Capítulo 512
El pánico me atravesó como un relámpago al ver descender a aquellos hombres de los vehículos. La adrenalina disparó los latidos de mi corazón mientras mis dedos temblorosos buscaban el botón de emergencia que llevaba conmigo, un pequeño dispositivo con sistema de localización que alertaría a mi equipo de seguridad. Pero incluso si lo presionaba ahora, tardarían al menos veinte minutos en llegar desde casa, aun conduciendo a toda velocidad.
El grupo que nos rodeaba era abrumador. A pesar de la notable destreza en combate de Simón, enfrentarse a tantos oponentes a la vez era una tarea imposible hasta para el más
experimentado luchador.
Simón permanecía a mi lado, evaluando la situación con mirada penetrante. Sus ojos, usualmente cálidos, se tornaron oscuros y alertas. Con un movimiento protector, me colocó detrás de él
-Amor, no tengas miedo -murmuró con voz firme.
A pesar de su presencia reconfortante y protectora, una sensación inquietante se deslizaba por mi espina dorsal, como un presentimiento sombrío.
No tuve tiempo de analizar esa intuición. Los atacantes se abalanzaron sobre nosotros como una marea violenta, y Simón se convirtió en mi único escudo contra aquella tempestad
humana.
Sus movimientos eran precisos y letales, pero la desventaja numérica era aplastante. Aun así, no cedía un centímetro, manteniendo una férrea barrera entre los agresores y yo, recibiendo golpes que estaban destinados a mi persona.
-¡Luz, cuidado! -El grito desgarrador de Simón precedió a su último acto de protección.
Su cuerpo se interpuso entre el peligro y yo, cubriéndome por completo. El sonido metálico de la barra de hierro al impactar contra su cabeza resonó con un eco macabro. La sangre brotó, brillante y espesa, mientras su imponente figura se desplomaba sobre la arena, inmóvil como una estatua caída.
La imagen de Simón tendido en aquel charco escarlata me paralizó. Mi mente se negaba a procesar la escena, pero mi cuerpo reaccionó por instinto cuando una sombra se acercó, preparándome para defenderme.
Fue inútil. Una sustancia desconocida invadió mis sentidos, y la oscuridad me engulló como
una ola inexorable.
Las videollamadas nocturnas se habían convertido en una costumbre entre Alejandro y yo. A pesar de que nuestro matrimonio era más una alianza estratégica que una unión romántica, manteníamos esta rutina para discutir asuntos laborales y compartir las experiencias del día.
Esa noche, el rostro de Alejandro nunca apareció en mi pantalla. Mis dispositivos permanecían
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Capítulo 512
en silencio, apagados e inertes.
La inquietud se apoderó de él. Su llamada al ama de llaves solo confirmó sus temores: había salido sola por la tarde y no había regresado. Sin perder un segundo, activó toda su red de contactos y abordó su jet privado, regresando de inmediato.
Las horas subsiguientes le darían la razón. A pesar de la exhaustiva búsqueda, mi paradero permanecía en las sombras.
Alejandro, reconocido por su brillante intelecto y temple inquebrantable, canalizó su preocupación en acción metódica. Su mente analítica apuntó inmediatamente hacia Simón como principal sospechoso.
“Las amenazas del crimen organizado la mantienen siempre rodeada de guardaespaldas“, razonaba. “Solo hay una persona por quien se aventuraría a salir sola: Simón“. Recordaba, además, mis recientes comentarios sobre querer ayudarlo a encontrar un nuevo sentido en su
vida.
La conclusión parecía clara: quizás Simón, bajo su aparente desapego por la vida, ocultaba un egoísmo capaz de no soportar mi matrimonio con otro hombre, llevándome por la fuerza.
Sin embargo, al llegar a Ciudad Central y encontrarse cara a cara con Simón, toda sospecha se desvaneció. La genuina sorpresa en su rostro y la transparencia de su mirada descartaban cualquier participación en mi desaparición.
Esta revelación solo intensificó la frustración de Alejandro. Si Simón no era el responsable, ¿quién más podría haberme convencido de ir sola a algún lugar?
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