Capítulo 36 El cautiverio ineludible de Isabel
«¡Madre mía! ¿Qué demonios está pasando?», pensó Isabel, quien siempre había confiado en sus habilidades médicas. Ya lo había tratado y no debería quedarle ningún efecto más.
Justo cuando estaba a punto de zafarse de los brazos del hombre, una voz baja y ronca le susurró al oído:
-No te muevas.
Isabel se quedó paralizada, con los ojos parpadeando rápidamente. Pasaron diez segundos. Treinta segundos. Un minuto. A pesar de ello, el hombre permaneció inmóvil, manteniendo su firme agarre sobre
ella.
«Su tratamiento había suprimido la droga en el organismo de Javier», pensó Isabel mientras analizaba mentalmente la situación, «pero parece que él solo me está utilizando como almohada corporal». La sujetaba tan fuerte que la fuerza de su abrazo la incomodaba.
Intentó zafarse de sus brazos. Al cabo de un rato, el esfuerzo le había enrojecido la cara, pero seguía sin conseguirlo. ¿Cómo era posible que aquel tipo aún tuviera tanta fuerza después de todo? Pinchando con los dedos el musculoso brazo del hombre, se dio cuenta de que era duro como una roca. No era de extrañar que pudiera agarrarse tan fuerte.
Isabel bostezó ampliamente, sintiéndose agotada y somnolienta. Los ojos empezaban a caérsele. En un arrebato de frustración, golpeó ligeramente su pecho.
-¿No tienes nada mejor que hacer? ¿Para qué te pones tan musculoso? -refunfuñó para sí misma.
Después de eso, la habitación volvió a quedar en silencio, con el único sonido de la respiración ligeramente agitada del hombre.
«Seguro que duermes profundamente», pensó. «¿Cómo voy a dormir?>>
Isabel se quedó un rato mirando al techo. «Bueno, si estoy atrapada en esta situación, podría aprovecharla al máximo», reflexionó. Empezó a retorcerse como un gato hasta que encontró la posición más cómoda para dormir entre sus brazos.
-Esta es la forma más cómoda de dormir–murmuró Isabel cuando por fin se acomodó, cerró los ojos y se sumió en un sueño tranquilo.
Durmió profundamente toda la noche. Cuando los primeros rayos de sol de la mañana se filtraron por las ventanas, iluminaron la gran cama, donde los dos seguían profundamente dormidos. Sin embargo, un alboroto en el exterior pronto interrumpió la apacible mañana.
Era Raquel. En cuanto se enteró de lo ocurrido la noche anterior, corrió hacia allí, preocupada por si Isabel y Javier habían compartido la cama.
-¿Por qué estás aquí tan temprano? -preguntó Samuel al bajar las escaleras, divisando a Raquel que
entraba corriendo.
-¿Dónde está tu hermano? -preguntó Raquel con ansiedad.
Samuel adivinó inmediatamente el motivo de su temprana visita al oír su pregunta.
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Capítulo 36 El cautiverio ineludible de Isabel
-Javier sigue durmiendo.
-¿Y ella? -volvió a preguntar Raquel.
Sin necesidad de más aclaraciones, Samuel supo exactamente a quién se refería.
-¿Te refieres a Isabel? Debería estar en su propia habitación.
Al oír esto, Raquel exhaló con una sensación de alivio.
-He oído que anoche drogaron a Javier. ¿Fue cosa de Isabel?
+5 Perlas
-No, fueron los Paredes -dijo Samuel. Ya había escuchado la explicación de Leo de la noche anterior.
-Definitivamente fue ella. ¿Recuerdas lo que dijo ayer? ¿Los Paredes? Por favor. Isabel usó a los Paredes para drogar a Javier en secreto sin que se dieran cuenta -espetó Raquel, con la voz llena de ira.
Samuel frunció el ceño. Al principio había sospechado lo mismo, pero después de ver a Javier cubierto de agujas la noche anterior, había descartado la idea. Por otra parte, ¿podría haber sido todo un acto de astucia por parte de Isabel? Todo era tan confuso. No sabía qué creer.
-Voy a encontrar a Javier y hacer que eche a Isabel de esta casa -declaró Raquel, dirigiéndose furiosa hacia las escaleras.
Llegó a la puerta de Javier y llamó con fuerza.
¡Pum, pum,pum!
-¿Quién es? ¡Qué ruido! -Isabel gimió, irritada. Se tapó la cabeza con la manta, intentando tapar el ruido. «Voy a ignorarlo; el ruido se calmará», pensó.
Javier arrugó la frente y se miró. La chica le había robado toda la manta. No le quedaba ni un trozo.
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Los golpes persistían, implacables.
-¡Qué molesto! —Isabel estiró la mano y arrancó la almohada de debajo de la cabeza de Javier, tirando de ella sobre la suya.
Suspirando, Javier no tuvo más remedio que levantarse y abrir la puerta.
-¿Qué haces aquí? —preguntó.
-Lo siento, Javier. No pretendía despertarte. Me enteré de lo que pasó anoche y me preocupé, así que vine a ver cómo estabas -explicó Raquel, mientras sus ojos lo recorrían de arriba abajo.
-¿Has visto suficiente? Ya puedes irte -respondió Javier con rotundidad, moviéndose para cerrar la
puerta.
—¡Javier! —Raquel empujó la puerta para detenerlo. ¿Estás bien? ¿Necesitas que llame a un médico para…?
Antes de que pudiera terminar, la voz impaciente de Isabel la interrumpió:
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Capítulo 36 El cautiverio ineludible de Isabel
-¡Qué ruidosa cres! ¿Vas a parar alguna vez?