tomó una decisión que alteraría el curso de múltiples vidas: encontró a alguien que intercambiaría uno de sus hijos por una niña al nacer. Así podría presentar ante su suegro el par perfecto: el heredero varón y la dulce niña, el equilibrio que, según las antiguas creencias, traería prosperidad a la familia Ayala.